El medio segundo 90 El sofá
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90 El sofá

No se durmió. A las doce y media se levantó sin hacer ruido, cogió la manta del pie de la cama y se fue al salón.

El piso estaba a oscuras y en silencio, salvo el zumbido de la nevera y, de vez en cuando, un coche abajo en la avenida.

El zumbido era el metrónomo de la casa: lo había oído mil noches sin oírlo, y ahora lo oía como se oye a un testigo.

Zum-zum, pausa, zum-zum. Contó los ciclos sin querer —siete, ocho— y pensó que hasta la nevera tenía un turno de noche.

Se tumbó en el sofá, se tapó con la manta hasta los hombros y se quedó mirando el techo, donde las luces de la calle dibujaban una raya naranja que se movía muy despacio.

La raya subía y bajaba con los coches, lenta, hipnótica. La siguió con los ojos un rato, contando: cada vez que la raya llegaba al borde del techo, un coche había pasado sin pararse. Ninguno se paraba.

Intentó acompasar su respiración a la de ella, como hacía con Vega cuando era un bebé: inhalar cuando ella inhalaba, exhalar cuando ella exhalaba. Lo consiguió tres veces, y a la cuarta se despistó, y la arritmia le pareció una metáfora demasiado fácil, y la apartó.

Desde el dormitorio llegaba la respiración de Elena, acompasada, como la de Vega cuando era un bebé y él se quedaba en la puerta de su cuarto, escuchando, con la mano en el marco, asegurándose.

Había pasado noches enteras así, contando respiraciones pequeñas.

Ahora contaba las de su mujer, y las de su hija al fondo del pasillo.

Pensó en Vega —el beso, el te creo —, en Carmen — vi los cuarenta y siete años —, en las veinticuatro caras de la clase de por la mañana, en el padre de la verja: no lo leo .

Y debajo de todo eso, como el zumbido de la nevera, una pregunta que no se hacía en voz alta porque las preguntas en voz alta obligan a contestarlas.

El miedo no era el vídeo. El vídeo ya había pasado: ocho millones seiscientos mil, una curva que se aplanaba, un protocolo con otro nombre. El vídeo estaba muerto, lo decían los números.

El miedo era más pequeño y más hondo, del tamaño de un colchón: que un día, por algo o por nada —por un gesto mal leído en una cena, una risa que llegara tarde, una mirada que se quedara un segundo de más en una alumna; por un silencio mal medido en una cama—, Elena volviera a mirar el móvil.

No el suyo. El de ella. Que volviera a hacer lo que había hecho el jueves por la noche, con el pulgar temblándole sobre la pantalla, y que esta vez no encontrara nada tampoco, y que eso tampoco la tranquilizara.

¿Y si algún día duda?

No del vídeo. De él.

Se lo preguntó en voz baja, para que la casa no lo oyera, y la casa no lo oyó.

Intentó imaginar lo que pensaba ella, al otro lado del colchón, y paró.

Pero la imaginación seguía sola: ¿soñaba?

¿Contaba también? ¿O dormía de verdad, con la conciencia tranquila de quien ya miró y no encontró nada?

La tercera opción era la peor: que durmiera tranquila mientras él velaba, y que la tranquilidad fuera la prueba de que la duda ya no la necesitaba a ella, que se había mudado a él.

Se incorporó un poco y miró hacia el pasillo, hacia la raya de luz por debajo de la puerta del dormitorio.

La luz seguía allí, amarilla y fina. Al otro lado, Elena dormía de espaldas, o no dormía.

Vega dormía en su cuarto, con la puerta sin pestillo.

La casa entera dormía o fingía dormir, y él estaba en el sofá con la manta hasta los hombros, despierto, guardando el sueño de los demás.

Era su trabajo nuevo: el turno de noche. De día daba clase a veinticuatro caras que no lo miraban; de noche guardaba el sueño de dos personas que fingían dormir.

La casa llevaba la cuenta mejor que él: a las tres, el camión de la basura; a las cuatro, el silencio más hondo, el de las ciudades dormidas; a las cinco, el primer autobús, y con él la certeza de que la noche se acababa y él seguía sin haber dormido, y de que el día iba a empezar igual, con la manta doblada y la mentira del libro.

Durmió veinte minutos, de cinco y media a seis menos diez, un sueño fino como un papel: el aula, las veinticuatro caras, la tiza que no pintaba. Se despertó con la boca seca y el corazón golpeando, y no supo si había dormido o solo había cerrado los ojos con fuerza.

A las seis, oyó la puerta de Vega: un crujido, pasos al baño. Su hija, madrugando para la facultad. Pensó en el pestillo sin echar —la puerta abierta, la confianza— y se le llenaron los ojos, y parpadeó fuerte, en la oscuridad, para que no se notara, aunque no había nadie para notarlo.

A las seis y media sonó la alarma de Elena, amortiguada por la puerta del dormitorio.

Oyó sus pasos descalzos, el agua del grifo, y después un silencio corto, del tamaño de un móvil entre las manos.

Martín se quedó quieto en el sofá, con la manta hasta los hombros, contando.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Al quinto segundo oyó el grifo otra vez, y no supo si eso significaba que lo había mirado o que no.

Cinco segundos. ¿Cuánto se tarda en mirar un móvil?

¿Dos? ¿Tres? El silencio había durado lo suficiente para una mirada y lo suficiente para nada, y las dos opciones pesaban lo mismo.

¿Se lavaba la cara o se lavaba las manos de haber mirado?

¿Y si había mirado y no había encontrado nada, y el no encontrar nada la había dejado igual?

¿Y si no había mirado, y el no mirar era la prueba de que ya no necesitaba mirar?

Cada respuesta abría otra pregunta, y las preguntas se multiplicaban como conejos en la oscuridad.

Se quedó con la manta hasta los hombros, contando, y entendió que iba a pasarse la vida contando: los segundos de los nudos de los zapatos, los centímetros de sofá, los parpadeos de un móvil a las once y media.

Por la rendija de la persiana entraba una luz gris, de esa que no es de día ni de noche. Aquella era su hora ahora: la hora de en medio, la de los que no duermen ni velan, la de contar.

Se planteó volver a la cama. La cama estaba allí, al otro lado de la puerta, con su lado sin deshacer del todo. Podía entrar sin hacer ruido, meterse por su lado, fingir que había ido al baño. Lo pensó un rato, sopesándolo. Y no lo hizo.