89 De espaldas
Se acostaron a las once y media. Elena se lavó la cara, se puso la camiseta vieja de dormir, se metió en la cama por su lado —el izquierdo, el de siempre— y, en vez de girarse hacia él como hacía todas las noches desde hacía veinte años, se quedó de espaldas.
Martín se quedó parado junto a la cama, con la mano todavía en el interruptor.
—¿Apago? —dijo.
—Sí.
Apagó. La lamparita de su lado quedó encendida un segundo más, hasta que Elena alargó el brazo sin girarse y la apagó también.
A oscuras, la habitación era la de siempre: la persiana a medio bajar, la raya de luz del pasillo por debajo de la puerta, el armario con una puerta que no cerraba del todo.
Martín se metió en la cama por su lado. El colchón se hundió un poco hacia el centro, como siempre, y él se quedó quieto en su borde, sin buscar el centro.
Delante de él, la espalda de Elena. Los omóplatos bajo la camiseta vieja, la curva de la cintura, el pelo recogido en un moño flojo que se le había deshecho a medias.
Respiraba despacio. Martín no supo decir si dormía o fingía dormir, y llevaba días sin saberlo: días mirando a su mujer e intentando leerla como se lee un texto difícil.
—No te he preguntado qué tal la clase —dijo Elena, de pronto, sin girarse. Su voz sonó rara contra la almohada, amortiguada.
—Bien —dijo Martín—. Normal.
—Ya.
No te he preguntado. Lo dijo como quien confiesa una falta pequeña: preguntar habría sido normal, y lo normal se había vuelto una cosa que había que ensayar.
«Ya», dijo ella, y el «ya» significó que los dos sabían que mentía y que ninguno iba a decirlo.
El «ya» quedó flotando en la oscuridad, entre los dos, como una moneda lanzada al aire que no caía nunca.
Silencio. En el piso de arriba, alguien arrastró una silla.
El vecino de arriba arrastraba una silla siempre a la misma hora, siempre el mismo ruido.
Antes le molestaba; ahora le parecía compañía: alguien viviendo su vida normal encima de la suya, sin saberlo.
Escuchó la silla, un golpe sordo, el silencio después, y pensó que así sonaban las casas que no se habían roto.
—Mañana tengo turno de mañana —dijo Elena—. Pongo la alarma a las seis y media.
—Vale.
Turno de mañana: levantarse a las seis y media, el hospital, las urgencias, la vida que seguía. Martín pensó en el hospital —los pasillos, los pitidos, la gente que se moría de verdad— y sintió algo parecido a la envidia: un lugar donde los problemas tenían protocolo.
Ella alargó el brazo hacia la mesilla —el brazo desnudo, un momento en la raya de luz de la puerta— y programó la alarma. El móvil hizo un clic blando contra la madera. Volvió a quedarse quieta, de espaldas.
Martín miró aquella espalda. Veinte años durmiendo hacia él: veinte años de despertarse con su respiración en la cara, de su mano buscando la suya por debajo de la sábana sin despertarse del todo, del buenos días dicho contra su hombro sin abrir los ojos.
Veinte años de aprender su cuerpo como se aprende un idioma: el hombro que se encogía cuando tenía frío, el pie que se le enganchaba al suyo en sueños.
Ahora el idioma había cambiado y él no tenía diccionario.
Ahora había una distancia de medio colchón entre los dos, y la espalda de Elena era como una pared baja: no muy alta, pero pared.
Lo midió con los ojos, en la oscuridad, y le pareció la distancia más larga que había recorrido nunca sin moverse.
Se acordó de una noche de hacía años —Vega con fiebre, los dos turnándose en su cuarto—, en que Elena también se había quedado de espaldas, rendida, y él le había puesto la mano en la cintura sin pensar, y ella la había cubierto con la suya sin despertarse.
La misma postura, otro motivo. El cuerpo no distinguía: el cuerpo solo sabía la forma.
Y la forma, ahora, era lo único que quedaba.
En la mesilla de ella, el móvil parpadeó una vez —un mensaje que llegaba tarde— y se quedó quieto. Elena no se movió.
¿Quién escribía a las once y media de un martes?
¿El hospital? ¿Una amiga? El jueves por la noche, ella había mirado su móvil con el pulgar temblándole —él lo había visto, no lo había olvidado, no lo olvidaría nunca— y desde entonces cada parpadeo era una pregunta.
Martín contó hasta diez esperando que lo hiciera, y al llegar a diez no supo si el alivio que sentía era alivio o era otra cosa con el mismo nombre.
Martín pensó en el móvil de la mesilla de él, en el cajón, con la galería vacía desde el jueves.
Lo había vaciado el jueves por la noche, después de que ella lo mirara: fotos, capturas, todo.
La galería vacía desde entonces, como un piso después de una mudanza.
A veces lo abría y miraba la cuadrícula vacía, y la cuadrícula le devolvía la mirada, y los dos sabían que el vacío también era una declaración.
El jueves por la mañana, en la cocina, ella había hecho capturas para la comisaría: el móvil sobre la mesa, los dos dedos enderezándolo, el pulgar temblando.
Él la había mirado desde la puerta sin decir nada, y ella lo había sentido mirar y no había levantado la vista.
Aquella imagen se le había quedado grabada más hondo que el vídeo: su mujer documentando su inocencia como se documenta una coartada.
Tuvo ganas de alargar la mano y tocarle el hombro.
No lo hizo. ¿Qué pasaría si la tocaba y ella se encogía?
¿Y si no se encogía y era peor, y el no encogerse era piedad?
Hizo la cuenta de los riesgos como se hacía la cuenta de todo ahora: mal.
Se quedó con la mano sobre la sábana, en su lado, con los dedos un poco curvados, como si todavía estuviera a tiempo de decidir, mirando la raya de luz por debajo de la puerta, escuchando la respiración de Elena hacerse más lenta, o eso le pareció, o eso quiso que le pareciera.
La raya de luz era lo único vivo de la habitación: amarilla, fina, temblando un poco con los pasos de Vega en el pasillo.
La miró como se mira una vela: con miedo a que se apague.
Se preguntó si ella estaría repasando también —su «bien», su «normal», su «ya»—, si estaría midiendo sus respuestas como él medía las suyas. La idea de que los dos estuvieran despiertos, de espaldas, repasando la conversación, le pareció la cosa más triste y más íntima del mundo.
No le había contado lo del padre de la verja.
Lo había decidido en el portal, subiendo las escaleras: la versión de mañana incluiría la clase, los exámenes, la cafetera estropeada —lo ensayado—, pero no al hombre de la cazadora vaquera ni su «cuide lo que hace con mi hija».
No por protegerla: por protegerse. Si se lo contaba, tendría que ver en su cara lo que él ya había visto en la del padre, y no estaba seguro de poder sostenerlo dos veces en un día.
Apagó la lamparita de su lado. A oscuras, la espalda de Elena era lo único que se distinguía en la habitación: una forma clara contra lo oscuro, quieta, al otro lado del colchón. La miró hasta que los ojos le escocieron, como si mirarla fuera a devolverle el diccionario.
No se dijeron buenas noches. Hacía tres noches que no se lo decían —desde cuándo, exactamente, no lo sabía, y no saberlo era otra forma de saberlo—. Antes el «buenas noches» era un trámite; ahora era una cosa que había que merecer, y ninguno de los dos sabía si la merecía.
La raya de luz por debajo de la puerta se apagó a las doce menos cuarto. Vega, yendo al baño: oyó sus pasos descalzos, la puerta, el agua. Pasos de vuelta. Su hija, moviéndose por la casa dormida, sin saber que su padre la escuchaba como se escucha a un milagro.