El medio segundo 73 Lo que no se des-lee
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73 Lo que no se des-lee

No se durmió. Se metió en la cama a las doce y se quedó mirando el techo, con Martín dormido a su lado —se había pasado del sofá a la cama sin despertarse del todo, como un sonámbulo—, y el techo no le dijo nada.

A la una se levantó y fue a la cocina a por agua. Bebió de pie, mirando por la ventana el patio interior, negro. A las dos volvió a la cama. A las tres cogió el móvil de la mesilla. No el de Martín: el suyo. Abrió la galería.

Las fotos de la obra del baño. Las capturas de horarios.

Vega con ocho años en la playa. Y las capturas de los comentarios, las que había hecho el jueves por la mañana para llevar a la comisaría: hijo de puta, ojalá te mueras, sé dónde trabajas.

Las miró una por una, por si hubieran cambiado. No habían cambiado.

Las podría borrar. La denuncia ya estaba puesta, el abogado tenía copia, no las necesitaba.

Deslizó el dedo hasta el icono de la papelera y lo dejó allí, suspendido.

Si las borraba, era como decir que ya no hacían falta.

Y hacían falta, porque la verdad con sellos no le llegaba ni a la suela a la mentira.

Pensó en el jueves, en el office del hospital, con la puerta cerrada.

Había mirado el vídeo buscando algo que la absolviera a ella, no a él.

Había sentido el vértigo, medio segundo, y se había dicho que eran los ojos, el cansancio, la pantalla pequeña.

Se lo había dicho tantas veces que ya no sabía si se lo creía o si solo se lo decía.

No las borró. Apagó el móvil y lo dejó boca abajo.

Martín respiraba a su lado, despacio, con un silbidito leve que antes no tenía o que ella no había notado nunca.

Tenía la mano derecha sobre la sábana, abierta, con la palma hacia arriba.

Elena la miró. Era la mano del vídeo. La mano que ella había mirado píxel a píxel el jueves en el office del hospital, buscando algo.

Alargó la suya. La dejó a un centímetro de la de él, sobre la sábana, sin tocarla.

El centímetro era el hueco de la cama del jueves, el que se había hecho más ancho.

Podía cruzarlo. No había nada que se lo impidiera, salvo todo.

Se preguntó si él lo notaría al despertar, el centímetro, y se avergonzó de la pregunta.

Retiró la mano. Se puso de lado, dándole la espalda, y se quedó mirando la pared, donde la luz del pasillo dibujaba una rendija por debajo de la puerta.

Vega estaría despierta, seguro, al otro lado de su pestillo.

Carmen estaría en su casa, dormida o no.

Y ella estaba allí, en su cama, con su marido inocente dormido a un centímetro, y no podía tocarlo.

Eso no salía en la verificación. No hablaba del centímetro.

Cerró los ojos. No se durmió.