El medio segundo 87 La película
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87 La película

Vega llegó a las nueve y media, dejó la mochila en el pasillo con un golpe sordo y asomó la cabeza al salón. Traía la cara de los días largos: la facultad, el grupo de estudio, las miradas que ya sabía sostener.

—¿Peli o nos quedamos aquí pudriéndonos? —dijo desde el sofá.

Eran las diez. Entre las nueve y media y las diez, la casa se había ido colocando: Vega en el sofá con el mando, Elena con la toalla, Martín en el sillón con el portátil cerrado.

Cada uno había elegido su sitio sin discutirlo, como se eligen los sitios en las casas que funcionan.

Aquella noche, la casa funcionaba. Martín estaba en el sillón, con el portátil cerrado sobre las rodillas desde hacía una hora.

Apagado. No lo había abierto. Elena lo sabía —llevaba una hora viéndolo no trabajar— y no decía nada.

Elena, en el otro extremo del sofá, doblaba una toalla que ya estaba doblada.

La dobló en cuatro, la desdobló, la volvió a doblar. Martín la miró hacerlo y no dijo nada.

—Pon la que quieras —dijo Elena.

Vega puso una que ya habían visto: una comedia española de las de sobremesa, de enredos y bodas. Para no pensar , dijo, y se rio de su propia frase.

Para no pensar. Lo dijo riéndose, y los tres se rieron.

Aquella noche no se iba a pensar en nada.

Se iba a ver una película que ya habían visto, a comer palomitas quemadas, a ser los de antes durante dos horas.

Vega lo había organizado todo sin decirlo: la película conocida, el bol en sus rodillas, el sitio de cada uno, y se le notaba el esfuerzo en la forma de reírse.

Elena se levantó a hacer palomitas. Se le quemaron un poco —se notaba en el olor antes de que saliera de la cocina con el bol— y Vega dijo qué asco y cogió un puñado igualmente.

A Elena nunca se le quemaban las palomitas. Martín lo pensó sin querer. Cogió un puñado y masticó el sabor a quemado como quien mastica una prueba. Martín se cambió al sofá, al otro lado de Vega, y los tres quedaron en fila, como en el cine: Elena, Vega, Martín. El bol en las rodillas de Vega.

Como en el cine, sí, pero en el cine nadie finge: se sientan juntos porque quieren ver la película. Martín notó el hombro de Vega contra el suyo y pensó que hacía una semana aquel contacto no significaba nada. Le pesaba y le sostenía a la vez.

En la pantalla, el cura confundía a los novios por segunda vez y Vega se rio con la boca llena.

«Este cura es tonto», dijo, y Elena dijo «todos los curas de las comedias son tontos», y las dos se rieron, y Martín pensó que llevaba días sin oírlas reírse juntas.

Martín se rio tarde, cuando ya se habían reído las dos, y notó que Elena lo había notado.

La risa de Elena —corta, de nariz— era la de siempre, y oírla le hizo daño.

A los diez minutos, el móvil de Vega se iluminó en el reposabrazos.

Ella lo miró de reojo, no lo cogió, y la risa que le vino después, con el siguiente enredo, sonó más corta.

¿Claudia? ¿Paula? ¿El grupo de la facultad? Martín no preguntó. Había aprendido en una semana el oficio nuevo de no preguntar. Vega dejó que la pantalla se apagara sola, y la risa corta se quedó flotando un segundo, como una nota falsa en una canción conocida.

A los veinte minutos, el móvil de Elena se iluminó sobre la mesa. Ella lo giró boca abajo con un gesto rápido, casi brusco. Martín lo vio. No dijo nada.

¿Quién escribía a Elena un lunes a las diez de la noche? ¿El grupo del hospital? ¿Una amiga? Antes lo habría preguntado sin pensar, por inercia de veinte años. Ahora la pregunta se le quedó en la garganta, y el no preguntar le supo a derrota y a prudencia a la vez.

En la pantalla, un hombre corría detrás de un taxi.

—¿Quién es ese? —dijo Martín, señalando a un secundario.

—El cuñado —dijo Vega—. Salió al principio, papá. Presta atención.

—Ah.

Presta atención. Lo dijo sin malicia, como se le dice a un niño, y Martín asintió, y pensó que llevaba una semana sin prestar atención a nada que no fuera su propia caída.

Elena le pasó el bol sin mirarlo. Martín cogió un puñado de palomitas quemadas y masticó. En la película, la boda se torcía y se arreglaba y se volvía a torcer. Martín miró a Elena durante una escena —los novios reconciliándose bajo la lluvia— y ella sonrió, y la sonrisa fue de verdad.

Al final se arregló, como en todas las comedias: los novios se besaron bajo una lluvia falsa y Vega dijo «qué bonito» sin ironía.

Martín pensó que su hija todavía podía decir «qué bonito» sin ironía.

Vega tenía los pies recogidos bajo el cuerpo y la cabeza apoyada en el cojín, y por un momento —un momento nada más— fue la niña de doce años que veía películas con ellos los viernes, antes de que los viernes fueran otra cosa.

A mitad de la película, Elena se levantó a por agua.

Tardó más de lo normal. Martín oyó la nevera, el vaso, el grifo del fregadero un segundo.

¿Qué se hace en una cocina de noche, a solas, durante un minuto?

¿Se mira el móvil? ¿Se llora? ¿Se respira?

Volvió con el vaso a medias y se sentó —un poco más lejos, o eso le pareció—, y Martín se odió por medir la distancia en centímetros de sofá, y siguió midiéndola.

No dijo nada. En la pantalla, alguien lloraba de risa en una iglesia.

Cuando terminó, se quedaron los tres quietos viendo los créditos, como si moverse fuera a romper algo.

Ninguno quería ser el primero en moverse.

Los créditos subían, blancos sobre negro, con nombres que nadie leía, y los tres los miraban como si fueran lo importante.

Luego Vega se desperezó. Al estirarse, la manga se le subió hasta el codo y Martín vio el moratón: una mancha amarilla en el antebrazo, con el centro todavía morado, del tamaño de una moneda de dos euros.

—¿Eso? —dijo Elena.

—Del viernes —dijo Vega, bajándose la manga—. En el instituto. Una discusión.

No dijo con quién. No hizo falta. Una discusión el viernes, en el instituto, por creerle. Lo miró hasta que Vega se bajó la manga del todo, y luego miró a Elena, y en la cara de su mujer vio lo mismo que sentía él.

—Me voy a dormir —dijo. Se levantó, y al pasar por delante de Martín se paró y le dio un beso en la mejilla, rápido, como cuando era pequeña y los besos no costaban nada—. Buenas noches.

El beso le supo a poco y a mucho: rápido, sin peso. Martín se quedó con la mejilla caliente un segundo.

—Buenas noches —dijo Martín.

—Buenas noches, cariño —dijo Elena.

Vega se fue por el pasillo. Se oyó su puerta, sin pestillo esta vez, y luego silencio.

Sin pestillo. El sábado se había encerrado con él y le había dicho «te creo» por teléfono. Ahora la dejaba abierta. Martín lo notó y no supo qué significaba, y el no saberlo le dio miedo.

Martín y Elena se quedaron en el sofá, con la tele en el menú, pasando las carátulas en bucle.

El mando estaba en la mesa, entre los dos, a la misma distancia de ambas manos.

Ninguno lo cogió: cogerlo habría sido decidir que la noche había terminado, y ninguno quería ser el que la terminara.

Las carátulas pasaban —una comedia, un drama, un documental sobre tiburones—, y los dos las miraban sin verlas, alargando lo inalargable.

Por la mañana, el bol seguía en la cocina, con los restos quemados pegados al fondo. Elena lo fregó sin decir nada, y el olor a quemado se fue por el desagüe. En el salón olía un poco a quemado, y era la casa de siempre, y no lo era.