El medio segundo 78 La munición
78%

78 La munición

El tercer mensaje del jefe de prensa llegó a las ocho y media, con la tostada a medias: ¿Has visto lo de El Meridiano?

Dejó la tostada en el plato. Se le había quedado fría y el queso se había puesto correoso. Se sirvió más café, por hacer algo con las manos. Le dolía la espalda entre los omóplatos: del colchón del hotel de la semana pasada, o del suyo. Ya no sabía.

Llamó a su jefe de prensa.

—Quiero al profesor —dijo—. En el acto de las doce y media.

Silencio. Luego:

—Candela. Es un docente suspendido cautelarmente. Tiene diligencias abiertas. Si lo subes a un atril y mañana sale cualquier cosa...

—¿Está imputado?

—No, pero...

—¿Entonces? Diremos que creemos en la presunción de inocencia. Que es verdad.

—Y si no viene...

—Vendrá —dijo Candela—. Lleva tres días esperando que alguien lo mire sin ver a un monstruo.

—¿Lo consultamos con...?

—No —dijo Candela—. Tiene que ser hoy. Mañana esto ya es de ayer.

Colgó.

Su marido estaba en el quicio de la puerta, en bata, con el pelo mojado. No supo cuánto había oído.

—¿Desayunas o haces campaña? —dijo.

—Las dos cosas.

Él cruzó la cocina y puso pan en la tostadora. Dos rebanadas: una en su plato, otra en el de ella, sin preguntar. Cogió un sobre del montón del correo y escribió por detrás, con el boli de la cocina: tomates, pan, fruta.

—¿Vienes? —dijo—. Al mercado. Antes del acto te da tiempo.

Candela miró el móvil. El de prensa, el de la sala, el fotógrafo.

—No puedo.

—Vale. —Dobló el sobre y se lo guardó en el bolsillo de la bata—. ¿A qué hora vuelves?

—No sé. ¿Me guardas comida?

—Te guardo.

Comió de pie, mirando por la ventana. La tostada de ella se quedó en el plato. Cuando terminó, descolgó el carro plegable del hueco junto a la nevera y se fue hacia la puerta.

En el quicio se volvió.

—¿Va a salir bien?

—Va a salir —dijo Candela.

Él asintió. Y entonces dijo una cosa que no le había oído nunca, o que no había querido oír:

—No le pongas la mano en el hombro. Se nota.

Candela se quedó quieta.

—¿El qué se nota?

—Que es para la foto —dijo él, y salió. La puerta se cerró.

Candela se quedó mirando la puerta cerrada. Veintidós años, y el hombre sabía exactamente qué gesto tenía ensayado para las doce y media.

Llamó al de prensa: doce y media, quince minutos, sin preguntas; la silla de la primera fila con la tarjeta, que se leyera desde la cámara. Llamó al de la sala: dos micrófonos, las cortinas cerradas, mejor luz. Llamó al fotógrafo: al fondo, a la izquierda del atril, para coger el giro.

Veinte minutos. Cuando colgó, abrió en el móvil su nota del discurso y leyó la última línea en voz alta, para probar cómo caía en la cocina: «las prisas del feminismo».

Le salió «las prisas del... feminismo», con un enganchón en medio, como si la frase se le hubiera atragantado.

La repitió mirando la pantalla, despacio, hasta que salió de carrerilla.

Llevaba seis años sabiendo el sitio exacto de cada frase. Hoy el sitio se movía.

Dejó el móvil y se quedó mirando la cocina vacía.

—¿Te lo crees? —dijo.

Esta vez lo oyó. No fue un tic: fue una pregunta de verdad, hecha a sí misma, y le dio miedo la facilidad con que había salido, como si llevara toda la mañana esperando su turno.

¿Se creía lo que iba a hacer? Se creía que la presunción de inocencia se había roto.

Se creía que alguien tenía que decirlo en voz alta.

Y se creía, también, que decirlo hoy, a las doce y media, con las cámaras, le venía bien.

Las tres cosas a la vez, sin que ninguna estorbara a las otras.

Eso era lo que daba miedo: que no hubiera cinismo al que agarrarse. El cinismo habría sido más fácil.

Abrió en la tablet la foto del profesor y la miró por primera vez de verdad: un hombre normal, cansado, con la camisa mal planchada. Lo colocó en el plano: a su derecha, un paso por detrás del atril, para que la cámara lo cogiera al girar. Su mano en el hombro de él, para la foto.

No le pongas la mano en el hombro. Se nota.

Apartó la frase. No servía para el atril.

Apagó la luz de la cocina y fue a vestirse.

Llegó a la sede a las once y media. La sala ya estaba preparada: las sillas en fila, el atril con dos micrófonos. En la primera fila, una tarjeta impresa: D. Martín Serrano . La enderezó con dos dedos, aunque ya estaba recta.

Se quedó en el despacho de al lado, mirando por la rendija de la puerta cómo llegaban los fotógrafos. El jefe de prensa asomó:

—Cinco minutos —dijo—. ¿Nerviosa?

—No —dijo Candela, y era verdad.

Fue al baño del despacho. En el espejo se retocó el pelo, y su boca formó sola la frase de hacía dos años: «expresión desafortunada en un contexto de tensión».

La había dicho en el baño de la sede, delante de otro espejo, por lo de las «histéricas» del diputado.

Aquella mañana él había preguntado en la cocina «¿te lo crees?

» y ella había contestado «es lo que hay que decir».

Él había asentido y no había vuelto a preguntar.

Hasta hoy. Dos años tardando en decirle algo de verdad, y se lo decía el día que no servía.

Desde la rendija vio llegar al profesor: camisa azul, puntual, cara de no haber dormido.

Lo vio sentarse en la primera fila, vio la tarjeta con su nombre, vio al fotógrafo agacharse.

Le pareció más delgado que en la foto de la tablet, más pequeño.

Su mano buscó el móvil en el bolsillo de la chaqueta: una frase para el jefe de prensa —«mejor que no se siente»— y el pulgar se quedó quieto encima del nombre.

Sintió una punzada fría y la apartó: no servía para el atril. Sacó la mano del bolsillo.

El jefe de prensa asomó otra vez:

—Sale —dijo.

Candela respiró hondo, se alisó la chaqueta y salió.