El medio segundo 75 Era necesario
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75 Era necesario

A la una menos cuarto de la madrugada solo quedaban encendidas dos luces en la sede: la del despacho de Sanz y la de la sala de al lado, donde Mario recogía papeles con la lentitud de quien no tiene prisa por llegar a casa.

Sanz estaba sentado en el borde de la mesa, con la americana colgada del respaldo de la silla y los zapatos desatados. Llevaba así un rato, mirando el móvil sin mirarlo. La pantalla se había apagado sola dos veces y él la había encendido otras dos, por hacer algo.

Entre las doce menos cuarto y la una había leído la verificación de El Meridiano tres veces.

La primera, de pie junto a la ventana, buscando el nombre del profesor en el texto, para verlo escrito por otra mano: Martín Serrano .

La segunda, sentado en el borde de la mesa, leyendo los párrafos de verdad: el corte, el audio, la captura del Raíces con el sello.

La tercera, despacio, deteniéndose en la cita de la profesora: Era consuelo, no era otra cosa.

La había leído tres veces y no se la había mandado a nadie, ni siquiera a Nadia. No sabía a quién mandársela.

Sobre la mesa, boca abajo, el móvil tenía abierta la verificación. La había dejado así, como se deja un libro abierto por la página que duele.

Mario entró con una carpeta bajo el brazo y se paró en el quicio, como hacía siempre, como si el despacho tuviera una línea que no se cruzaba sin permiso. En el bolsillo interior de la americana se le marcaba un bulto: unas hojas dobladas.

Mario dejó la carpeta en una silla y se quedó de pie, con las manos en los bolsillos. Sanz lo miró: la lentitud de los gestos, el cuidado al dejar la carpeta. Sintió una vergüenza pequeña y concreta, de no saber qué decirle a un hombre al que conocía desde hacía quince años.

—Lo del protocolo ha quedado bien —dijo Mario—. Mañana lo llevan todos.

—Sí.

—Y la proposición lista para el martes. Eso ya no lo para nadie.

—No.

Se hizo un silencio de los que Mario sabía llenar con papeles. Ordenó la carpeta, la desordenó, la volvió a ordenar. Sanz lo miraba sin verlo.

—¿Y si era inocente? —dijo Mario.

Al decirlo se llevó la mano al bolsillo interior de la americana y la dejó allí, sobre el bulto de las hojas dobladas.

Sanz tardó en contestar. Se miró las manos. Tenía una mancha de tinta en el índice, del bolígrafo de la firma de la tarde.

Esperó a que Mario lo dijera. Era necesario. Que lo dijera él.

Mario no lo dijo.

—Era necesario —dijo Sanz.

Lo dijo, y al decirlo notó que otra frase se le había formado primero en la boca — lo siento — y que la había dejado morir allí, sin aire. Y notó el papel doblado en el bolsillo interior, con el nombre, y por primera vez era necesario no le sonó a titular.

La mano de Mario sacó las hojas dobladas hasta la mitad —se vio el titular, un segundo— y las empujó de vuelta al fondo del bolsillo. Después cogió la carpeta de la silla.

Mario asintió. No como quien está de acuerdo: como quien anota. Y no volvió a sacar las hojas.

—¿Tú crees que...? —empezó Mario, y no terminó.

—No lo sé —dijo Sanz—. No lo sé, Mario. Sé que el protocolo está aprobado y que la proposición está lista y que el martes hablamos de otra cosa. Eso lo sé.

Se levantó y cogió la americana. Al ponérsela, la mancha de tinta le quedó a la vista, en el índice derecho. Se la miró un segundo. La tinta no se iba a ir con agua.

—Vámonos —dijo—. Que mañana hay que madrugar.

Bajaron en el ascensor. El ascensor tardó en llegar, con ese traqueteo de sábado por la noche, y los dos miraron los números bajar. En el segundo, Mario dijo, sin dejar de mirar los números:

—Martín Serrano.

Sanz lo miró.

—El nombre —dijo Mario—. Me lo he aprendido en el tren. Doce páginas.

El papel doblado asomó del bolsillo al sacar el móvil: Martín Serrano , a la vista un segundo.

Sanz lo cogió, lo desdobló, miró el nombre y lo dobló otra vez, más pequeño, hasta hacerlo un cuadrado mínimo.

Abrió la cartera y lo metió detrás del DNI, donde guarda las cosas que no quiere ver pero no puede tirar.

Cerró la cartera. Demasiado tarde: Mario lo había visto todo.

Siguió mirando los números bajar, como quien anota.

El ascensor siguió bajando. Primero. Sanz se miró la mancha de tinta en el índice: tres días, una rueda de prensa, un mítin, y una chica de veintiséis años buscándolo en una tablet. Le escoció, y no dijo nada.

—No me lo digas como si fuera un reproche —dijo Sanz.

—No es un reproche —dijo Mario, y por fin lo miró—. Es un nombre.

El ascensor llegó al portal con un golpe suave. En el portal, el aire de la noche estaba frío y olía a lluvia que no había caído. El coche de Mario esperaba en doble fila, con el intermitente puesto.

Mario se ajustó la americana y miró el coche, y después a él. Sanz esperó el ¿te llevo? de todas las noches. No vino.

—¿Me llevas? —dijo Sanz—. ¿Pasas por mi calle?

Mario tardó un segundo de más.

—Sube —dijo.

Sanz se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón. Por la ventanilla, la sede se iba quedando atrás, con las dos luces encendidas. Pensó en apagarlas desde el móvil, con la app, y no lo hizo. Que las apagara el último. Después apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos.

En su portal, Mario paró en doble fila y no apagó el motor. El intermitente seguía puesto, parpadeando.

Sanz se desabrochó el cinturón despacio. Esperó —¿qué? ¿un mañana hablamos ?—. Mario miraba la calle.

—Buenas noches —dijo Sanz.

—Buenas noches —dijo Mario, sin volverse.

Sanz bajó y cerró la puerta. El coche arrancó antes de que metiera la llave en el portal.

Sanz subió en el ascensor solo y abrió la puerta de su casa.

El piso estaba en silencio y todo en su sitio, como lo había dejado por la mañana.

Pensó en la pregunta de Mario — ¿y si era inocente?

— y en su propia respuesta — era necesario —, y en el lo siento que se había quedado sin aire entre las dos frases.

Se metió en la cama con la mancha de tinta todavía en el dedo.

A las dos, seguía despierto. Cogió el móvil de la mesilla, abrió la verificación de El Meridiano y la leyó por cuarta vez, sin buscar ya el nombre.

La dejó abierta, boca abajo, sobre la mesilla.

Miró el techo hasta que la luz de la mañana empezó a colarse por la persiana.