79 El atrezo
La llamada llegó a las nueve y media. Un jefe de prensa con voz de domingo por la mañana: acto por la presunción de inocencia, doce y media, sede del partido, quince minutos, solo tendría que estar. «Sin preguntas», dijo. «Usted no tiene que decir nada.»
Martín dijo que sí antes de colgar, y después se quedó mirando el teléfono, sorprendido de la velocidad de su propia boca.
Se lo dijo a Elena en la cocina. Ella estaba haciendo café y no se volvió.
—¿Vas a ir? —dijo.
—Es por la presunción de inocencia —dijo Martín.
Elena removió el café. No dijo lo que pensaba, que era que la presunción de inocencia no necesitaba actos un domingo a las doce y media.
—Ponte la camisa azul —dijo ella.
Se la puso. La que había planchado el sábado para su vídeo, la de las catorce tomas. Vega asomó por la puerta de su cuarto.
—¿Vas a salir? —dijo.
—Un rato —dijo Martín—. A un acto. De apoyo.
—Ten cuidado —dijo Vega.
Cogió el móvil y buscó el número de Javier Díez, el abogado del sindicato.
El pulgar se quedó encima del nombre. Usted no tiene un problema legal, tiene un problema de calendario.
Javier le diría que no fuera: que un acto de partido, con diligencias abiertas y la suspensión vigente, era una temeridad.
Lo sabía sin llamarlo. Guardó el móvil en el bolsillo.
En el metro, un chaval de unos veinte años lo miró dos veces. Martín se cambió de vagón en la siguiente parada, con el corazón golpeándole las costillas. No sabía si el chaval lo había reconocido. No saberlo era peor que saberlo.
La sede estaba en una calle ancha del centro. En la primera fila había una silla con una tarjeta impresa: D. Martín Serrano . Lo habían escrito bien.
Candela Rojas entró a las doce y treinta y cinco, con cinco minutos de retraso de protagonista. Se acercó, le puso la mano en el hombro —pesaba lo justo— y se dejó fotografiar así, sonriendo. Luego subió al atril.
Habló de la presunción de inocencia. Habló de un país donde te condenan en cuarenta segundos.
Habló de las prisas, de los juicios paralelos, de las redes convertidas en tribunales.
Cada frase caía en la sala como una piedra en un estanque, y Martín aplaudía también, un poco, porque las frases eran verdad.
Y entonces dijo «las prisas del feminismo», y la sala aplaudió más fuerte, y Martín, en la primera fila, con la tarjeta impresa con su nombre bien escrito, entendió.
No hablaba de él. Hablaba de ellos. El aplauso no era para él, la mano en el hombro había sido para la foto, la tarjeta con su nombre bien escrito era un accesorio. Había venido a que lo miraran sin ver a un monstruo, y lo estaban mirando sin verlo a él.
Se levantó. Lo hizo sin decidirlo, como se hacen las cosas del cuerpo.
La silla chirrió. Candela lo vio por el rabillo del ojo y la frase se le rompió en la boca.
La mano agarró el borde del atril. El fotógrafo giró y disparó: el profesor de pie, yéndose.
La cámara de televisión lo siguió hasta la puerta.
Fuera, la calle estaba soleada y vacía, de domingo.
Echó a andar sin rumbo, con las manos en los bolsillos.
El aplauso se fue quedando atrás, manzana a manzana, hasta que solo se oyó el tráfico.
Se preguntó por qué había ido, de verdad: si por la vindicación, o por el hambre de que alguien lo mirara sin ver un monstruo, o por no saber decir que no.
No supo contestarse. Y los pies, que sabían más que él, lo llevaron hacia el instituto.
*
Candela vio moverse la silla antes de oírla chirriar.
El profesor estaba de pie. La tarjeta con su nombre bien escrito se había quedado sola en la primera fila. La cámara de televisión pivotó para seguirlo, y la sala, que un segundo antes aplaudía, hizo ese ruido que hacen las salas cuando no saben si seguir aplaudiendo.
La tarjeta que tenía en la mano decía: rematar, sonreír, bajar. Tres palabras. Llevaba seis años obedeciendo tarjetas.
Miró la silla vacía. Y no dijo la frase.
Fueron siete segundos. Los contó después, en el coche, con horror profesional: siete segundos de aire muerto en directo, con la mano agarrada al borde del atril.
En la tercera fila vio al jefe de prensa: tenía la boca abierta, a medio gesto.
Alguien tosió. La cámara de televisión, que había seguido al profesor hasta la puerta, volvió despacio hacia ella. El piloto rojo seguía encendido.
Por la mañana, en la cocina, se había preguntado «¿te lo crees?» a sí misma, y se había dado miedo. Su marido le había dicho: no le pongas la mano en el hombro . Le había puesto la mano en el hombro igual.
Dijo, sin mirar la tarjeta, en voz baja, al micrófono abierto:
—No debería haberle pedido que viniera.
No estaba en la tarjeta. No estaba en ningún sitio. La sala no aplaudió. El jefe de prensa cerró los ojos.
Bajó del atril sin sonreír a los fotógrafos. No miró la silla vacía: mirarla habría sido salir del plano, y ya había salido.
*
A las nueve abrió la puerta de casa y la casa olía a cena.
El carro plegable estaba en su hueco, junto a la nevera. En la encimera, la bolsa de la compra a medio deshacer: el pan, la fruta, los tomates. Cogió uno. Duro, para que aguantara. Los metió en la nevera, uno a uno.
Su marido estaba en el salón, con la tele puesta. En el informativo de la noche salía ella en el atril, y después el profesor levantándose, la silla chirriendo. Él bajó el volumen al verla entrar.
—¿Cómo ha ido? —dijo.
—Bien.
—Te he visto —dijo él—. Has estado muy bien.
Candela se quedó un momento en el quicio, con el bolso todavía al hombro. Lo dijo como se dice en casa. Como después de los mítines, después de las ruedas. Esperó a que añadiera algo —los siete segundos, la frase— y no añadió nada. No supo si hablaba del discurso o del silencio.
—Gracias —dijo, con la voz de los actos.
—Te he dejado tortilla —dijo él—. En la nevera.
En el fregadero había un plato. Uno solo.
Cenó de pie en la cocina, sola, con la tele de fondo en el salón.
Después cogió el móvil y repasó los cortes del día: el plano general del atril, el primer plano de su mano en el hombro del profesor, el profesor de pie, yéndose, la cámara siguiéndolo hasta la puerta.
Se los sabía de memoria: dónde cortaba cada plano, cuándo entraba el rótulo.
Intentó recordar la cara de Martín sin el atril delante. No pudo. Le dio vergüenza un segundo.
El móvil vibró en la encimera: el jefe de prensa.
—¿Has visto...? —dijo él, sin saludar.
—Lo he visto.
—Siete segundos, Candela. Lo están cortando ya. Mañana lo abre todo el mundo: el silencio y la frase. ¿Qué les digo?
—La verdad —dijo Candela—. Que no estaba en la tarjeta.
Silencio al otro lado. Después:
—El partido va a llamar —dijo—. Esta noche.
—Que llame —dijo, y colgó antes de que le diera tiempo a arrepentirse.
Buscó «Martín» en los contactos, por hacer algo.
No estaba, claro: en todo el día no se le había ocurrido pedirle el número al hombre al que le había puesto la mano en el hombro para la foto.
El jefe de prensa lo tendría. Abrió su chat.
El cursor parpadeó un rato. El pulgar, encima del teclado, no se movió. Apagó la pantalla.
En la cama abrió la agenda del móvil: mañana, informativo de las ocho. Otra mesa, otras cámaras. Notó que los hombros se le aflojaban. Se quitó un pendiente; el otro no estaba, y hurgó en el bolso hasta encontrar el repuesto. Siempre llevaba uno.
Apagó la luz. En el salón, la tele siguió un rato más. Después, silencio. El colchón se hundió a su lado, tarde. Veintidós años. Ninguno de los dos habló.