93 Las cajas
Volvió al Vista Alegre un jueves de septiembre, a las diez de la mañana, porque Alicia le dijo «ven a las diez, que a las once tengo claustro».
El instituto en septiembre, antes de que empezaran las clases, tenía otro olor: a pintura fresca en algún pasillo, a papeles nuevos.
El patio estaba vacío, con las líneas del campo de baloncesto recién pintadas.
Cruzó el patio con la sensación física de estar entrando en una foto: todo igual, él distinto.
Lo recibió de pie, sin abrazarlo, y le señaló la caja como se señalan las cosas que pesan. Estaba en el suelo, junto a la mesa: una caja de cartón de las de folios, con su nombre escrito en rotulador. «La guardé yo cuando hiciste la mudanza, en junio», dijo Alicia.
«El expediente se archivó en febrero», dijo Alicia. «Por si no te había llegado.»
«Me llegó.»
«¿Estás bien?»
«Sí.»
Una pregunta, una respuesta, un pacto. Alicia asintió como se asiente ante las respuestas que no se creen pero se respetan.
«Aquí se te echa de menos, Martín», dijo, y fue lo más parecido a un abrazo que hubo.
¿Era verdad? No lo preguntó. Dejó que la frase se quedara en el aire del despacho.
Luego, más bajo: «A Marisa le abrieron un expediente por lo de la captura del Raíces. Se archivó en junio.»
Martín la miró. «¿Lo sabe?»
«Lo sabe. Dice que lo volvería a hacer.»
Dice que lo volvería a hacer. Martín se quedó con la frase en las manos, sin saber dónde ponerla. Él no le había dado las gracias nunca —¿cómo se agradecía aquello? ¿Con qué palabras?—. «Me alegro de que se archivara», dijo, y sonó a poco, y era poco, y Alicia asintió como si fuera suficiente.
No dijo nada más. No hacía falta.
Abrió la caja delante de ella, porque no hacerlo habría sido raro.
Libros: los manuales, una historia de España con el lomo roto.
Una taza con el asa un poco cascada —la de la sala de profesores, la que nadie reclamaba—.
Los manuales de 2.º de Bachillerato, con la esquina doblada.
Los miró un segundo de más —los manuales sobre los que había apoyado el móvil, un año atrás, para grabarse catorce veces: catorce, porque a la decimocuarta por fin había sonado a verdad—.
Recordó la pila de libros moviéndose un milímetro con cada toma, el puntito negro de la cámara, su propia cara partida en la pantalla.
Al fondo, la foto de la orla del curso pasado, con el cristal un poco suelto.
Se vio en la segunda fila, entre Andrés y Pilar, con cara de quien no sabía que le iban a hacer la foto: la cara de antes.
La miró un segundo de más también, buscando en aquella cara algún aviso, alguna arruga premonitoria.
No había nada. La dejó donde estaba. Alicia no preguntó. Cerró la caja.
En la pared seguía el mapa de la CAM con chinchetas: la memoria del centro. Pensó en pedir que le pusieran una a él, en Getafe, y no lo dijo: las chinchetas eran para los que se iban a algún sitio, no para los que huían.
«¿Qué miras?», dijo Alicia.
«Nada», dijo él.
«¿El nuevo centro bien?»
«Bien.»
«Me alegro», dijo Alicia, y lo dijo como se dicen las cosas que no se pueden comprobar.
Miró el reloj de la pared: las diez y cuarenta.
El claustro a las once. Alicia empezó a recoger papeles —la señal universal de que la visita se acababa—.
Se levantó con la caja, y Alicia lo acompañó hasta la puerta del despacho, y allí se pararon un segundo: dos personas paradas en un umbral, sin saber qué decir, con una caja de folios entre ellas.
El pasillo olía a cerrado, a verano sin ventilar: a tiza vieja y a persiana bajada.
Se cruzó con dos profesores jóvenes que no conocía.
Uno lo miró, abrió la boca —«¿tú eres...
?»—, y el otro le dio un codazo disimulado, y el primero se calló y miró al suelo.
Martín siguió andando sin pararse, y pensó que así iba a ser a partir de ahora: la frase interrumpida, el codazo, el suelo.
Pasó por delante de su antigua aula —la puerta cerrada, dentro una voz que no conocía explicando algo con entusiasmo—.
No se paró. Pararse habría sido pedirle al pasillo que lo reconociera, y el pasillo ya no lo reconocía.
Nadie lo miró dos veces. Doce años entrando por esa puerta y ahora era un padre que venía a recoger algo, o un comercial.
Al fondo, junto a la conserjería, el conserje lo vio venir y lo miró un segundo de más. El conserje asintió —apenas, un movimiento de barbilla— y siguió con lo suyo. En un año en que todo había cambiado de sitio, aquello seguía en su sitio.
En la puerta, una chica se paró.
«¿Profe?»
Era Aitana, la de tercera fila. Más alta, el pelo más corto.
«Hola, Aitana.»
«¿Va todo bien?»
«Todo bien.»
Dudó un segundo —iba a decir algo más, se le notó— y al final dijo «qué bien, ¿no?
», rápido, como quien suelta una brasa. Se le notó el arrepentimiento en la cara antes de seguir andando: se había dado cuenta, al decirla, de que sonaba a otra cosa, a consuelo, a lástima.
Martín la vio alejarse con la mochila a cuestas y pensó en la chica de tercera fila que lo había mirado sin parpadear en octubre, haciéndole un examen.
Ahora le deseaba que le fuera bien y se arrepentía de desearlo.
Así estaban todos: queriendo decir algo y arrepintiéndose al decirlo.
Siguió andando hacia la verja con la caja, y al llegar se volvió —no pudo evitarlo—: Aitana ya doblaba la esquina del pasillo, con la mochila a cuestas, sin mirar atrás.
Bien, pensó. Que no mirara atrás. Él tampoco iba a hacerlo.
La verja estaba abierta —era de día, era septiembre— y salió por ella sin que nadie le pidiera nada.
La caja pesaba. La cambió de brazo a mitad de la calle, y al cambiarla pensó que pesaba lo mismo que doce años: los libros, la taza, la foto con el cristal suelto.
Doce años en una caja de folios. Siguió andando sin mirar atrás, y no miró atrás no por dignidad, sino porque sabía que si miraba, la verja seguiría abierta, y eso era lo peor: que ya no necesitaba cerrarse.
En el metro, la caja sobre las rodillas, pesándole.
Se bajó en su parada y anduvo hasta casa con la caja.
Carabanchel a mediodía. Nadie lo miró. Dejó la caja en el trastero, sin abrirla del todo —ya la había abierto delante de Alicia, ya bastaba—.
Doce años, en una caja de folios, en un trastero.
Cerró la puerta. Subió a casa y no le contó a Elena lo de la caja —¿para qué?
—, y ella no preguntó, y comieron, y la tarde siguió.