El medio segundo 94 La sentencia
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94 La sentencia

Javier Díez llamó un martes de septiembre, a las ocho de la tarde.

«Martín, hemos ganado.»

«De momento» cayó sobre el «se acabó» como una piedra sobre una lápida recién puesta. Y Javier tenía razón, como siempre: el recurso, los plazos, el dinero en papel.

«¿De momento?»

«Han recurrido esta mañana. Lo hacen siempre: el recurso retrasa el desembolso. El dinero está en papel, Martín, no en cuenta.»

«¿Y ahora qué?», dijo Martín.

«Ahora nada. Eso es lo bueno y lo malo.»

Se quedó pensando en que llevaba un año entero viviendo en el «ahora nada».

El papel decía que tenía razón y el banco decía que no tenía nada.

«Por cierto —dijo Javier, antes de colgar—: la proposición aquella de protección del menor se quedó en un cajón de la comisión. Sanz ganó en mayo y no volvió a mencionarla.»

Colgó y se quedó con el móvil en la mano.

Abrió el portátil —el nuevo; el otro se había quedado viejo de golpe, como todo— y buscó la web del periódico.

La rectificación estaba allí, al pie de la sección de Madrid, en el rincón más pequeño posible, con el lenguaje seco de los juzgados: En cumplimiento provisional de la sentencia dictada por el Juzgado de Primera Instancia n.º 12 de Madrid, se publica el siguiente fallo...

Leyó la fórmula dos veces: «en cumplimiento provisional».

Ni siquiera la victoria era definitiva: era provisional, como todo lo suyo.

Debajo, el contador: 214 visualizaciones.

Miró el número un rato. Doscientas catorce personas habían llegado hasta el rincón más pequeño de la sección de Madrid. Ocho millones seiscientos mil habían visto el vídeo. Cerró la pestaña.

El fin de semana imprimió la sentencia —doce páginas de lenguaje seco— y la leyó entera, con el café. La leyó buscando su nombre entre el lenguaje seco, y lo encontró poco: casi siempre era «el actor». Le gustó ser «el actor».

Leyó el párrafo donde se describía el vídeo —«un vídeo de cuarenta segundos»— y pensó que cuarenta segundos habían necesitado doce páginas para deshacerse, y ni siquiera así.

Había una frase que se le quedó: la parte demandada lesionó el derecho al honor del actor mediante la difusión de informaciones no verificadas .

Dobló las páginas por la mitad, como las cartas, y las metió en el cajón de la mesilla, encima de la denuncia de la comisaría.

Dos papeles. Uno decía que había ido a la policía; el otro, que un juez le daba la razón. Cerró el cajón.

Esa noche, en la cena, se lo contó a Elena y a Vega.

«Hemos ganado», dijo, y sonó raro, como si hablara de un partido.

Vega hizo la cuenta en voz alta: «mil quinientos al mes».

«No lo calcules», dijo él. «Es lo que hago en clase», dijo Vega.

«¿Y si no pagan?», dijo Vega. «Pagarán. O no.

Ya veremos», dijo él, y sonó a padre, por primera vez en mucho tiempo.

Vega asintió y siguió comiendo. Elena dijo «me alegro». Y lo dijo de verdad.

«¿Y eso qué cambia?», dijo Vega, con la cuchara en el aire.

«Nada», dijo Martín, y la palabra salió sola, sin amargura. Vega lo miró un segundo, como si esperara que añadiera algo. No añadió nada. Elena sirvió más agua. Y la cena siguió, y hablaron del curso, del trabajo, de nada.

De noche, antes de acostarse, abrió el cajón de la mesilla y miró los dos papeles: la denuncia de octubre, la sentencia de septiembre. Los tocó con la yema de los dedos. Cerró el cajón. Se quedó mirando el techo hasta que el techo se volvió solo un techo.