100 El contador
No lo había hecho en un año. Una noche de septiembre, con la casa en silencio, Martín abrió el portátil y escribió en el buscador: el profe más majo del insti .
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Cerró el portátil. El clic, pequeño y definitivo, como el de una puerta que se cierra sin que nadie la empuje.
Se quedó un rato en la penumbra, escuchando la casa: Elena en la cocina, la música bajita del cuarto de Vega. Los ruidos de siempre. Los contó, como antes contaba las respiraciones: tres. Ninguno era él, y eso también era una forma de estar. Luego se levantó y fue.
Olía a cena. Vega estaba en el sofá, con el portátil abierto y los apuntes por todas partes, el móvil a un lado, olvidado.
Cenaron. Vega contó algo de la facultad —una profesora, una compañera— y se rió, y le enseñó a Elena una foto del móvil, y Elena se rió también.
Martín las miró un segundo —las dos cabezas juntas sobre la foto— y bajó la vista al plato. La casa seguía. Él estaba en ella.
Al levantarse a por agua, Vega pasó por detrás de su silla y le dejó caer la mano en el hombro —un segundo, sin pensar, como hacen las hijas—.
El cuerpo de Martín se encogió antes de que él pudiera evitarlo. Un respingo pequeño, mínimo.
Vega no se dio cuenta. Ya estaba contando otra cosa.
Elena sí se dio cuenta. Miró a otro lado, por delicadeza, y siguió cenando.
Nadie dijo nada.
Vega siguió hablando.