95 La cicatriz
Desde la primavera dormían juntos otra vez. Casi.
La noche de septiembre era caliente y la sábana se les pegaba a las piernas.
Martín se despertó a las tres —la hora de siempre— y Elena también estaba despierta.
Hablaron en la oscuridad de cosas pequeñas: la compra, el horario de Vega, si había que llamar al fontanero.
Luego callaron, y ella se dio la vuelta.
No era una pared. Era la espalda de dormir, la de toda la vida. Él supo la diferencia nada más verla. Y supo también que no importaba: su cuerpo había aprendido la postura antes que su cabeza el motivo, y ahora la postura era la casa y el motivo un inquilino que pagaba poco.
Se durmió mirándole la espalda.
El domingo comieron en casa de Carmen. El ritual reconstruido: la mesa grande, el guiso humeando en el centro, Vega llegando con hambre.
Carmen abrió la puerta con el delantal puesto y abrazó a Vega de verdad, con los dos brazos; a Elena le dio dos besos rápidos, en el aire, y a Martín un apretón en el brazo que duró lo justo.
Hablaron del curso, del trabajo, de nada. Carmen sirvió a todos y se sirvió la última, como siempre, y preguntó a Vega por la búsqueda de trabajo con un interés que era de verdad —«¿y lo de la librería qué tal?»—, y Vega contestó, y la mesa funcionó un rato.
En un momento Elena contó algo del hospital —una anécdota, una compañera nueva, un paciente que le había hecho reír— y Carmen dijo «qué bien» con una amabilidad exacta, medida al milímetro.
Martín la oyó. Elena siguió hablando, un poco más deprisa, y terminó la anécdota con una risa pequeña que nadie acompañó.
Entonces vino el silencio. No el de pensar qué decir: el de no querer decirlo.
Duró lo que tarda el guiso en dejar de humear.
Carmen partió el pan sin mirar a nadie, con una concentración excesiva, como si el pan fuera lo importante.
Vega la miró partir el pan y luego miró a su madre, y en su cara pasó algo —una resta— que no dijo en voz alta.
Acercó el tupper vacío al guiso, por hacer algo con las manos.
«¿Más agua?», dijo Carmen, y rellenó el vaso de Vega y el de Martín, y al llegar al de Elena dudó medio segundo de más antes de rellenarlo también. Elena dijo «gracias» mirando el vaso.
En la puerta, la despedida repitió la llegada al revés: abrazo de verdad para Vega, dos besos en el aire para Elena, el apretón en el brazo para Martín. Vega se volvió una vez en el rellano. Carmen ya había cerrado.
En el coche, de vuelta, Elena dijo «tu hermana...» y se calló. Fuera, Carabanchel pasaba con su domingo.
«Ya lo sé», dijo él.
«No es que sea mala», dijo Elena.
«No.»
«Es que no me perdona.»
Martín miró la carretera. «A mí tampoco me perdonaría, si fuera ella.» Lo dijo y supo que era verdad: que él tampoco se lo había perdonado del todo, y que la cicatriz no estaba solo en la mesa de Carmen.
No discutieron.
De noche, en la cama, él puso la mano en el colchón, entre los dos, con la palma hacia arriba. Sin tocarla. Sin pedir. Se durmió así, con la mano abierta, por si acaso.