El medio segundo 77 El alivio
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77 El alivio

Durmió seis horas seguidas. Se despertó con la alarma, a las siete y media, y tardó unos segundos en entender por qué estaba contento, hasta que se acordó: había dormido. Del tirón. Sin la curva en el techo.

Se duchó con agua muy caliente, hasta que el espejo se empañó del todo. Se afeitó despacio, como si tuviera una cita. Se hizo café y se lo tomó en la ventana, mirando la calle de domingo por la mañana, vacía, con las persianas todavía bajadas.

Se hizo otro café y volvió a la ventana.

La calle empezaba a despertarse: un hombre con el periódico bajo el brazo, una pareja con un carrito, las persianas de la panadería subiendo con estrépito.

Darío los miró uno por uno, con la taza en la mano: ninguno sabía lo que era un ticket, ni una curva, ni un plazo de revisión.

Siguió mirando hasta que doblaron la esquina.

Pensó en las trescientas doce copias que no salían en ningún gráfico. Se terminó el segundo café y dejó la taza en el fregadero, con la otra.

Todavía no había hecho nada, el botón, y sin embargo ahí estaba, registrado, con su nombre. Sintió una satisfacción pequeña y profesional, la de un ticket bien puesto, y le supo rara.

Todo sabía un poco mejor: el café, el aire. Se sintió ligero.

Dejó la taza en el alféizar, al lado del vaso de whisky vacío del viernes.

Cogió el vaso de whisky y lo llevó al fregadero.

Lo lavó con agua caliente, lo secó y lo guardó en el armario con los demás, del más alto al más bajo, como siempre.

Solo quedó la taza, sola en el alféizar.

Darío la miró un rato y después la llevó también al fregadero, la fregó y la guardó. El alféizar quedó vacío, limpio.

Se le puso la cara caliente. Se tocó la mejilla con el dorso de la mano y la notó ardiendo, y no era el café. Era la vergüenza, que había subido por el cuello sin pedir permiso y se le había instalado en la cara. Se quedó así, con la mano en la mejilla, mirando la calle.

Pensó en su madre. En el no lo he visto dicho con voz normal. Su madre creía que hacía páginas web. Nunca la había corregido. Cada semana le mandaba un artículo sobre lo mal que hacían las pantallas y él le daba las gracias.

El móvil sonó a las doce. Mamá .

—¿Sí?

—Hijo, ¿te pillo bien?

—Sí, mamá.

—¿Has desayunado?

—Café. Y una tostada.

—Café no es desayunar, Darío.

—Ya.

—¿Y eso del profesor de la tele? ¿Se supo algo?

—Mamá, yo... —empezó. Tragó saliva.

—Lo miré —dijo Darío—. Está en revisión.

—¿Ves? Ya decía yo que eso no podía ser. Qué bien, hijo, que haya gente que se ocupe.

—Sí, mamá.

—Cuídate, ¿eh? Y come algo de verdad.

—Sí, mamá.

Colgó. Se quedó con el móvil en la mano. Abrió el WhatsApp: el chat de su madre era una hilera de enlaces, los artículos de las pantallas, uno por semana. Mantuvo el dedo sobre el chat hasta que salió el menú y lo archivó. La pantalla quedó limpia.

Dejó el móvil en el alféizar. Apoyó las manos en el fregadero y miró por la ventana. Abajo, una mujer paseaba un perro. El perro se paró a oler una farola. La mujer tiró de la correa, sin impaciencia. Darío los miró hasta que doblaron la esquina.

Se sentía mejor. Había dormido. La vergüenza seguía en la mejilla, sin irse del todo. Sentirse mejor no cambiaba nada.