68 Con las cenizas
Carla grabó el vídeo tres veces. La primera le salió llorando y la borró: no quería que nadie pensara que lloraba por él.
La segunda le salió enfadada y la borró: no quería que nadie pensara que estaba enfadada con él.
La tercera la hizo sentada en el suelo de su cuarto, con la espalda contra la cama, mirando a la cámara de frente, y esa la dejó.
—Me llamo Carla —dijo—. Tengo dieciséis años.
El del vídeo es mi profesor de Historia.
El miércoles estaba llorando en el pasillo porque unas compañeras me estaban grabando y se estaban riendo, y él les dijo que pararan.
Me puso la mano en el hombro. No pasó nada.
Ya lo dije ayer abajo, en el portal, pero me quitaron de en medio. Así que lo digo aquí. No pasó nada.
Duró veintinueve segundos. Se lo enseñó a Marta por WhatsApp antes de subirlo.
«Súbelo», escribió Marta. Y luego: «te quiero».
Carla se quedó mirando el «te quiero» un rato. Marta se lo decía poco, solo cuando importaba: cuando le quitaron las muelas, cuando cortó con Dani. Carla escribió «yo también» y lo borró, porque sonaba pequeño al lado del otro, y escribió «gracias» y lo mandó.
Marta lo compartió en su cuenta a los diez minutos, con el texto «mi amiga dice la verdad». Carla lo vio y sintió un nudo en la garganta: Marta se estaba señalando también, un poco, por compartirlo. Se lo dijo.
«bórralo si quieres», escribió.
«ni de coña», contestó Marta. Y luego: «que les den».
Miró el botón de publicar un rato largo.
Levantó el pulgar y lo volvió a bajar. Se levantó, fue hasta la ventana, volvió.
Escribió el título —«es verdad»— y lo borró, y lo volvió a escribir.
Su miedo, el de verdad, no era que no la creyeran: era que la grabaran otra vez.
Que alguien cogiera sus veintinueve segundos y los recortara, y que saliera ella llorando en un pasillo que no era el suyo, y que su cara corriera por ahí sin ella.
Lo subió a las siete y media. Sin hashtags.
Del desfase del audio ya se había encargado la periodista en su pieza.
Su madre estaba en el salón viendo la tele y no le dijo nada: bastante había hecho ayer con las cámaras.
Su padre llegaba tarde los sábados. En el cuarto solo se oía el zumbido del cargador y, de vez en cuando, un coche en la calle.
Se quedó mirando el contador. 12 visitas. 80. 400. Subía deprisa al principio, como si alguien lo hubiera empujado sin querer, y luego empezó a frenar. 2.000. 5.000. 8.000. A las ocho y media iba por 11.200 y ya casi no se movía.
Dos amigas más lo compartieron. Nadie más. Miró si algún medio lo había recogido. Ninguno.
Los comentarios: 19. «animo» «no te creo» «k te an pagado mentirosa» «atención quiere la niña» Ese último tenía 40 likes el de la pagada. Carla lo leyó tres veces y luego bloqueó los comentarios, con las manos temblorosas pero decididas, como quien cierra una puerta.
A las nueve: 12.100. A las nueve y cuarto: 12.300. A las nueve y media: 12.408. Y ahí se quedó, el número quieto en la pantalla, parpadeando cada vez que actualizaba sin cambiar.
12.408. No subía más. Carla miró el número quieto un rato, como se mira una puerta cerrada, y apagó la pantalla.
Intentó estudiar. Abrió el libro de Historia por el tema del lunes, lo miró un rato sin leer nada y lo cerró.
El lunes era fiesta —el doce de octubre—, no había clase, y sintió un alivio tan grande que le dio vergüenza: un día más sin cruzar el pasillo, sin ver a Nerea y a Aitana, sin que nadie la mirara.
El festivo, que otros años le daba igual, este año era un regalo.
Apagó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la cama. En el salón, su madre se reía con algo de la tele. Carla se quedó escuchando la risa un rato: era una risa de verdad, de las de antes, y le llegó como un alivio y como una puñalada a la vez.
Se tumbó en el suelo, con la espalda contra la cama, en el mismo sitio donde había grabado el vídeo, y se quedó mirando el techo. Lo había dicho. Lo había dicho tres veces: en el portal, en el vídeo, en su cabeza. Ya no sabía dónde más decirlo para que contara.
Llamaron a la puerta. Su madre asomó la cabeza.
—¿Cenas? —dijo—. He hecho tortilla.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer algo.
—Luego.
Su madre se quedó en el quicio, sin entrar.
Llevaba el delantal puesto todavía. Miró el móvil boca abajo sobre la cama, miró a Carla tumbada en el suelo, y no preguntó por el vídeo.
Carla supo que lo había visto —se lo notó en la forma de no preguntar— y supo también que su madre no sabía qué decirle.
—Te dejo un plato en la cocina —dijo su madre—. Cuando quieras.
—Vale.
—Carla.
—¿Qué?
—Lo has hecho bien —dijo su madre, deprisa, como si le quemara—. El vídeo. Lo has hecho bien.
Cerró la puerta. Carla se quedó mirando la puerta cerrada, con un nudo en la garganta que no era llanto. Era lo primero que le decían en tres días que no era un comentario.
Se levantó y fue a la cocina. En la encimera había un plato con tortilla, tapado con otro plato.
Se lo comió de pie, con las manos, sin calentarlo.
Estaba buena. Su madre hacía la tortilla cuajada, como a ella le gustaba, y Carla pensó en eso mientras comía: en que su madre se acordaba de cómo le gustaba la tortilla.
Volvió al cuarto y miró el vídeo una última vez antes de apagar la luz: 12.408. Ni una más. Le escribió a Marta:
«gracias por compartirlo»
«duerme», contestó Marta. Y luego: «mañana es fiesta, no pienses».
Carla sonrió en la oscuridad. No pienses : como si fuera tan fácil.
Apagó la luz y se tumbó en la cama, con el móvil boca abajo en la mesilla.
En el salón, la tele seguía puesta, bajita.
Se durmió con el zumbido del cargador de fondo, que era el sonido de su cuarto desde hacía años, el sonido de antes.