El medio segundo 69 El amigo
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69 El amigo

Leo le había escrito a las seis: «quedamos en el parque?». Yago había dicho que sí antes de pensarlo, porque pensar era quedarse en su cuarto mirando el móvil, y el móvil no decía nada desde hacía dos días.

Salió de casa a las ocho, con la cazadora. Su madre estaba en la cocina, preparando la sopa del viernes recalentada, y le preguntó a dónde iba.

—Al parque, con Leo —dijo Yago.

—Abrígate —dijo Toñi, sin volverse.

Bajó las escaleras de dos en dos, como hacía siempre, y en el portal se paró un segundo: hacía frío de verdad, el primero del año.

Se subió la cremallera hasta arriba y echó a andar hacia las Tres Palmeras, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de lo que iba a decir, ensayándolo sin querer, como se ensayan las cosas que dan miedo.

Cuarenta y ocho horas desde la autodenuncia. «Lo revisaremos en un plazo de 24 a 72 horas.» Había mirado el correo diecisiete veces el viernes y nueve el sábado. Nada. Ni un «recibido». Era como gritar en un pozo.

El parque de las Tres Palmeras estaba vacío a las ocho y media de un sábado de octubre, salvo un señor con un perro y dos chavales en los columpios que no eran columpios para ellos.

Hacía frío, de ese frío de octubre que se te mete por los tobillos, y las farolas ya estaban encendidas aunque todavía se veía.

Leo llegó con las manos en los bolsillos y cara de haber ensayado algo por el camino.

—¿Qué pasa? —dijo—. Pareces un zombi.

—Nada —dijo Yago, y luego, porque para eso había venido—: te tengo que contar una cosa. Pero no se lo puedes decir a nadie.

Leo se rio, nervioso.

—Joder, qué serio.

—En serio, Leo. A nadie.

Se sentaron en el bordillo del arenero. La arena estaba fría y húmeda, y se le pegó a los vaqueros.

A Yago le vibró el móvil y lo sacó de un tirón: solo era un aviso de la app del banco.

Lo guardó con una rabia que no era por el banco.

Cuarenta y ocho horas. Ni un «recibido».

La plataforma tardaba lo que tardaba, y él no era nadie para la plataforma, y eso lo sabía, y sin embargo cada vez que miraba el correo era como llamar a una puerta sabiendo que no hay nadie.

Yago cogió un puñado de arena y lo dejó caer entre los dedos, y lo volvió a coger.

La ironía, su armadura de siempre, no le salía.

Lo intentó una vez —«no te vas a creer lo que he hecho»— y sonó tan falso que los dos lo notaron y se hizo un silencio.

Leo sacó las manos de los bolsillos y las volvió a meter.

Llevaba dos días queriendo contárselo a alguien.

No a su madre —a su madre no, nunca—; no a nadie del instituto, que lo habría contado antes de llegar a casa.

A Leo porque era su amigo desde primaria, porque una vez le había prestado la bici sin preguntar para qué, porque necesitaba que una persona de verdad, con cara, supiera lo que había hecho, y no un formulario.

—El vídeo del profe —dijo Yago al final, mirando la arena—. Lo grabé yo.

Leo no dijo nada.

—Lo grabé el miércoles en el recreo, desde el aula de música —siguió Yago—. Y lo recorté yo. Lo del principio y lo del final. Lo subí yo.

—¿Con tu móvil? —dijo Leo, deprisa.

—Con mi móvil.

Siguió cayendo arena entre sus dedos. El señor del perro pasó de largo. Uno de los chavales se bajó del columpio.

—¿Tú? —dijo Leo.

—Yo.

—¿Por qué?

Yago abrió la boca y la cerró. ¿Por qué? Por el cuatro. Por la risita de Nerea. Por las 47 personas que lo seguían. Por querer que lo miraran una vez. Todo sonaba pequeño y todo era verdad.

Pensó en decírselo todo, de verdad: en el quicio del aula de música, en el zoom, en la noche del miércoles mirando cómo subía el número, en la risa.

Pero decirlo todo era demasiado largo y demasiado verdad, y Leo lo miraba con esa cara de estar esperando algo, y lo único que le salió fue lo más corto.

—Porque pude —dijo.

Leo se quedó callado un rato largo. Luego preguntó, con la voz cambiada:

—¿Y nadie lo sabe?

—Nadie. Me denuncié a mí mismo en la plataforma, pero no contestan. —Yago se rio, una risa corta que no era risa—. Soy el único que lo sabe. Y ahora tú.

—¿Y lo del cuatro? —dijo Leo—. ¿Fue por eso?

Yago lo miró. Leo se acordaba del cuatro, del examen, de la risita de Nerea en clase cuando el profesor había dicho «tú puedes» delante de todos. Yago no le había contado lo de la risita a nadie, pero Leo estaba allí, en la tercera fila, y lo había oído.

—Fue por eso y por más —dijo Yago—. Por la risita. Por las 47 personas. Por... —buscó la palabra y no la encontró—. Por querer que pasara algo, ¿sabes? Que pasara algo y que fuera yo el que lo hiciera pasar.

Leo asintió, despacio. Y Yago vio en su cara que lo entendía, o que creía entenderlo, y sintió una punzada de algo parecido al cariño, y después otra punzada, más fría: la de saber que acababa de darle a Leo exactamente lo que Leo quería oír.

Sacó el móvil y le enseñó la cuenta: el vídeo seguía allí, con sus 8.640.000 visitas. Leo lo miró como se mira un accidente de tráfico.

—Esto es muy gordo —dijo Leo, y había algo en su voz que no era miedo. Yago lo oyó tarde, cuando ya lo había oído: no era miedo, era otra cosa. Era brillo. El brillo de quien está pensando en lo que va a hacer con esto antes de haber terminado de oírlo.

Yago soltó la arena. Se sacudió las manos en los vaqueros, una, dos veces, aunque ya no quedaba arena.

—Me tenías que prometer que no se lo dices a nadie —dijo.

—Te lo prometo —dijo Leo, deprisa, sin mirarlo, mirando el móvil de Yago que seguía en su mano.

Se despidieron en la esquina del parque, con un choque de manos que sonó a hueco.

Yago volvió a casa andando despacio, con las manos en los bolsillos y la arena todavía pegada a los vaqueros.

Se sentía más ligero, y el sentirse más ligero le dio miedo: era como si hubiera soltado un peso pasándoselo a otro, y no sabía si eso era contarlo o era contagiarlo.

Pasó por delante de la panadería, cerrada, con las persianas bajadas y el olor a pan todavía en el aire.

Pensó en su madre, en la cocina, en la sopa recalentada.

Por un segundo imaginó contárselo todo: sentarse en la cocina y decirle «mamá, fui yo».

Imaginó su cara, y no pudo terminar de imaginársela, y supo que no se lo iba a contar. No hoy. Quizá nunca.

Al llegar al portal se paró. Arriba, en su casa, su madre estaría calentando la sopa, poniendo la mesa para dos, sin saber nada.

Yago se quedó un rato en el portal, con las manos en los bolsillos, mirando las escaleras.

Subir era volver al cuarto, al móvil, al número.

No subir no era una opción. Subió, despacio, peldaño a peldaño, y en cada peldaño pensó en no pensar.

Al llegar a su puerta se paró, respiró hondo y entró, con la cara más normal que encontró.