El medio segundo 85 Sin reproches
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85 Sin reproches

El domingo por la noche, Yago salió de su cuarto porque no aguantaba más el techo.

—Siéntate —dijo Toñi.

Yago se sentó enfrente. Ella se levantó, cortó dos trozos de tortilla fría, los puso en un plato y lo dejó delante de él. Se sentó otra vez. Lo miró.

Y entonces lloró. Sin ruido, sin taparse la cara, sin levantarse a por un pañuelo. Las lágrimas le bajaban por las mejillas y ella no hacía nada por detenerlas, como si llorar fuera otra tarea de la casa que había que terminar.

Yago notó el plato frío bajo las manos.

—Mamá —dijo.

—Come —dijo Toñi—. Come, que está fría ya de todas formas.

Él pinchó un trozo con el tenedor y se lo llevó a la boca. Masticó. Tragó. Ella seguía mirándolo y llorando, y él entendió, sin que ella dijera nada, que no iba a haber gritos. Ni el cómo has podido , ni el en qué estabas pensando , ni el tu padre si viviera .

—¿Lo has visto? —dijo él, al final, con la boca seca.

Toñi asintió una vez. No preguntó el qué. Los dos sabían el qué: la orla con el círculo rojo, el audio, su voz diciendo porque pude con subtítulos.

—¿Te ha escrito alguien? —dijo él.

—Del grupo, sí. No lo he abierto. —Miró el móvil, el grupo silenciado—. Tu tía ha llamado dos veces. Tampoco.

—¿Y... la policía? ¿El instituto?

—No. —Toñi se pasó el dorso de la mano por la mejilla, un gesto torpe—. Todavía no.

Toñi lo miró.

—¿Tú querías hacer daño? —dijo.

Yago abrió la boca. No le salió nada que fuera verdad.

—Ya —dijo Toñi.

Se quedaron callados. En el salón, el presentador del concurso dijo algo y el público aplaudió. Yago terminó la tortilla y dejó el tenedor sobre el plato, alineado, con un cuidado que no venía a cuento.

Toñi se levantó, rodeó la mesa y, al pasar por detrás de su silla, le pasó la mano por el pelo. Una vez. Y la retiró rápido, como si quemara, y se fue al fregadero con el plato.

Yago se quedó sentado, con la marca de aquella mano todavía en la cabeza.

Quiso decirle que lo sentía, y supo que si lo decía ella lloraría más, y que si no lo decía ella seguiría llorando igual.

Quiso preguntarle por qué no le gritaba, y no encontró la forma de preguntarlo sin que sonara a queja.

Miró el móvil, el grupo silenciado, y lo dejó estar.

Se levantó.

—Vete a la cama —dijo Toñi, de espaldas, con las manos en el agua—. Mañana hablamos.

No era verdad y los dos lo sabían: mañana no iban a hablar tampoco.

Yago se fue a su cuarto y cerró la puerta sin pestillo, porque el pestillo era una cosa que ahora le daba vergüenza usar. Desde la cama oyó a su madre en la cocina, el agua, un plato, y luego nada, y luego la tele un poco más alta.