88 El archivo
El martes a las diez y media de la noche, Carla estaba tumbada en la cama con el móvil sobre el estómago, mirando el techo.
Se incorporó y abrió el navegador. En las noticias, el titular decía: El Congreso registra la proposición de protección integral del menor en el ámbito educativo . Bajó un poco. Ni rastro de ley Carla . El nombre había durado del viernes al domingo. Tres días.
Cerró el navegador y abrió El Meridiano.
La pieza de la periodista seguía en portada, más abajo que el sábado.
La leyó otra vez, buscando. Su descubrimiento, el de la noche del viernes con los auriculares, convertido en el análisis forense , sin que nadie dijera de dónde había salido.
Ella, en la pieza, era la alumna . Marisa, la profesora, salía con nombre y apellido.
Dejó el móvil sobre la cama y se quedó mirándolo.
En el salón, su madre veía la tele sin reírse, como una radio apagada.
El móvil vibró. Marta.
marta: has visto lo de la ley
carla: que ya no se llama como yo
marta: y tu video
carla: ahi sigue
carla: 12 mil quinientos
marta: te ha escrito alguien
carla: no
marta: ni un medio
carla: ninguno
marta: joder
carla: da igual
marta: no da igual
carla: bueno
Dejó el móvil. Volvió a la cama y abrió la aplicación. Su vídeo seguía ahí, el primero de su perfil: ella sentada en el suelo, de frente, diciendo no pasó nada . Debajo, 12.511 y 19 comentarios —los había dejado bloqueados el sábado, así que el número no se movía—.
Abrió los ajustes del vídeo. Archivar. Lo había visto hacer a otras: las fotos que ya no querías en el perfil pero tampoco querías borrar del todo.
El pulgar se quedó quieto sobre archivar . Se acordó del sábado, del pulgar levantado y bajado antes de publicar, de las tres veces que había grabado. Esta vez no lo bajó.
¿Archivar este vídeo? Solo tú podrás verlo.
Aceptó.
El vídeo desapareció de su perfil. No lo había borrado: seguía existiendo, en algún sitio, con sus 12.511 visitas y sus 19 comentarios bloqueados. Pero ya no era lo primero que se veía al entrar. Ya no era ella.
Abrió el archivo. Ahí estaba: ella sentada en el suelo, diciendo no pasó nada . Debajo, mostrar en el perfil . Dejó el pulgar encima un segundo. Dos. Luego salió sin tocarlo, con la pantalla todavía encendida en la mano.
Se quedó pensando en por qué lo había hecho, y la respuesta que se le ocurrió fue tan simple que le dio vergüenza: porque estaba cansada de verlo ahí, tan quieto, como una cosa muerta que no se acababa de morir.
Carla enchufó el móvil a cargar. El zumbido de siempre, el de todas las noches, llenó el cuarto un segundo antes de apagarse la pantalla.