80 El pasillo
Al pasar por delante de un bar de la esquina vio su propia cara en la tele del interior.
Era el informativo de las tres. Salía Candela en el atril, y luego él, en la primera fila, con la tarjeta impresa.
Y luego él levantándose, la silla chirriendo, la cámara siguiéndolo hasta la puerta.
El rótulo decía: El profesor abandona el acto de apoyo .
Debajo, otro rótulo más pequeño: Rojas: «Las prisas del feminismo ya condenaron a este hombre» .
Se quedó parado en la acera, mirando a través del cristal.
Dentro del bar, dos hombres mayores veían la tele sin mirarla, con el café a medias.
Ninguno lo reconoció. En la pantalla, su cara salía de la sede y la puerta se cerraba detrás de él, y el presentador pasaba a otra cosa: el tiempo, un atasco.
Su salida había durado veinte segundos. Veinte segundos era lo que valía ahora: ni cuarenta, como el vídeo, ni veintinueve, como el de Carla. Veinte.
Siguió andando. Los pies lo llevaron donde lo llevaban siempre que no pensaba: hacia el instituto.
Pasó por delante de un quiosco. En la portada de un dominical se veía la foto de Sanz, y un titular sobre el protocolo. Compró el periódico sin pensar, lo dobló y se lo metió bajo el brazo. No lo iba a leer.
Era domingo por la tarde. La verja estaba cerrada, como todos los domingos. Al otro lado, el patio vacío, las pistas con las líneas blancas, la fachada con las ventanas oscuras. Solo había luz en la conserjería, una luz amarilla y pequeña.
Se quedó en la acera de enfrente. Desde allí se veía el vestíbulo a través de los cristales de la puerta: el tablón de anuncios, la máquina de café, y al fondo el pasillo, largo, con las puertas azules a los lados.
El pasillo. Lo miró un rato. Por la mañana, a las ocho menos diez, aquel pasillo se llenaba de chavales con mochilas y él lo cruzaba con la carpeta bajo el brazo, saludando a Marisa, esquivando a los de cuarto que llegaban tarde.
El miércoles había cruzado ese pasillo detrás de una niña que lloraba, y le había puesto la mano en el hombro, y alguien lo había grabado desde el quicio del aula de música.
Doce años cruzando ese pasillo. Se sabía de memoria dónde estaba cada baldosa suelta, qué puerta chirriaba, en qué tramo se oía el eco. Ahora lo miraba desde la acera de enfrente, como un turista, y el pasillo no lo reconocía.
Al otro lado de la verja, en las pistas, había un padre jugando al fútbol con un niño pequeño.
El niño chutaba y el padre hacía de portero, y se reían.
Martín los miró un rato. El martes volvería a haber chavales en ese patio, con mochilas, y él no estaría.
O estaría, pero de otra forma: mirado de reojo, susurrado.
No sabía cuál de las dos cosas era peor.
No entró. No podía entrar —la suspensión seguía vigente, diez días de alegaciones, no acercarse al centro— y además era domingo y la verja estaba cerrada. Se quedó mirando el pasillo a través del cristal, con las manos en los bolsillos del pantalón, y el pasillo no le dijo nada.
Un coche pasó por detrás de él, despacio.
En la conserjería, una sombra se movió tras la luz amarilla: el conserje, o quien fuera, haciendo su ronda.
La sombra se acercó al cristal del vestíbulo, se detuvo un segundo —mirando hacia fuera, hacia él— y siguió.
Martín no se movió. Si lo había visto, vería a un hombre parado en la acera un domingo por la tarde.
Pensó en la tarjeta impresa de la sede: D.
Martín Serrano . Lo habían escrito bien.
Pensó en la mano de Candela en su hombro, puesta para la foto.
Pensó en el rótulo de la tele: abandona el acto de apoyo .
Ninguna era suya. Él estaba en la acera de enfrente de su instituto un domingo por la tarde, mirando un pasillo vacío.
Luego la luz amarilla se apagó. El vestíbulo quedó a oscuras de golpe, y Martín se vio reflejado en el cristal de la puerta: una mancha clara, la camisa azul, sin cara.
Se dio la vuelta y echó a andar hacia casa. A mitad de la calle se paró y miró atrás, una vez. La verja, el patio, la fachada. Todo en su sitio.
Al llegar a su calle siguió andando, sin girar. Cruzó dos manzanas más, hasta la plaza, y se sentó en un banco, con el periódico dominical bajo el brazo sin abrir. Se quedó mirando la plaza sin pensar en nada. Después se levantó y deshizo el camino, despacio, hacia casa.
Siguió andando. En el primer semáforo se detuvo en rojo, aunque no venía ningún coche, y esperó a que se pusiera verde.
Llegó a casa al anochecer. Elena le abrió la puerta antes de que metiera la llave: lo había oído subir las escaleras. Lo miró —la camisa azul, la cara— y no preguntó dónde había estado. Lo sabía, o se lo imaginaba. Le puso la mano en el brazo, un segundo, y se apartó para dejarlo pasar.
—¿Has comido? —dijo.
—No —dijo Martín.
—Te caliento las lentejas de Carmen —dijo Elena, y fue a la cocina sin esperar respuesta.
Martín se quedó en el pasillo, con el periódico dominical bajo el brazo sin abrir.
Por la puerta entreabierta del cuarto de Vega se veía luz.
Todo en su sitio. Se quitó la camisa azul, se puso una camiseta y fue a la cocina, donde Elena calentaba el tupper con la nota de Carmen todavía pegada en la tapa: caliéntalo bien .