66 El tres por ciento
Ninguno con ira.
Abrió el vídeo original en una pestaña de incógnito, por no dejar rastro en el historial del trabajo, y buscó «Meridiano» en los comentarios.
Nada. Buscó «verificación». Nada. Buscó «manipulado»: cientos de resultados, todos discutiendo si el audio estaba manipulado a favor del profesor, ninguno citando su pieza. Cerró la pestaña.
En el Slack: Javi, «buena pieza» a las seis. Dos palmas de maquetación. Rober, nada. Entró en el hilo: diecisiete lecturas, cero respuestas. En el general hablaban del partido y de un publirreportaje. Pensó en escribir «gracias» y no lo escribió.
Sonó el móvil. Su madre.
—¿Has cenado?
—Estoy en ello —mintió Lucía, mirando el wok a medio abrir. Llevaba todo el día mintiendo por costumbre: «estoy en ello», «ahora nada».
—Oye —dijo su madre—. Tu prima me ha dicho una cosa. Que lo del profesor, lo del miércoles, lo escribiste tú. ¿Es verdad?
Lucía miró la pantalla: 151.000 contra 8.610.000. Ni el dos por ciento.
—Sí —dijo.
—¿Y por qué no me lo dijiste, hija? Lo he pasado al grupo. Tu tía dice que qué bien escribes.
—Mamá…
—Estoy tan orgullosa. Esto lo ha leído todo el mundo.
Lucía cerró los ojos. La corrección llevaba cuatro horas en portada, sin su nombre destacado, con 151.
000 visitas. Su madre no la había visto ni la vería: las madres no bajan al tercer scroll.
Y la pieza que su madre reenviaba orgullosa era la del interrogante, la de los veinte minutos, la del aviso enterrado.
—Gracias, mamá —dijo.
—¿Vienes mañana? Te hago lentejas.
—Voy —dijo.
Colgó. Con el móvil aún en la mano, abrió el contacto de su madre y dejó el pulgar quieto sobre el botón verde.
Mamá, la de hoy la he escrito yo, es la verdad : la frase se le atragantó antes de marcar.
Bloqueó el móvil. No le dijo que había publicado la verdad y que la verdad no llegaba ni al dos por ciento.
No le dijo que la pieza de la que estaba orgullosa era la que había habido que corregir.
Después abrió el chat de su madre, pegó el enlace de la corrección, lo miró un rato y lo borró.
El orgullo intacto era lo único que le quedaba por no romper.
A las nueve menos diez: 183.000. Actualizó a las nueve: 191.000. La pendiente ya era una línea horizontal con hipo.
Hizo una captura de pantalla del gráfico, por hacer algo. La miró: la curva subiendo, aplanándose, muriendo. Pensó en mandársela a alguien —a Javi, a Quique— y no se la mandó a nadie. La borró.
A las nueve y media abrió X: el hashtag del acto del lunes seguía en tendencias. Su pieza no estaba en ningún hilo. La cuenta del periódico la había compartido: cuarenta retuits. Cerró la app.