86 El pan
El lunes por la mañana, Toñi lo mandó a por pan.
—Baja a por una barra, anda —dijo desde la cocina, como si fuera un lunes cualquiera—. Y trae también leche, que no queda.
Yago se puso las zapatillas sin atárselas y bajó las escaleras. Caminó pegado a las fachadas. En la esquina, dos críos venían con un balón bajo el brazo. Uno lo miró, le dijo algo al otro, y el otro sacó el móvil y lo levantó. Yago oyó el clic del obturador:
—Es él.
No se dio la vuelta. Siguió andando hasta la panadería, con el corazón golpeándole las costillas.
Se puso en la cola. Cuando le tocó, levantó la vista.
La panadera lo miró un segundo de más —un segundo en el que Yago vio pasar por su cara el reconocimiento, la duda, el cálculo de si decir algo—, y luego dijo, normal:
—¿Qué va a ser?
Yago abrió la boca. No se acordaba de lo que venía a comprar. Pan, había dicho Toñi. ¿Y qué más? Algo más. Miró a la panadera, miró el expositor.
—Una... —dijo, y no le salió nada más.
Se apartó de la cola, murmuró perdón , y salió de la panadería con las manos vacías y la cara ardiendo. Anduvo hasta el banco de la placita, se sentó, y sacó el móvil.
Abrió el grupo de la clase. Último mensaje: el sábado. Después, nada. Ni siquiera Leo había vuelto a escribir. La ola se estaba muriendo en silencio, y él estaba allí sentado escuchando cómo se moría, y notó una cosa rara en el pecho, un alivio pequeño y sucio, y enseguida otra cosa peor.
Llevaba dos días sin pensar en el profesor.
Del hombre de verdad, el de la carpeta y la clase.
Se había pasado el fin de semana pensando en sí mismo: en su cara con el círculo rojo, en su voz con subtítulos, en su madre.
El profesor se le había borrado de la cabeza como se borra un archivo, y nadie le había dado a ningún botón.
Guardó el móvil. Se levantó del banco y echó a andar hacia casa, y a mitad de la calle se paró: el pan. La leche. Se había olvidado de todo. Siguió andando hacia casa con las manos en los bolsillos.
Toñi estaba en la puerta de la cocina cuando entró.
—¿El pan? —dijo.
—Se me ha olvidado —dijo Yago.
Ella lo miró un segundo. Luego asintió, sin darle importancia, y volvió a la cocina. Yago subió a su cuarto y se tumbó en la cama boca arriba, con el móvil en la mano y sin mirarlo.