El medio segundo 70 La segunda ola
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70 La segunda ola

A las diez y media, Yago estaba en su cuarto mirando el techo cuando le llegó el mensaje de un compañero de clase: «tío, mira esto». Y debajo, un enlace.

No lo abrió enseguida. Se quedó mirando el enlace como se mira una puerta que no quieres abrir. Luego lo abrió.

Era la cuenta de Leo. El vídeo duraba un minuto y doce segundos: pantalla negra, subtítulos blancos, y de fondo un audio con ruido de parque —un perro ladrando a lo lejos, un columpio chirriando—.

Su propia voz, diciendo: «Lo grabé el miércoles en el recreo, desde el aula de música.

Y lo recorté yo. Lo del principio y lo del final. Lo subí yo.»

Leo lo había grabado. El móvil en el bolsillo, la nota de voz activada. Mientras Yago le enseñaba la cuenta y le contaba lo del cuatro, Leo estaba grabando.

El título: «mi colega grabó el vídeo del profe de Carabanchel y me lo acaba de contar». Llevaba cuarenta minutos subido. 38.000 visitas.

Yago se sentó en la cama. Se levantó. Volvió a sentarse. Leyó los comentarios con el pulgar tembloroso:

«HDP.» «Con 16 años ya arruinando vidas.» «Que lo expulsen.» «alguien sabe como se llama»

38.000. Actualizó: 52.000. Lo había compartido una cuenta de virales con trescientos mil seguidores: «EXCLUSIVA: el autor del vídeo del "profesor de Carabanchel" confiesa».

En los comentarios discutían si la voz era de verdad la suya o la de otro chico de otro instituto; alguien juraba que lo conocía de vista.

«se nota k es montaje la voz no cuadra» «es el es el del video original mirad el avatar».

El audio corría, pero a trompicones, entre ruido.

Debajo, su audio, su voz de parque, su «porque pude».

En un grupo de WhatsApp de padres, el audio ya circulaba recortado, sin el «porque pude», con una música épica de fondo y el título «el hijo del profe confiesa».

No era el hijo de nadie. Debajo, alguien preguntaba «pero este quién es» y otro contestaba «un amigo del de la orla», y un tercero: «es de mi barrio, se llama Adrián».

Llamó a Leo. Apagado, o fuera de cobertura, o bloqueado: el tono ese raro que no sabes lo que es. Le escribió: «borra eso ahora mismo». Un tick. Dos ticks. Sin respuesta.

Le escribió al compañero: «no lo compartas, porfa». Contestó: «demasiado tarde, tío, lo tiene todo el mundo».

Actualizó: 61.000. Los comentarios ya pedían su nombre, su instituto, su cara.

Alguien había puesto una foto de 3.º ESO B del año pasado —la orla, con todos— y un círculo rojo alrededor de una cara borrosa.

La suya. Se quedó mirando el círculo rojo como si fuera la foto de otro.

Otro había encontrado su cuenta —la del vídeo original, con su cara en el avatar de hacía dos años— y la había enlazado: «es este». Trescientos likes en diez minutos.

El grupo de clase echaba humo. Yago lo abrió con el pulgar tembloroso y lo cerró enseguida, pero le dio tiempo a leer: «es yago no?

?» «el de la orla» «madre mía» «alguien lo tiene en insta?

» «pasad el audio». Nerea había escrito «yo no sé nada» y Aitana «ni yo».

Yago miró las dos frases un rato largo: las que se habían reído en el pasillo ahora no sabían nada. Cerró el grupo.

Yago pensó en el miércoles, en el quicio del aula de música, en el zoom.

Había querido que lo miraran una vez. Ahora lo iban a mirar todos, y no era así como lo había imaginado, y sin embargo una parte pequeña y asquerosa de su cabeza contó las visitas —73.

000— y pensó «más que ayer», y se odió por pensarlo más que por todo lo demás.

El móvil no paraba de vibrar: menciones, mensajes de números que no tenía guardados, el grupo de clase explotando.

Lo puso en silencio y lo dejó boca abajo sobre la cama, y el silencio fue peor, porque en el silencio se oía su propia voz diciendo «lo subí yo», «lo subí yo», como si Leo la hubiera dejado sonando dentro de su cabeza.

Pensó en llamar a su madre. Pensó en bajar a decírselo. Pensó en borrar su cuenta, y se acordó de que borrar no servía para nada, que él mismo lo había aprendido el jueves en el baño del instituto con las manos temblorosas.

Abrió el chat con Leo otra vez, sin saber qué escribir.

Los dos ticks azules de su «borra eso ahora mismo» seguían allí, leídos y sin respuesta.

Leo estaba en línea hacía dos minutos. Escribió «eres un hijo de puta» y lo borró.

Escribió «por favor» y lo borró también, porque «por favor» era lo que se decía cuando ya no quedaba nada que decir.

El móvil vibró: Toñi, desde el salón.

«A cenar, que se enfría.»

Yago miró la pantalla. 73.000 visitas. Su voz diciendo «lo subí yo» una y otra vez, en bucle, en cuentas que no conocía.

Apagó la pantalla y se la metió en el bolsillo, y el bolsillo le pareció un sitio demasiado cerca del cuerpo para llevar aquello dentro.

Se levantó, se miró en el espejo —la cara que iba a circular mañana por todas partes— y salió al pasillo.

—¿Qué hay? —preguntó, con la voz más normal que encontró.

—Sopa —dijo Toñi desde la cocina, sin volverse—. Siéntate, que te veo muy pálido.

Yago se sentó. Toñi le puso el plato delante, se sentó enfrente con el suyo y se quedaron un rato en silencio, con el vapor subiendo entre los dos. En su cuarto, el móvil seguía vibrando contra la cama, sordo, lejano, como un animal atrapado en otra habitación.

—¿Has quedado con Leo? —dijo Toñi.

—Sí. En el parque.

—¿Bien?

—Bien.

Toñi asintió y siguió comiendo. Yago la miró: comía despacio, con la cuchara en la mano derecha y la izquierda alrededor del plato, como si el plato fuera a escaparse.

Tenía las manos rojas del frío y del trabajo, y una tirita en el índice.

Yago se preguntó cuándo se habría cortado y por qué no se lo había contado, y se dio cuenta de que su madre no le contaba las cosas pequeñas desde hacía años, y de que él tampoco se las contaba a ella.

—¿Qué tal el súper? —dijo, por decir algo.

—Lo de siempre —dijo Toñi—. Un sábado.

Siguieron comiendo en silencio, con el vapor subiendo entre los dos.