83 La exclusiva
El lunes a las nueve y media, Rober la llamó desde su mesa con un gesto de barbilla. La redacción a las nueve y media olía a café y a pantallas calientes. Los teclados sonaban a lluvia fina, y en la pared el Chartbeat parpadeaba en azul, incansable.
—¿Has visto esto? —dijo, señalando el Chartbeat de la pared.
Lucía levantó la vista de su pantalla. El panel mostraba la portada en tiempo real: su corrección, abajo del todo, en el cuarto scroll —el lugar de las piezas que nadie abre por gusto—, con una curva verde modesta.
—Para una corrección un domingo, Lucía, esto es una exclusiva —dijo Rober, contento: con la taza en la mano, con el brillo de quien ha metido un gol en el descuento. Lucía asintió y notó algo raro en el pecho, como si el café le hubiera sentado mal o le fuera a sentar mal en los próximos minutos.
Exclusiva. La palabra le pesó en el estómago.
Estuvo a punto de decirlo en voz alta: no es una exclusiva, es la corrección de mi cagada.
Se lo tragó y asintió. Tres años esperando que Rober dijera su nombre con esa alegría, y lo decía por la corrección de su error.
Ni bien , ni coma, ni chincheta: exclusiva .
La palabra perseguida desde el miércoles, con la firma tapada.
Su columna llevaba tres años en rojo en el CMS —4.
000, 2.300, 1.100 visitas, números de no renovar— y ahora Rober celebraba que la corrección de su error funcionara.
Era la primera vez que una pieza suya tiraba de verdad, y tiraba porque antes había hundido a un hombre.
Se odió por pensarlo. Una exclusiva era algo que nadie más tenía, y era verdad: nadie más tenía aquella corrección, porque nadie más había escrito la pieza del miércoles.
—Mira la del miércoles —dijo Javi sin levantar la vista—. Sigue tirando. Tono neutro, de quien informa del tiempo. Javi llevaba en la redacción más años que ella y había visto docenas de piezas tirar y morir. ¿Era profesionalidad o era juicio el tono neutro? Se odió por preguntárselo.
La curva no era una curva: era una meseta con dientes, que mordía un poco cada hora.
Releyó la pieza buscando el interrogante. Allí estaba, al final. Lo había puesto un miércoles a las tantas pensando en el SEO y en su columna en rojo. Ahora le parecía lo más obsceno del titular: una puerta entreabierta por la que había pasado un linchamiento.
—Me la ha pasado mi cuñada esta mañana por el grupo de la familia —dijo una redactora de Sociedad, pasando por detrás con un vaso de agua—.
Me pone: «mira lo del profesor este». Le he dicho que eso ya se desmintió, que salió el forense y todo.
Me pone: «¿ah sí? pásamelo». Se lo he pasado. Me pone: «luego lo miro».
Luego lo miro. Lucía se quedó con la frase dándole vueltas.
Se quedó pensando en la cuñada: una mujer a la que no conocía, en un grupo familiar al que no pertenecía, pasando su pieza con un «mira lo del profesor este».
Su pieza vivía ahora en grupos de familia, entre fotos de nietos y cadenas de oración.
Pensó en el grupo de su madre: si alguien pasaba la corrección, también dirían «luego lo miro». Nadie la había pasado.
Rober se rio, corto. Javi no se rio.
—Es que la gente —dijo Rober, y no terminó, porque no hacía falta.
Lucía abrió los comentarios de su corrección.
Cuarenta y siete. El primero: Gracias por aclararlo .
El tercero: ¿Y la del miércoles la borráis o qué?
El séptimo: A este señor quién le pide perdón .
Notó que se le calentaban las orejas —un calor ridículo, de adolescente— y cerró la pestaña con el pulgar, demasiado rápido, como si quemara.
Se quedó pensando en el tercero. ¿Y la del miércoles la borráis o qué?
Abrió el responder, escribió «tienes razón», lo borró.
Escribió «la pieza se mantiene porque...
», lo borró también. No había un «porque» que cupiera en una caja de comentarios.
Cerró sin responder y el calor de las orejas le subió hasta la nuca.
Se levantó.
—Voy un momento —dijo, y nadie le preguntó adónde.
En el baño se mojó las muñecas con agua fría y se miró en el espejo: las orejas rojas, en efecto. Se rio sola, sin ganas. Las manos limpias le temblaban un poco bajo el agua fría.
Al volver, la tele de la esquina pasaba las imágenes del mediodía sin volumen. Sanz salía de un edificio con una carpeta azul bajo el brazo; el faldón decía: El Congreso registrará mañana la proposición de protección del menor .
Registrará mañana. El martes. La proposición que había nacido en su titular del miércoles ahora la registraba Sanz, y el nombre de la chica ya no estaba en ninguna parte. Tres días había durado ley Carla . Lucía siguió andando hasta su mesa sin pararse.
Cerró la pestaña y abrió WhatsApp Web. El chat de Quique seguía donde lo había dejado el sábado por la noche: Ya lo vi. Debajo, en gris pequeño: en línea .
Lo miró un rato. El cursor parpadeaba. Escribió gracias .
Lo borró: gracias ¿de qué, de haberla avisado el jueves para que ella lo enterrara?
Escribió ¿me perdonas? . Lo borró también, porque no sabía si le estaba pidiendo perdón por no hacerle caso o por hacerle caso demasiado tarde, y porque las dos cosas eran verdad y ninguna cabía en un mensaje de WhatsApp un lunes a las diez menos cuarto.
Cerró WhatsApp Web. En la pantalla se quedó su reflejo un segundo, antes de que volviera el documento.
—¿A qué hora entra lo del Atleti? —gritó Rober desde su mesa.
—A las once —dijo alguien desde el fondo.
—Pues venga, que esto no se escribe solo. Lucía, ¿tú con qué vas?
—Con la crónica —dijo ella.
La crónica. Dijo la palabra como quien dice «lo de siempre». Rober asintió y se volvió a su pantalla: así era como se volvía a la normalidad en una redacción, asignándote lo de siempre, como si lo de siempre pudiera volver.
Abrió el documento. Escribió el titular provisional: El Atleti se deja dos puntos en...
Se paró, con los dedos sobre el teclado.
En la pantalla de al lado, el Chartbeat seguía parpadeando en azul, incansable.
Bajó el brillo del monitor hasta que los números se volvieron una mancha y se puso a escribir.
«El Atleti empató a dos en un partido que tenía ganado desde el minuto treinta», escribió, y borró «que tenía ganado» —demasiado parecido a un titular suyo—.
«El Atleti empató a dos.» Punto. Siguió jugada a jugada, y cada frase corta le sabía a descanso, y no miró el Chartbeat ni una vez en toda la mañana.
A las dos, con la crónica entregada, abrió el Chartbeat sin querer —el dedo fue solo—: la corrección seguía subiendo, la del miércoles seguía mordiendo.
Cerró la pestaña y se fue a comer con los demás: pidió lo de siempre, habló de lo de siempre, y fue la comida más normal del año, y la normalidad le supo a poco.
Salió de la redacción a las ocho, con la crónica entregada y el Chartbeat parpadeando a su espalda.
En el metro, abrió el móvil y miró una última vez la meseta con dientes y la curva verde, y luego lo guardó y miró por la ventanilla el túnel, las luces, el túnel.
En casa, la cena, la tele, lo de siempre. Lo de siempre, pensó.