El medio segundo 67 El vacío
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67 El vacío

Dejó de actualizar a las nueve y media. No de golpe: fue dejando de hacerlo como se deja de apretar una herida. La pieza se había quedado quieta —los números no se movían— y actualizar era mirar cómo no pasaba nada.

Se levantó, recogió el wok —dos bocados le había dado—, lo tiró a la basura con la caja y todo, y volvió al portátil porque no había otro sitio donde estar. Abrió las noticias, por ver si el mundo se había enterado de algo mientras ella miraba números.

No se había enterado. En la sede de Sanz preparaban el acto del lunes: «la ley Carla» seguía su curso. En los grupos, el vídeo seguía circulando con el pie de foto de siempre. En el telediario de las nueve habían abierto con el tiempo. Martín seguía suspendido, señalado, en su casa.

Todavía tenía en los dedos la prisa del miércoles —teclear sin mirar, publicar sin respirar— y ahora los dedos le pesaban sobre el trackpad como si la corrección la hubiera escrito otra persona con sus manos.

Se buscó en los comentarios del vídeo original y no se encontró: la indignación discutía consigo misma, y ella no existía ni como enemiga.

Pensó en escribir un seguimiento para el lunes.

Tenía el material: Marisa entera, el parte con el sello, el forense con el corte.

«Lo que el vídeo no te enseñó.» Lo tendría en una hora.

Lo escribió pensando en su madre: esto sí se lo podía mandar, esto sí era verdad, mamá, esto lo he escrito yo .

Lo leyó. Sonaban a lo que eran: la misma pieza, otra vez, con otro titular.

Y su madre no lo leería: las madres no abren enlaces de correcciones un lunes; las madres reenvían lo que ya les llegó el miércoles.

Los borró uno por uno, despacio. Cerró el documento sin guardarlo.

Se le había quitado el hambre del todo, y sin embargo fue a la nevera y se quedó mirando dentro. No había nada que le apeteciera. Cerró la nevera.

La volvió a abrir. Sacó un yogur, lo abrió, se lo comió de pie, con la puerta de la nevera abierta y la luz dándole en la cara. No le supo a nada. Tiró el envase a la basura y se quedó mirando la basura: el wok de dos bocados, el envase del yogur, la caja.

Abrió el Slack por no mirar los números: en el general hablaban del partido y de un publirreportaje. Cerró.

Vibró el móvil. Quique.

«Ya lo vi.»

Tres palabras. Lucía las leyó cuatro veces.

Quique había sido el único que le decía «esto es una mierda, Lucía» a la cara, en el local, y se quedaba a cenar después.

«Ya lo vi» no era enfado. Era la forma educada de no decir nada.

Ya no era alguien que le dijera las cosas a la cara.

Era alguien educado. La educación sobrevive a la amistad —la prueba era que seguiría felicitándola por su cumpleaños—, y eso era peor.

Escribió: «Gracias por avisarme el jueves. Tenías razón y no te hice caso.» Lo borró.

Escribió: «¿Crees que sirve de algo?» Lo borró.

Escribió: «¿Quedamos un día?» Lo miró un rato. ¿Para qué: para que él fingiera que todo seguía igual y ella fingiera que se lo creía? El pulgar sobre enviar , quieto. Lo borró también. Dejó el chat abierto, con el «Ya lo vi.» de Quique arriba del todo, y apagó la pantalla.

Se tumbó en la cama sin deshacer, con la ropa puesta y los zapatos, y se quedó mirando el techo.

El techo tenía una grieta fina que iba de la lámpara a la esquina, y la siguió con la vista hasta que se le cansaron los ojos.

Pensó en el jueves, en Quique escribiéndole a las 12:40 que el vídeo estaba cortado, y en ella contestando «tiramos por otro lado» sin levantar la vista del titular.

Si lo hubiera publicado entonces, el jueves, con el forense de la pública...

Lo pensó y lo deshizo: no servía de nada.

El jueves tampoco la habría leído nadie.

O la habrían leído los mismos de siempre, que eran los que ya estaban convencidos.

En la cocina, el grifo goteaba. Lo había oído toda la semana y no lo había arreglado. Se levantó, fue hasta el fregadero y cerró la llave con fuerza, hasta que el goteo paró. Se quedó con la mano en la llave un segundo más.

Se metió en la cama con la ropa puesta, sin cenar.

Puso la alarma a las siete, por costumbre, aunque era domingo y no tenía que madrugar.

Apagó la luz y se quedó mirando el techo a oscuras, con la grieta invisible.

Pensó en la reunión del lunes por la mañana, en Rober repartiendo temas, en si le daría algo o la dejaría en el banquillo.

Pensó en Marisa, en el instituto vacío, en el rastro de auditoría con su nombre.

Se durmió sin darse cuenta, con el móvil en la mano, y soñó que actualizaba un número que no cambiaba.

Se despertó a las tres, con la boca seca. Bebió agua del grifo y volvió a la cama. El piso estaba en silencio, con ese silencio de las tres de la mañana que parece de otro planeta. Se durmió otra vez con el móvil en la mano.