El medio segundo 71 El círculo rojo
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71 El círculo rojo

Era sopa. Otra vez sopa. El viernes también había habido sopa y él la había comido mirando el plato, y ahora la miraba igual, y el vapor le empañaba la pantalla y tenía que limpiarla con el pulgar.

—Come —dijo Toñi—. Que se enfría.

—No tengo hambre.

—Pues estás en los huesos.

Toñi había llegado del súper a las nueve, con los pies destrozados y la radio todavía sonándole en la cabeza.

Doce horas de caja tres, un sábado. La encargada le había pedido que se quedara una hora más y ella había dicho que sí, porque decir que no era más difícil.

Había calentado la sopa del viernes sin probarla y se había sentado enfrente de su hijo, y su hijo tenía mala cara y decía que era el flexo, y ella se lo había creído porque llevaba veinte años creyéndose las cosas que le decían para no tener que preguntar.

En el grupo del súper, a media tarde, alguien había reenviado una foto: una orla, un círculo rojo.

Toñi la había mirado sin entender, había visto la cara de su hijo dentro del círculo y había sentido un frío en el estómago.

Había preguntado «qué es esto» y nadie le había contestado.

Llevaba desde entonces con el frío en el estómago, y con el móvil en la encimera, y sin preguntar.

—¿Te pasa algo? —dijo Toñi.

—No.

—Tienes mala cara.

—Es el flexo.

No había flexo. Comían con la luz de la cocina, la de siempre, la que hacía la sopa más amarilla de lo que era. Toñi lo miró un segundo más de lo normal y volvió a su plato.

El móvil de Toñi vibró en la encimera. Lo miró de reojo, como se miran las cosas cuando no quedan fuerzas, y se quedó quieta. Yago la vio quedarse quieta.

—¿Qué? —dijo.

—Nada —dijo Toñi, y le dio la vuelta al móvil, con la pantalla contra la encimera—. Come.

Pero Yago había visto el círculo rojo. Un segundo, antes de que le diera la vuelta. Su cara dentro de un círculo rojo, en el móvil de su madre.

Toñi había visto la foto. La había visto entera, antes de darle la vuelta: la orla, el círculo rojo, la cara de su hijo en el centro.

No sabía qué significaba. Venía de un grupo del súper, reenviada tres veces, con un texto que no había entendido: algo del profesor, algo de un audio.

Había mirado la cara de Yago dentro del círculo y había sentido un frío en el estómago, y después había hecho lo que hacía siempre: darle la vuelta al móvil y seguir con la sopa.

Si no lo miraba, no era verdad. Si no preguntaba, no tenía que saber la respuesta.

Dejó la cuchara en el plato.

—¿Ya? —dijo Toñi.

Yago asintió, aunque no era verdad.

Se levantó y llevó el plato al fregadero.

Las manos le temblaban un poco y las escondió bajo el grifo.

El agua estaba fría. Se quedó mirando cómo se iba la sopa por el desagüe, amarilla, y pensó que hacía tres días él era el que miraba cómo subía un número y se reía, y ahora el número era su cara dentro de un círculo rojo, y no se reía.

En su cuarto cerró la puerta y se sentó en la cama. Abrió el chat con Leo. Lo había abierto veinte veces esa tarde sin escribir nada.

fuiste tú

Los dos ticks se volvieron azules enseguida. Leo estaba en línea. Los tres puntos aparecieron, desaparecieron, volvieron.

era verdad, ¿no?

Yago miró la frase un rato largo.

te dije que no lo hicieras

yo no lo subí. lo subió la cuenta. yo solo lo grabé

es lo mismo

no es lo mismo. tú grabaste al profe

Los tres puntos. Luego nada. Leo se había desconectado, o había cerrado el chat. Yago dejó el móvil boca abajo en la cama. Actualizó una vez más, sin querer: 74.205.

Dejó el móvil boca abajo y se quedó mirando el techo.

Al rato se dio cuenta de que tenía la oreja puesta en el silencio, esperando la vibración, como un perro.

Tres días atrás esperaba la vibración para ver subir el número del profesor.

Ahora la esperaba para ver subir el suyo.

Eso fue lo que más asco le dio de todo: que el oído no había cambiado, solo el número.

Llamaron a la puerta con los nudillos, dos golpes suaves. Toñi.

—¿Estás bien? —dijo desde el pasillo.

—Sí.

Un silencio. Toñi se quedó con la mano en el picaporte, sin girarlo.

Al otro lado se oía la respiración de su hijo, o se la imaginaba.

Pensó en la foto del círculo rojo, en el frío del estómago, en los veinte años de no preguntar.

Por un segundo estuvo a punto de girar el picaporte y entrar y preguntarlo todo de una vez.

No lo hizo. No sabía hacer eso, y hacerlo mal era peor que no hacerlo.

—Si necesitas contarme algo —dijo Toñi—, me lo cuentas. No hace falta que sea hoy.

Toñi se quedó un rato en el pasillo, con la mano todavía en el aire donde había estado el picaporte.

Después fue a su cuarto, se puso el pijama y se metió en la cama con la tele puesta, bajita.

En la tele daban un concurso que no miraba.

Pensó en la foto del círculo rojo, en la cara de su hijo dentro del círculo, en el frío del estómago.

Pensó en preguntárselo mañana. No hace falta que sea hoy , le había dicho, y era verdad: no hacía falta que fuera hoy.

Pero haría falta, un día. Se durmió con la tele puesta, sin darse cuenta, y soñó que pasaba productos por la caja y que ninguno tenía precio.

Yago no contestó. Oyó sus pasos alejarse por el pasillo, despacio, y se quedó mirando el techo, con el móvil boca abajo en la cama y el número subiendo en la oscuridad de la pantalla, aunque no lo mirara.

Se levantó y abrió la ventana. La calle estaba vacía, de sábado por la noche, con las farolas encendidas y un coche aparcado en doble fila.

Apoyó los codos en el alféizar y respiró el aire frío.

El lunes era fiesta, no había clase, y pensó en eso un segundo con algo parecido al alivio, hasta que se dio cuenta de que el vídeo no entendía de festivos: el lunes seguiría subiendo, con clase o sin clase, y el martes, cuando volviera al instituto, su cara ya habría circulado por todas partes.

Cerró la ventana y se metió en la cama con la ropa puesta.

Puso el móvil bajo la almohada, para no oírlo, y lo oyó igual: cada vibración le llegaba por el colchón, sorda, insistente.

Lo sacó y lo dejó en el suelo, al otro lado de la habitación.

Desde el suelo seguía vibrando, más lejos, como un animal que se aleja.

Se quedó mirando el techo hasta que las vibraciones se espaciaron, y después se durmió, con la ropa puesta y la luz encendida.