82 El padre
—Estudiad el esquema —dijo—. El miércoles preguntaré.
Nadie se movió hasta que sonó el timbre.
Salió del instituto a las dos menos cuarto con la carpeta más ligera —había dejado los exámenes corregidos en el casillero de la sala de profesores, encima de una mesa que ya no era la suya— y el sol de mediodía dándole en la cara después de una mañana de fluorescentes.
Junto a la verja había un hombre esperándolo.
Cuarenta y muchos, cazadora vaquera, las manos en los bolsillos.
A su lado, una niña de trece años con la mochila al hombro y el móvil en la mano, escribiendo con los dos pulgares.
El hombre lo vio acercarse y dio un paso al frente, saliéndose de la sombra del muro.
—¿Es usted Martín Serrano?
Martín se paró. La niña no levantó la vista del móvil.
—Soy profesor aquí —dijo Martín.
—Ya sé quién es. —El hombre tenía la voz de quien ha ensayado la frase en el coche, viniendo hacia aquí—. Mi hija está en segundo de la ESO. Yo vi el vídeo.
La niña pasó el pulgar por la pantalla. En la avenida, un claxon impaciente.
—Salió una rectificación —dijo Martín—. El vídeo estaba cortado. Manipulado. Hay un análisis forense.
—¿Dónde salió eso?
—En El Meridiano. El sábado por la tarde. Con el parte del instituto y todo.
—No lo leo —dijo el hombre.
—Hay un análisis forense —dijo Martín—. El vídeo está cortado en el segundo doce.
—Yo de forenses no entiendo —dijo el hombre—. Yo entiendo de lo que veo. Y lo que vi no me gustó.
—Lo que vio no era lo que pasó.
—Eso dice usted.
Se quedaron mirándose. La verja estaba abierta a esa hora, pero entre ellos hacía de pared igual. La niña se rio bajito de algo del móvil, un sonido corto, y siguió escribiendo.
—Mire —dijo el hombre, y bajó un poco la voz, como si la niña no estuviera allí—. Yo no digo que usted... yo no estaba allí, ¿vale? Pero cuide lo que hace con mi hija. Cuide lo que hace.
Martín notó la carpeta contra el costado, el sol en la frente, el sudor frío en la espalda debajo de la camisa gris.
Pensó en decirle que tenía una hija de diecinueve años.
Pensó en decirle que había dado clase a cuatro generaciones de niñas sin que nadie tuviera que pedirle que cuidara nada.
Pensó en decirle el número de visitas de la rectificación. No dijo nada de eso.
—Lo cuido —dijo. Lo dijo en voz baja, como se dicen las cosas que no se pueden demostrar.
El hombre asintió, pero no era un asentimiento de creerse nada.
Era el asentimiento de quien ya ha dicho lo que venía a decir y ahora puede irse a comer tranquilo.
Se dio la vuelta y le puso la mano en el hombro a la niña —en el hombro, sin pensar, como se les pone la mano a los hijos cuando se les quiere llevar a algún sitio— y la niña se encogió un poco, molesta, sin dejar el móvil.
Echaron a andar hacia el paso de cebra. A los diez metros, el hombre se paró.
—¿Tiene hijos? —dijo, sin volverse del todo.
—Una hija —dijo Martín.
—Pues imagíneselo —dijo el hombre.
Siguieron andando. La niña, sin levantar la vista, dijo:
—¿Quién era?
—Nadie —dijo el padre.
Martín se quedó parado junto a la verja hasta que doblaron la esquina. La palabra se quedó flotando en el aire de la avenida, entre el ruido de los coches: nadie .