El medio segundo 92 El primer día
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92 El primer día

El primer día de curso olía a septiembre: a tiza nueva, a polvo caliente de persiana bajada, a suelo recién fregado. Martín cruzó el patio de un instituto de Getafe con la carpeta bajo el brazo y pensó que el aire, al menos, no se había enterado de nada.

Había pedido el traslado en el concurso de primavera y se lo habían dado sin preguntas, que era lo mejor que podía decirse de un traslado.

En la sala de profesores le presentaron como «el nuevo de Historia» y un compañero de unos cuarenta, con la camisa por fuera, le estrechó la mano y le dijo «aquí se está bien», y Martín dijo «me alegro», y fue verdad a medias, que era lo máximo que se podía pedir.

Tomaron el café de pie, junto a la ventana. El compañero —se llamaba Raúl— le preguntó de dónde venía.

«Del Vista Alegre», dijo Martín. «De Carabanchel.»

Lo dijo en voz alta, delante de la máquina de café, y no pasó nada. Raúl asintió y dijo «yo empecé allí, hace mil años», y hablaron de la línea de autobús, de lo que tardaba. La segunda vez fue más fácil que la primera. Contó las veces: dos.

A tercera hora tenía 4.º de ESO. Veintitantos chavales lo miraron con la curiosidad perezosa del primer día. Se presentó. Escribió su nombre en la pizarra — Martín Serrano — y un chico de la segunda fila preguntó «¿de dónde viene, profe?».

«Del Vista Alegre. De Carabanchel.»

Tres veces. Ya era un dato, no una confesión. Contó las veces porque contar era lo único que sabía hacer con aquello. Tres. Un dato. Nadie parpadeó. El nombre era solo un nombre.

En la sala de profesores, el tablón de anuncios tenía una circular nueva, con el membrete de la Consejería: el Protocolo de protección integral del menor en el ámbito educativo, impreso a dos caras.

Se paró a leerla. Tres párrafos de letra pequeña.

Su caso, sin su nombre. La mano se le quedó un segundo de más en la chincheta.

Y sintió algo parecido al alivio, y se avergonzó del alivio, y siguió andando.

A última hora, en 1.º de Bachillerato, un móvil vibró en un bolsillo y un chico lo sacó sin disimulo para mirar la pantalla.

Martín sintió la mano apretarse en torno a la tiza —un segundo, nada más— y luego la aflojó, deliberadamente, y siguió hablando de la Revolución francesa como si no hubiera pasado nada. Porque no había pasado nada.

Salió a las tres. En el portal, con la llave en la mano, se descubrió escuchando. Sonrió sin ganas, metió la llave y entró.

Elena preguntó «¿qué tal?» desde la cocina.

«Bien», dijo.

No le habló del cartel. Dejó la carpeta en la entrada. Cerró la puerta tras de sí.