98 El premio
Se quedó en casa, haciendo pasta: agua, sal, el paquete de espaguetis.
La cocina olía a ajo —había dorado dos dientes, por hacer algo con las manos—.
Gente viviendo. Ella, haciendo pasta un viernes de gala.
A las ocho se probó el vestido que habría llevado y se lo quitó.
El vestido llevaba colgado en el armario desde junio, con la etiqueta todavía puesta.
Se lo quitó con cuidado y lo volvió a colgar.
Rober llamó a las nueve, con el ruido de la gala detrás.
«Te lo han dado.»
«¿Vas a venir?»
«Recógelo tú, ¿vale?»
«Lucía...»
«Gracias, Rober.»
Colgó antes de que pudiera decirlo. Por un segundo quiso estar allí, y al segundo siguiente se alegró de no estar. La pasta se cocía, y el vapor empañaba la ventana de la cocina.
A las diez y media, Rober le mandó una foto: la placa sobre un mantel blanco, el diploma enrollado.
«Te lo guardan», escribió. Lucía miró la foto un rato y no contestó.
Apagó el móvil y volvió a la pasta, que ya se pasaba.
Abrió el portátil —no debería, lo hizo— y miró los dos números: la pieza del miércoles, 1.
214.003, subiendo unos cientos cada semana, incansable; la verificación, 301. 442, parada desde hacía meses.
1.214.003. La miró fijamente, como se mira una herida: seguía trabajando sola, once meses después, sin que nadie la tocara.
La pieza que había hundido a un hombre. Y la verificación —301.
442, una curva muerta— era la pieza por la que le daban el premio.
Hizo la división sin querer: cuatro a uno.
Cuatro lectores de la mentira por cada uno de la verdad, y el premio para la verdad. Cerró el portátil.
En Twitter, alguien había puesto «la que hundió al profesor ahora recoge premios».
Otro: «al menos rectificó, que es más de lo que hacen otros».
«La que hundió al profesor ahora recoge premios.
» Buscó el error y no lo encontró: era verdad.
Había hundido al profesor —con un condicional, con prudencia, pero lo había hundido— y ahora recogía premios, o los dejaba recoger.
El primero dolía más. Pensó en contestar al primero —«tienes razón»—, y no lo hizo: contestar habría sido otro gesto para que otros miraran. Dejó el móvil boca abajo.
Llamó su madre. «¡Mi niña! ¡Lo del premio!»
«Gracias, mamá.»
«La vecina me ha preguntado por ti», dijo su madre. «¿Qué le has dicho?» «Que mi hija es una periodista de las buenas.» Lucía cerró los ojos un segundo. Una periodista de las buenas. Su madre lo decía en serio, y la fe de su madre era tan sólida que por un momento casi se lo creyó.
«¿Ves? Al final se supo la verdad.»
Lucía miró la pasta, que ya estaba. «Sí», dijo, y el «sí» le salió fácil, y la facilidad le dolió más que los tuits.
No le explicó que el premio era por la pieza que nadie leyó —la de las 301.
442 visitas paradas—, ni que la pieza que sí leyó todo el mundo seguía subiendo.
Su madre era feliz, y la felicidad de su madre era una de las pocas cosas que funcionaban, y no iba a ser ella quien la estropeara con matices.
«¿Y el chico ese del vídeo, qué fue de él?», preguntó su madre, como quien pregunta por un personaje de una serie. Para su madre, Martín Serrano era un capítulo que ya había terminado.
«No lo sé, mamá.» Era verdad. No sabía nada de Martín Serrano desde hacía meses, y la verdad era que no había querido saber: saber habría sido otra deuda.
«Cuídate, mamá.» «Tú también, mi niña.» Colgó y se quedó un rato con el móvil en la mano. La verdad había llegado tarde, a medias, y en el cuarto scroll.
Después pensó en la alumna. En Carla. Carla: la que había dicho «no pasó nada» a una cámara y a la que nadie había escuchado —ni ella, que la había convertido en «la alumna», sin nombre, en su pieza—.
Rober se lo había vetado al principio —«no toques a la menor»—, y luego había sido ella la que no había querido: ¿para qué?
¿Para pedirle perdón? ¿Para pedirle una entrevista? Las dos opciones le daban vergüenza.
Y sin embargo marcó. Buscó el teléfono del instituto en la web y marcó con el pulgar, despacio. Le salió la centralita.
—¿Dígame?
Colgó. Se quedó con el móvil en la mano, mirando la pantalla en negro, y notó que le temblaba un poco. ¿Qué iba a decirle? ¿«Gracias»? ¿«Perdona»? Lo dejó sobre la mesa.
A las once menos cuarto, otro mensaje de Rober: una foto suya con la placa —«dice que es tuya»—. Lucía miró la foto —Rober sonriendo, la placa en las manos— y pensó que la placa estaba mejor en las manos de Rober que en las suyas. No contestó.
Bajó la basura a las once. La calle estaba tranquila, con ese silencio de septiembre que ya es otoño. Un grupo de chavales pasó riendo, grabándose unos a otros con el móvil, y ella los miró un segundo: se reían, se grababan, se lo pasaban bien.
Subió a casa. La cena se había quedado fría, y se la comió fría, de pie en la cocina, sin calentarla: calentarla habría sido fingir que era una cena. Dejó el plato en el fregadero y se fue a la cama.
Al día siguiente, Rober le dejó la caja en la mesa de la redacción: la placa, el diploma, el programa de la gala.
La llevó a casa sin abrirla y la dejó en el recibidor, contra la pared, junto al paragüero.
La caja se fue convirtiendo en un mueble: la placa, el diploma y el programa de una gala a la que no había ido, esperando.
Así que no la abrió, y la caja siguió allí, contra la pared, como una pregunta que nadie hacía.
Pesaba poco. Dentro, una placa que decía su nombre y un diploma que no había querido recoger. La dejó donde estaba.
Por la mañana, en la redacción, nadie dijo nada del premio.
Rober le dejó un café en la mesa sin decir palabra —su forma de decirlo todo—.
Javi pasó por detrás y le apretó el hombro un segundo.
Y ella entendió que lo sabían todo: que no había ido, que la caja seguía cerrada, que el premio era por la pieza que nadie leía.