74 La ley sin nombre
El protocolo —doce páginas, Protocolo de protección integral del menor en el ámbito educativo — salía a las ocho de la mañana. En el texto, ni una sola vez el nombre de Martín. Ni una sola vez el nombre de Carla. La proposición la registraría el grupo el martes a primera hora.
Sanz lo leyó en el móvil, de pie junto a la ventana de la sede, con la corbata aflojada. Se había pasado tres días diciendo «la ley Carla» en cada micro, y ahora la ley tenía un nombre que nadie iba a corear en ningún mítin.
—¿Con qué nombre? —dijo Sanz.
—¿Cómo? —dijo Nadia, sin levantar la vista de la tablet.
—La proposición. ¿Cómo se llama?
Nadia miró su tablet.
—Proposición de ley orgánica de garantía de la infancia en el ámbito educativo. Punto.
Sanz asintió. No discutió el nombre: hacía tres días que no discutía nada que no fueran números.
La verificación de El Meridiano decía que el vídeo estaba manipulado.
Había visto el titular de pasada, entre dos reuniones: tres segundos del forense el viernes, en la antesala, y «hoy no toca».
Mañana saldría el protocolo en todos los papeles y nadie le preguntaría por la verificación, y si le preguntaban diría «la justicia seguirá su curso», que servía para todo.
Se sirvió un vaso de agua del botellín de la mesa. Dijo en voz baja, para la sede vacía, la frase de la semana: «Con los agresores, tolerancia cero.» Sonó a otro. Se quedó escuchando el eco un segundo, y no la repitió.
Nadia recogió su tablet y se fue, con el portátil bajo el brazo, dejándolo solo junto a la ventana. Antes de salir se volvió:
—Descansa —dijo—. Mañana es el día bueno.
Sanz asintió. La vio alejarse por el pasillo, con el taconeo resonando en la sede vacía.
Y entonces, solo, con la corbata aflojada y el vaso de plástico en la mano, Sanz se dio cuenta de una cosa.
No sabía cómo se llamaba el profesor.
Intentó recordarlo solo, sin preguntar: cerró los ojos y buscó el nombre de pila del hombre del que llevaba tres días hablando. No vino. Y durante un segundo eso le escoció.
Lo pensó dos veces, porque la primera no se lo creyó.
Llevaba tres días hablando de él —en la rueda, en el mítin, en cada micro—, había convertido su caso en su causa, y no sabía su nombre de pila.
Sabía «el profesor de Carabanchel». Sabía «el docente».
En la rueda del miércoles no lo había dicho, no había hecho falta. En Vallecas tampoco.
Buscó «profesor Carabanchel» en el móvil, como un desconocido, y no abrió el primer resultado. Bloqueó el móvil.
—¿Cómo se llama? —dijo en voz alta, aunque ya no había nadie.
Nadia asomó por la puerta, con el abrigo a medio poner.
—¿Quién? —dijo.
—El profesor.
Nadia lo miró raro.
—Martín —dijo—. Martín... espera. —Miró la tablet—. Martín Serrano. Creo. Sí, Martín Serrano.
Martín Serrano. Sanz repitió el nombre por dentro, una vez. No le sonaba a nada.
—¿Pasa algo? —dijo Nadia.
Estuvo a punto de decirlo en voz alta — Martín Serrano , probar cómo sonaba dicho por él— y en el último momento dijo:
—No. Nada. Buen trabajo, lo del protocolo.
Nadia se fue. Sanz se terminó el agua. El vaso era de plástico y crujió al apretarlo. Lo tiró a la papelera.
Sacó el bolígrafo y, en el reverso de la primera página del protocolo, escribió: Martín Serrano .
Lo miró. Su letra, el nombre. Tres días hablando de un hombre y era la primera vez que lo escribía. Lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolsillo interior, junto al móvil.
No era para la ley. La ley ya tenía su nombre imposible y no lo necesitaba para nada. Era para no tener que volver a preguntarlo.
Se asustó un poco, al guardarlo, de lo que acababa de hacer: como si hubiera metido en el bolsillo una cosa que quemaba y hubiera decidido llevarla encima.
Sacó el móvil y abrió el correo. Buscó por fecha: seis años atrás, unas municipales.
El enviado apareció en la lista, con su nombre como remitente.
Lo abrió. El asunto decía Comunicado . Leyó la primera línea — Ante las informaciones aparecidas en el día de hoy...
— y bloqueó el móvil sin seguir. No lo borró.
Lo dejó en la bandeja, abierto a medias, como se deja una puerta que no se quiere cerrar del todo.
Por la ventana se veían las luces de la calle. Pensó que mañana saldría en todos los papeles lo del protocolo, y que nadie escribiría el nombre del profesor. Se dijo que era lo correcto.
En la pantalla de bloqueo, la notificación de El Meridiano seguía allí: la verificación, sin abrir. La miró un segundo y bloqueó el móvil. Ya la leería. O no.