72 La cocina
Elena la leyó a las once, en la cocina, con el móvil apoyado en el azucarero para no tener que sostenerlo.
Se le llenaron los ojos antes de terminar la segunda lectura.
No fue el llanto del miércoles en el office, con la puerta cerrada y el nudo en la garganta.
Este le entró por la nariz primero: un goteo tonto sobre el azucarero, y después por los hombros, que se le subían solos cada vez que tragaba saliva.
Se limpió con el dorso de la mano y siguió leyendo, y al llegar al final — la redacción rectifica — tuvo que parar porque las letras se le movían, y se quedó con la frente apoyada en la mano, respirando por la boca para no hacer ruido, porque rectificar era una palabra de periódico y su marido llevaba tres días sin dormir.
Martín dormía. Se había quedado dormido en el sofá a las diez, con la tele puesta y el volumen bajo, y no se había movido cuando ella le había puesto una manta por encima.
Seis horas dormidas en tres días, había dicho Carmen.
Elena lo miró desde la puerta de la cocina: la boca un poco abierta, una mano colgando del sofá, la manta torcida.
Parecía mayor. Parecía el hombre con el que se había casado, solo que más delgado, como si estos tres días le hubieran quitado algo que no era peso.
Se acercó y le colocó bien la manta, con cuidado de no despertarlo.
Le apartó la mano colgando y se la dejó sobre el pecho, como se deja a los pacientes cuando ya no hay nada que hacerles y solo queda que estén cómodos.
Martín murmuró algo en sueños —una palabra que no se entendió— y siguió durmiendo.
Lo miró como miraba a los pacientes cuando creía que no la veían: la respiración, el color, las manos.
Las manos estaban quietas, por fin. Llevaba tres días con las manos moviéndose sin parar —el pulgar contra el índice, la alianza girando— y ahora estaban quietas sobre la manta, y eso le pareció la mejor noticia del día, mejor que la pieza, mejor que los sellos.
Volvió a la pieza. La releyó por tercera vez, más despacio, deteniéndose en la captura del parte.
Después del recreo, sobre las once y media.
Era verdad. Ella no había estado allí, pero era verdad, y la verdad estaba escrita con el membrete del instituto y la firma de Marisa, y aun así el número de abajo no se movía, y Elena sintió una cosa rara, una especie de risa que no llegó a salir.
Apagó la pantalla. La cocina quedó a oscuras, menos la lucecita del frigorífico.
Se quedó sentada, con las manos en la mesa, llorando en silencio para no despertarlo, y pensó en el móvil de Martín, en el cajón de la mesilla, con la galería vacía.
Las capturas de los comentarios que ella había hecho el jueves por la mañana para la comisaría estaban en el suyo, no en el de él.
Las había hecho en la cocina, a las ocho de la mañana, con las manos temblándole sobre la pantalla: hijo de puta, ojalá te mueras, sé dónde trabajas.
Las había hecho llorando y las había hecho bien, encuadrando el nombre de usuario y la hora, como si el cuidado con el que las hacía fuera a protegerlo de lo que decían.
Después se había lavado la cara y había seguido con el día, y nadie había notado nada.
Era inocente. Lo sabía desde el miércoles, o decía que lo sabía. La pieza lo decía con sellos. Y sin embargo las manos le temblaban igual que el miércoles en el office.
Por el pasillo se veía la rendija de luz bajo la puerta de Vega. Seguía despierta, seguro. Elena pensó en llamar a la puerta, en decirle «¿has visto lo del periódico?», y no lo hizo: Vega saldría cuando saliera, y empujar las puertas no era su trabajo desde hacía años.
Pasó por delante del salón una vez más, por asegurarse.
Martín seguía dormido, con la manta bien colocada, la mano sobre el pecho donde ella se la había dejado.
Apagó la tele con el mando, sin hacer ruido, y la pantalla se quedó en negro, con su propia cara reflejada un segundo antes de apagarse del todo.
Se levantó, fue al baño, se lavó la cara con agua fría. En el espejo tenía los ojos rojos y la nariz colorada. Se miró y se dijo: ya está . No se lo creyó.
Fue al dormitorio y se metió en la cama sin hacer ruido, aunque no había nadie a quien despertar: Martín seguía en el sofá. Se tumbó en su lado, de cara a la pared, y dejó la mano en el sitio de él, sobre la sábana fría. Veinte años durmiendo con ese calor al lado. Esta noche, la sábana fría.
A las doce oyó moverse a Martín en el salón: se había despertado, había ido al baño, y después, en vez de volver al sofá, había entrado en el dormitorio y se había metido en la cama sin despertarse del todo, como un sonámbulo.
Elena se quedó quieta, fingiendo dormir, y notó el colchón hundirse a su lado, y el calor de él llegando despacio por la sábana.
No se movió. Siguió de cara a la pared, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando cómo su respiración se acompasaba con la de él sin querer.
Por el pasillo, la rendija de luz de Vega se apagó. Elena la oyó moverse en su cuarto —la cama, un cajón— y después silencio.
Se quedó contando las respiraciones de Martín, sin querer, como contaba las de los pacientes cuando no había nada más que contar.
Una, dos, tres. El silbidito leve. Cuatro, cinco.
En la seis se dio cuenta de que llevaba un rato contando y de que no se iba a dormir, y dejó de contar, y se quedó mirando la pared, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Se levantó sin hacer ruido y fue a la cocina.
Cogió su móvil y abrió la galería: las capturas del jueves por la mañana, las peores, seguían allí.
Las seleccionó todas y se las mandó a su propio correo, con el asunto en blanco.
Por si acaso. Enviado. Apagó la pantalla, volvió a la cama y se tumbó de cara a la pared, con las manos quietas por fin, como las de él en el sofá.