96 La entrevista
La entrevista era para un puesto de dependienta en una librería de Malasaña —veinte horas a la semana, tardes— y Vega llegó diez minutos antes, con el CV impreso y las manos secas.
El CV ocupaba una página: estudios, idiomas, nada más.
Había dudado si poner algo del año anterior —¿qué se ponía?
¿«experiencia en crisis mediáticas»?— y al final no había puesto nada, y la página se veía limpia.
En el metro, de ida, ensayó las respuestas: «puedo tardes», «me gustan los libros», «sí».
La dueña, una mujer de unos cincuenta con gafas de colores, leyó el papel y luego la miró por encima de las gafas.
La librería olía a papel y a café —la dueña tenía una taza en el mostrador—, y las estanterías llegaban hasta el techo, y había una escalera de mano apoyada en una de ellas.
Vega pensó que quería trabajar allí antes de que la dueña abriera la boca.
«Vega Serrano... ¿Tú eres la hija del profesor del vídeo?»
«Sí.»
«Vaya.» «Bueno. ¿Qué horario puedes hacer?»
Respondió bien. Hablaba de libros como se habla de gente que se quiere: sin prisa, con detalles.
Le preguntó a la dueña qué se vendía más —«lo de siempre, lo que sale en la tele»— y qué le gustaría vender más —«poesía, pero la poesía no da para el alquiler»—, y la mujer se rió por primera vez, y Vega pensó que reírse era una buena señal, mejor que cualquier respuesta.
«¿Y tú qué lees?», preguntó la dueña. «La península de las casas vacías», dijo Vega.
«Voy por la mitad y ya sé que me va a doler.
» «A mí me pasó igual», dijo la mujer, y anotó algo al margen del CV con un bolígrafo verde.
«Te llamamos», dijo. Vega salió a la calle con el CV arrugado en la mano y el corazón golpeando, y se rio sola, en Malasaña, sin saber muy bien de qué.
Por primera vez en un año tuvo la sensación de ser una más: una chica de veinte años saliendo de una entrevista. Lo repitió por dentro: una más.
En la puerta, Vega se volvió: «Gracias por la entrevista». «De nada. Suerte», dijo la mujer, y ya no la miraba como a la hija de nadie. Vega se quedó con la palabra en la boca todo el camino al metro, dándole vueltas: hacía un año que nadie le deseaba suerte por ser ella.
Suerte. La palabra le supo a caramelo ácido: dulce por fuera, con el picor dentro.
Bajó al metro dándole vueltas, y cada vez que la repetía por dentro sonaba un poco más a verdad.
Pensó que quería aquel trabajo más que nada que había querido en un año, y que querer algo así, sin miedo, era una cosa nueva.
En el metro, de vuelta, pensó en Claudia. La había visto la semana anterior en la facultad: se habían saludado con la cabeza, dos desconocidas educadas. No le dolía. Eso era lo raro: que no le doliera.
¿Cuándo había sido? ¿En junio? ¿En julio?
Intentó fijar el día en que Claudia había dejado de ser su amiga y se había convertido en una chica que saludaba con la cabeza, y no lo encontró: no había día.
Se quedó mirando el túnel por la ventanilla, buscando el duelo que no llegaba, y entendió que el duelo ya había pasado sin avisar, en algún andén, entre un «hola» y un asentimiento.
Paula le escribía a veces y ella contestaba tarde, con cariño y sin prisa.
En el metro, abrió el cuaderno y escribió en el margen: su medio segundo . La duda antes del «te creo», dicha por teléfono con la mano en el pestillo. Ahora era su materia. Cerró el cuaderno.
Los dos días de espera fueron largos de una forma nueva: no la espera ansiosa de antes, sino una espera tranquila, como si ya supiera que daba igual.
Revisó el móvil cien veces —cien, las contó— y cada vez que no había nada, sentía algo parecido al alivio.
La dueña llamó dos días después. «¿Puedes empezar el lunes? »
«Puedo.»
Colgó y se quedó un rato con el móvil en la mano, en la cocina, mientras su madre hacía la cena. Sonrió —una sonrisa pequeña, privada—, y su madre la vio sonreír y no preguntó. Fue suficiente. Más que suficiente: fue suyo.
El lunes, cruzando la facultad, una de primero la miró fijamente —el reconocimiento, esa parálisis educada—. Vega le sostuvo la mirada, amable, firme, hasta que la chica la apartó, avergonzada.
La reconoció en el acto: los ojos que van del móvil a la cara y de la cara al móvil. Antes habría bajado la vista. Siguió andando, y al llegar a la esquina se dio cuenta de que no había apretado el paso, y eso también era nuevo.
El primer lunes en la librería, la dueña le enseñó la caja —«es fácil, ya verás»— y el orden de las estanterías —«novedades aquí, fondo allí»—.
A media tarde entró una clienta buscando un regalo —«para mi madre, que lee de todo»— y Vega le recomendó dos libros, y la clienta se llevó los dos, y la dueña le guiñó un ojo por encima de las gafas de colores.
La dueña le dijo «hasta el lunes» y le tendió la mano —un apretón firme, de librera—, y Vega se la estrechó, y al hacerlo pensó que era la primera mano que estrechaba en un año sin que la otra persona supiera nada de ella.
Una mano limpia. Salió a la calle y el sol de septiembre le dio en la cara, y no se puso las gafas de sol, y dejó que le diera.