81 La clase
El domingo a las nueve y catorce de la noche llamó Javier Díez.
Martín estaba en el sofá, con la tele puesta y sin mirarla. Elena, en el otro extremo, con un libro abierto por la mitad que no avanzaba. El móvil vibró sobre la mesa y los dos lo miraron a la vez, como si fuera una cosa viva.
—¿Dígame? —dijo Martín.
—Martín, soy Javier. —La voz del abogado sonaba a coche, a manos libres, a domingo por la noche—. Oye, ¿has mirado la sede electrónica este finde?
—No.
—Pues mírala. El viernes te notificaron el levantamiento de la cautelar. A partir del martes puedes entrar al centro. Sin perjuicio del expediente, ¿eh? Esto sigue su curso. Pero el martes das clase. Mañana es fiesta, así que ni se te ocurra aparecer por allí.
Martín repitió, en voz alta, para Elena:
—El martes doy clase.
Elena cerró el libro.
—¿Seguro? —dijo.
—Segurísimo —dijo Javier, que la había oído—. Lleva el justificante en el móvil, por si acaso. Y Martín: discreción. Entras, das tu clase, sales. Nada de declaraciones, nada de gestos.
Colgó. Martín dejó el móvil sobre la mesa, boca arriba esta vez, y se quedaron mirándolo.
Discreción, había dicho Javier. Martín repitió la palabra por dentro, probándola: entrar, dar la clase, salir.
—¿Vas a ir? —dijo Elena al rato.
—Es mi trabajo —dijo él.
No hablaron más del asunto. Elena volvió a abrir el libro. Martín volvió a mirar la tele. Pero a las once, cuando se levantaron para acostarse, Elena se paró en la puerta del dormitorio.
—Te plancho una camisa —dijo.
—No, la azul no —dijo él, rápido.
Ella lo miró.
—La gris —dijo él.
La azul era la del miércoles: la de los puños deshilachados, la del vídeo, la que Elena había lavado y planchado un jueves entre turno y turno sin decirle nada.
Seguía colgada en el armario, planchada e inútil, como un uniforme de otro trabajo.
La gris crujía un poco de la plancha, tiesa, desconocida.
Eso era lo que necesitaba: una camisa que no supiera nada de él.
El lunes fue fiesta y no salió de casa en todo el día.
Leyó el periódico del domingo dos veces: la primera para enterarse, la segunda para comprobar que no había nada sobre él, que ya era una forma de enterarse.
En la sección de Madrid, una columna breve: Sanz registraría el martes la proposición.
Su caso, convertido en calendario parlamentario.
Por la tarde llovió un rato y vio llover por la ventana de la cocina, con las manos alrededor de una taza vacía. Ensayó la clase en voz baja, de pie: «El miércoles nos quedamos en Cánovas». Su propia voz en la cocina vacía le sonó a declaración.
Por la noche durmió a ratos, y en los ratos soñó con pizarras que no se borraban.
A las seis se levantó sin que sonara la alarma, se duchó con el agua más caliente de lo normal y se puso la camisa gris. Desayunó de pie, un café solo. Elena bajó en bata.
—¿A qué hora sales? —dijo.
—Ahora.
Ella asintió. No le dijo suerte. Le puso la mano en el brazo, un segundo, por encima de la camisa gris.
Salió a las siete y media con la carpeta bajo el brazo.
La calle estaba vacía a esa hora, con las persianas de los comercios a medio subir.
Pasó por delante de la panadería y la dependienta lo vio venir y se volvió hacia el horno, de pronto muy ocupada.
Eligió la acera de la sombra, sin saber por qué.
A mitad de la calle reconoció la carpeta del miércoles: dentro seguían los exámenes de cuarto B, con el 4 de Yago en rojo en la primera página.
El 4 en rojo, con su letra, y debajo, con su letra también: «tú vales». Lo había escrito delante de todos, con aquella sonrisa de profesor bienintencionado, y Nerea se había reído, y la risa se había contagiado, y Yago se había quedado allí con la cara ardiendo.
Llevaba una semana con los exámenes en la carpeta sin saber qué hacer con ellos.
Devolverlos era imposible: Yago no estaba, y aunque estuviera, ¿qué se le dice a un chico al que le pusiste un 4 en rojo delante de su clase y que después te puso a ti delante de ocho millones?
Los dejaría en el casillero de la sala de profesores, encima de una mesa que ya no era la suya. Que los recogiera quien los recogiera.
No dio la vuelta.
El instituto a las ocho menos diez era el de siempre y era otro. La verja abierta, los primeros alumnos en corrillos junto a la entrada, el conserje en la puerta con el manojo de llaves. Lo vio venir y se quedó quieto, las llaves colgando.
—Martín —dijo el conserje.
—Buenos días —dijo Martín.
El conserje asintió una vez, como si eso zanjara algo, y se apartó para dejarlo pasar. Ni siquiera sabía su nombre de pila. El manojo de llaves, el «Martín» dicho sin apellido: acababa de recibir el único indulto que iba a recibir en todo el día.
En el vestíbulo, Alicia salía de su despacho con una carpeta bajo el brazo. Lo vio. Se paró en seco.
—Martín —dijo.
—Alicia.
—Tercera planta. Cuarto B, primera hora. —Hizo una pausa de un segundo—. Normalidad.
Normalidad. La palabra se quedó en el aire del vestíbulo como una instrucción mal dada. Martín la repitió por dentro mientras subía las escaleras, probando si cabía en la boca: normalidad. No cabía.
Martín subió las escaleras. En el segundo descansillo se cruzó con Marisa, que salía de su aula con un montón de cuadernos. Lo vio, y levantó la mano libre en un gesto pequeño, a la altura del pecho. Ni sonrisa ni nada. Un gesto.
Martín lo devolvió igual.
El aula olía a lo de siempre: a mochila, a ventana cerrada toda la noche, a algo metálico de los radiadores. Veintiséis pupitres. Veinticuatro ocupados.
Faltaban dos: Carla y Yago.
Nerea estaba en su sitio, en la segunda fila, con el cuaderno abierto y la vista clavada en él, sin levantarla ni una vez. Hugo, al fondo, con la capucha puesta y la cara tapada hasta la nariz.
Martín dejó la carpeta sobre la mesa. El golpe sordo sonó demasiado alto. Abrió el libro por donde lo habían dejado el miércoles —tema ocho, la Restauración— y escribió en la pizarra con el rotulador: 1874. Alfonso XII.
Su letra le salió más grande de lo normal, como si el brazo hubiera decidido por su cuenta que había que llenar la pizarra de algo. La miró un segundo —1874, a medio escribir, el apellido sin terminar— y siguió, porque pararse a mirarla habría sido admitir que la estaba mirando.
—A ver —dijo, y su voz sonó rara en el aula vacía de ruido—. El miércoles nos quedamos en Cánovas. ¿Alguien se acuerda de qué era el turno?
Silencio. Veinticuatro caras lo miraban y ninguna lo miraba.
Era una forma de mirar que no había visto nunca en un aula: miraban al punto de la pizarra donde él estaba, sin enfocar.
El silencio tenía peso físico: veinticuatro respiraciones contenidas.
Oyó un bolígrafo caer al suelo en la cuarta fila y nadie se agachó a recogerlo.
Oyó una silla crujir. Oyó su propia respiración, demasiado alta, como si respirara por todos.
En la tercera fila, una chica a la que Martín creía que se llamaba Aitana —no estaba seguro, y la duda le dio vergüenza: dos años dándole clase— no le quitaba los ojos de encima.
Era amiga de Nerea, eso sí lo sabía, las había visto juntas en el patio, y el saberlo no le servía de nada.
No miraba a través de él como los demás: miraba a él.
Cuando Martín se volvía hacia la pizarra, notaba la mirada en la espalda, clavada entre los omóplatos; cuando se giraba, ella no la bajaba.
A mitad de la hora le preguntó directamente por el turno, y ella contestó bien, con la voz clara, sin disculparse, y siguió mirándolo.
Era peor que el vacío de los demás. Era un examen que no había preparado, sobre una materia que no dominaba: él.
—El turno —repitió— era el acuerdo entre conservadores y liberales para...
—Para turnarse en el gobierno —dijo una voz de la primera fila, bajita, casi disculpándose.
—Eso. Gracias, Marina.
Siguió. Explicó el caciquismo dibujando un esquema en la pizarra —el pueblo, el cacique, el gobernador—, preguntó dos cosas más y le contestaron dos voces distintas, bajitas también, con cuidado de no hacer ruido. A mitad de la hora, un chico de la tercera fila levantó la mano.
—¿Puedo ir al baño?
—Sí —dijo Martín.
El chico salió. La puerta se cerró con un clic pequeño, de pestillo barato, que retumbó en el aula como un portazo. Martín se quedó mirando la puerta cerrada un segundo de más. Llevaba un rato con el rotulador en la mano sin escribir, mirando la fecha: 1874. Alfonso —no había terminado el apellido.
Lo terminó: XII. Siguió con el encasillado, con los pucherazos, con la voz cada vez más pareja, llevado por la materia.
Nadie tomó apuntes. Nadie abrió el libro.
Nerea pasó una página del cuaderno sin haber escrito nada en ella.
El gesto fue tan cuidadoso que dolía: pasar una página en blanco como si hubiera algo escrito.
Martín la miró hacerlo y apartó la vista, porque mirarla era admitir que lo había visto.
Cuando sonó el timbre, el ruido los sobresaltó a todos, a él el primero.
Recogió la carpeta despacio: le pesaba más que a las ocho.
Los alumnos salieron en silencio, sin el estruendo de siempre, rozando las paredes.
Nerea fue la última: se levantó, cerró el cuaderno con cuidado, pasó por su lado sin mirarlo, y en la puerta se paró un instante, de espaldas, antes de salir.
Martín se quedó mirando el marco vacío de la puerta después de que saliera.
Se quedó solo en el aula. En la pizarra, 1874. Alfonso XII. con la letra más grande de lo normal, como la escribiría otro. Apagó la luz. En el pasillo ya no quedaba nadie, solo el eco de sus propios pasos bajando las escaleras.
En el descansillo dudó: la sala de profesores, su casillero, los exámenes.
Al pasar por delante de la puerta entornada oyó voces —risas, una queja de horarios— y apretó el paso.
Su mesa seguía allí dentro, con su taza y sus carpetas, y entrar habría sido sentarse entre ellos como antes, y no sabía si sabría hacerlo.
Decidió que no: bastante había hecho por un día.
No borró la pizarra: que la borrara el de la hora siguiente, o que no la borrara nadie.
1874. Alfonso XII. , con la letra grande de otro, quedándose allí después de que él se fuera.
Salió a la calle con la carpeta bajo el brazo y el sol de mentira de octubre, y pensó que había sobrevivido a la primera hora.
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Aitana bajó las escaleras detrás del grupo, sin correr.
En el descansillo de la segunda planta, Nerea se había parado a atarse una zapatilla que no necesitaba atarse. Aitana la esperó. Bajaron juntas el último tramo en silencio, entre el ruido de los demás.
—¿Has visto la letra? —dijo Nerea, por decir algo—. Parecía de primaria.
Aitana notó que la risa le subía sola, por el camino de siempre —la garganta, la boca—, y la oyó un instante antes de que saliera: era la misma risa del audio. La del JAJAJAJA . La que Carla no había llegado a abrir.
Se le cortó en la garganta. Tosió para disimular.
—No —dijo.
Nerea la miró de reojo, un segundo, y no preguntó.
Siguieron bajando. En el portal, Aitana sacó del bolsillo el paquete de chicles de menta, arrugado, y en vez de ofrecerlo se metió uno en la boca.
Masticó. El sabor a hospital, a limpio agresivo.
Lo masticó hasta que se le cansó la mandíbula y no se lo ofreció a nadie.