El medio segundo 97 El almacén
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97 El almacén

La nave estaba en un polígono de Getafe y olía a cartón y a gasoil. Yago llevaba allí desde julio, de lunes a viernes, de siete a tres: picking, el escáner, el pitido, la caja, el palé. Toñi había firmado la autorización —tenía diecisiete años— y él hacía picking y embalaje.

Aprendió el idioma de la nave en una semana. Al principio se equivocaba de pasillo; al mes, lo hacía sin pensar, y el no pensar era lo mejor. Le gustaba ver la respiración de la gente, sin pantallas de por medio.

En la nave los móviles se quedaban en la taquilla —norma de la empresa, por seguridad— y esa era la mejor parte del trabajo: ocho horas al día sin que nadie pudiera grabar nada.

Ni a él, ni a nadie. Lo entendió el primer día: al entrar, taquilla, cajón, llave.

Dejó el móvil en la taquilla el primer lunes con una sensación física, en el pecho, que tardó días en nombrar: alivio.

La taquilla era estrecha, con la puerta un poco torcida, y la llave tenía una anilla de plástico azul.

Metió el móvil, cerró, se guardó la llave en el bolsillo del pantalón de trabajo.

Rachid lo vio hacerlo y dijo «al principio cuesta», y Yago dijo «ya», y era verdad: el primer día miraba el bolsillo cada diez minutos, buscando el bulto que no estaba.

El autobús de las seis y media olía a gasoil y a sueño: obreros con la tartera, una mujer dormida contra la ventanilla.

Yago se sentaba siempre en el mismo sitio —tercera fila, ventanilla— y miraba el polígono acercarse: las naves grises, las chimeneas, el cielo plano.

Cada mañana, al bajar, sentía lo mismo: que entraba en un sitio donde nadie sabía nada.

Era lo mejor del autobús: ocho personas calladas, cada una en lo suyo, sin cámaras.

Manu, el encargado, tenía cuarenta y pico y se reía con todo el cuerpo. Rachid le enseñó los trucos. Nadie le preguntó por el año anterior. En la nave, Yago era el chico nuevo, y ser nuevo era un lujo que no sabía que existía.

A las diez, el bocadillo en la escalera de incendios, mirando el polígono.

Hablaban de fútbol —Manu era del Atleti, Rachid del Madrid—.

Yago hablaba poco y nadie se lo tomaba a mal: en la nave, callar no era sospechoso, era normal.

Una mañana, Manu le preguntó de qué barrio era.

«De Carabanchel», dijo Yago, y esperó el destello del reconocimiento.

No llegó. Manu asintió y siguió con el bocadillo.

Yago se quedó mirando el polígono un rato más, con el corazón golpeándole.

En el descanso, en el vestuario, los otros miraban el móvil.

Un día uno enseñó un vídeo —uno de esos de caídas, con risas enlatadas— y todos se rieron, y Yago miró al suelo hasta que pasó.

Contó los segundos hasta que las risas pasaron.

Siete. Cuando levantó la vista, Rachid lo estaba mirando.

No dijo nada. Le pasó el termo del café —intragable pero gratis— y Yago bebió un trago.

Nadie se dio cuenta. O sí, y no dijeron nada, que era mejor.

Toñi lo esperaba algunos días a la salida, cuando libraba del súper.

La veía desde lejos y se le encogía algo.

Le traía un bocadillo en una bolsa y le preguntaba «¿qué tal?

», y él decía «bien», y algunos días casi era verdad, y los días que era verdad se sentía culpable.

Una tarde le enseñó el primer sobre de la paga y ella lo contó dos veces, despacio, como si no se lo creyera.

Luego lo guardó en el bolso sin decir nada y le apretó el brazo por encima de la ropa.

Guardó el sobre vacío en el cajón de la mesilla —el primer sueldo, el sobre vacío—.

Toñi lo vio hacerlo y no dijo nada. En casa cenaron en silencio.

El lunes empezaba el instituto —1.º de Bachillerato, el Vista Alegre, todos sabían—.

Lo pensaba en el autobús y se le cerraba el estómago.

Manu se lo notó el jueves: «¿te apetece algún sábado suelto durante el curso?

Se paga bien.» Yago dijo «sí» demasiado rápido.

Manu se rió: «los findes son sagrados a tu edad».

«Ya», dijo Yago. Pensó en los sábados en casa —la tele bajita, el móvil, el techo—, y en la taquilla con los móviles dormidos, y supo que había elegido bien.

Yago se rió también, y la risa le salió fácil, que era otra cosa nueva.

El primer sábado, la nave a medio gas: menos gente, Manu silbando.

El domingo por la noche, hizo la mochila: los libros nuevos, el estuche, el móvil —cargado, encendido, inevitable—.

La miró un rato, la mochila hecha, y pensó en la taquilla de la nave, en la llave con la anilla azul, en las ocho horas sin cámaras.

Se acostó temprano. En la oscuridad no había cámaras, pero al día siguiente habría un instituto entero.

Se levantó a las siete, se duchó, se vistió.

Toñi le había dejado el desayuno hecho —tostadas, zumo—.

«Suerte», dijo ella, y sonó raro, y los dos lo notaron: «suerte» era una palabra de antes, de cuando las cosas se deseaban sin miedo.

Y luego el instituto apareció al fondo de la calle, con la verja y el patio, y se le cerró el estómago, y el autobús siguió, y no se paró, y llegó.

El viernes, su último día del turno de verano —volvería el sábado, eso ya estaba hablado—, Manu le dio la mano como a los mayores: un apretón firme, dos sacudidas.

«Nos vemos el sábado», dijo Manu. «Nos vemos», dijo Yago.

En el autobús de vuelta, una chica filmaba la puesta de sol por la ventanilla, el pulgar suspendido sobre la pantalla.

Yago la miró hacerlo —el pulgar dudando: ¿grabar o mirar?

— y sintió el peso en los hombros, el de siempre, el que ya no se quitaba ni durmiendo.

Pensó en decirle algo —«mírala sin más», «no hace falta»— y no dijo nada: ¿quién era él para decirle a nadie lo que había que hacer con un móvil?

Se bajó dos paradas antes y anduvo el resto, con el peso a cuestas.

En junio, la Fiscalía había archivado sin ruido lo del vídeo.

Se lo había dicho Toñi una noche, cenando: «lo han archivado».

Yago asintió. No sintió alivio —el alivio habría necesitado que antes hubiera esperanza, y no la había habido—.

Sintió algo más pequeño: que una puerta se cerraba sin hacer ruido, en un pasillo por el que ya no pasaba nadie.

En casa apagó la luz y se quedó mirando el techo. En la oscuridad no había cámaras: ni la del pasillo, ni la del móvil de nadie, ni la suya propia. Se lo repetía cada noche, hasta que se lo creía.