63 Catorce tomas
La primera la leyó del papel y pareció un rehén. Elena, desde la puerta, hizo un gesto con la mano —corta— y Martín borró sin discutir.
La segunda la hizo de memoria y a mitad se le olvidó la frase del recreo. Dijo «el miércoles, durante...» y se quedó en blanco mirando al puntito negro, y el puntito negro lo miró a él. Borró.
La tercera le salió fluida y al escucharla se le cayó el alma a los pies: la voz se le había quebrado en «una alumna estaba llorando» y sonaba a actuación.
A teatro de instituto. Pensó en todos los vídeos de disculpa que había visto en su vida —youtubers, futbolistas, políticos— y en cómo todos lloraban igual y a ninguno le creía nadie. Borró.
La cuarta la hizo plana, sin mover un músculo de la cara, y al verla parecía un hombre aguantando la respiración. Parecía culpable.
La quinta la interrumpió el taladro del vecino de arriba y, cuando el taladro paró para tomar aire, una moto.
La sexta la hizo de pie, porque sentado parecía un detenido, y de pie parecía un profesor dando clase, y no supo cuál de los dos era peor.
En la séptima no pasó nada: la luz era buena, la voz no tembló, dijo exactamente lo que había ensayado —nombre, instituto, miércoles, recreo, la mano en el hombro, los cuarenta segundos recortados— y al terminar se quedó mirando la pantalla con una esperanza pequeña y ridícula, como si el móvil fuera a absolverlo.
La vio dos veces. Y en la segunda se dio cuenta: parecía culpable.
No porque hiciera nada raro, sino porque se notaba el esfuerzo de parecer inocente, y el esfuerzo de parecer inocente es lo más parecido a la culpa que existe.
Estaba actuando de hombre inocente y se le notaba el acting por todas partes: la mirada demasiado fija, las manos demasiado quietas, la voz demasiado controlada.
Un hombre inocente de verdad no se esfuerza.
Un hombre inocente de verdad está en su casa un sábado por la mañana sin grabarse.
Borró la séptima con más rabia que las otras, y el dedo le tembló sobre el icono de la papelera como si el móvil fuera a defenderse.
La octava la empezó sonriendo y paró a los cuatro segundos, asqueado de sí mismo. La novena...
La novena la interrumpió el móvil. No el suyo —el de Elena, en la cocina—, con ese pitido de WhatsApp que ya no significaba nada y lo significaba todo. Martín paró la grabación, fue a mirar la hora por inercia y vio las 11:22 en la pantalla.
Las once y veintidós. Del sábado.
No pensó nada. Fue a la cocina, bebió agua del grifo, volvió.
La décima le salió demasiado larga: se enredó explicando lo de las compañeras, lo del parte, lo de la jefa de estudios, y sonó a alegato, a hombre que necesita que le den la razón.
La undécima, demasiado corta: «Me llamo Martín.
No hice nada.» Y se quedó mirando a cámara, y sonó a desafío.
En la duodécima se le olvidó el nombre del instituto.
Dijo «soy profesor en el instituto...» y se quedó en blanco, y lo peor no fue el blanco: fue darse cuenta de que se le había olvidado el nombre del sitio donde llevaba doce años.
En la decimotercera miró a cámara y dijo «yo no soy...
» y no terminó, porque no sabía cómo terminaba esa frase sin que sonara a mentira.
La decimocuarta la hizo sin guion. Se sentó, miró al puntito negro y habló como si estuviera en clase, como si el móvil fuera un alumno de la última fila:
—Me llamo Martín. El miércoles una niña estaba llorando en mi pasillo y la estaban grabando. Hice lo que haría cualquiera. Lo que hice está grabado, pero lo que pasó no. No sé qué más decir. No sé hacerlo mejor.
Duró treinta y ocho segundos. La vio una vez, y otra. Era la más verdadera de las catorce. Y era la peor: sin el guion, sin el control, parecía un hombre confesando. La verdad, dicha a una cámara un sábado por la mañana, tenía la misma cara que la culpa.
Borró las catorce, una por una, sin mirarlas más. La galería quedó vacía. Elena seguía en la puerta, con los brazos cruzados, y Martín supo que había visto la decimocuarta por encima de su hombro.
—¿Lo subimos? —preguntó ella al final.
—No —dijo Martín.
Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, como por la mañana. La camisa azul le tiraba del cuello.
El móvil vibró contra la madera. Martín le dio la vuelta y miró la pantalla. Luego miró a Elena.
—Vega —dijo.
—Cógelo —dijo Elena.