62 El contraplano
A las nueve, la cocina ya no servía. La luz de octubre entraba de lado y le partía la cara en dos: media mejilla iluminada, media en sombra, como esos documentales de asesinos que ponen en la tele por la noche. Elena lo miró en la pantalla del móvil y negó con la cabeza.
—Pareces un sospechoso —dijo.
—Soy un sospechoso —dijo Martín.
—Para el vídeo no puedes parecerlo.
El salón era mejor. Corrieron el sofá, abrieron la puerta de la terraza del todo y el sábado entró de golpe, con el ruido de la calle: una moto, una persiana, dos vecinas hablando en el patio.
Martín colocó el móvil sobre una torre de libros —el manual de Historia de España de segundo de bachillerato abajo, el atlas encima— y lo calzó con un cenicero que no usaban desde hacía años.
Quedó a la altura de los ojos, más o menos.
Se apartó para mirarlo desde la puerta y la torre se vino abajo: el atlas resbaló, el móvil cayó de canto sobre la alfombra y el cenicero rodó hasta debajo del sofá.
Elena se rio. Fue una risa corta, de sorpresa, la primera en tres días, y se cortó en seco, como si se hubiera quemado. Los dos se quedaron quietos, mirando los libros en el suelo. Reírse les pareció una falta de respeto, y no supieron a quién.
—Perdona —dijo Elena.
—No pasa nada —dijo Martín, y lo decía en serio.
Recogieron los libros en silencio y volvieron a montar la torre, esta vez con el diccionario abajo, que pesaba más.
El móvil quedó a la altura de los ojos, más o menos.
En la pantalla, su cara. Detrás, la estantería.
Parecía el despacho de un hombre serio, si no te fijabas en que los libros estaban al revés para que no se viera el título.
Se puso la camisa azul. La del miércoles.
Elena se la había lavado y planchado el jueves, en algún momento entre turno y turno, y el gesto le llegó tarde, ahora, mientras se abrochaba los botones: su mujer le había planchado la camisa del día del vídeo sin decirle nada.
Ni una palabra. La había colgado en su percha, con las demás.
—¿Me queda bien? —preguntó, y sonó a chiste malo.
—Te queda como siempre —dijo Elena—. Eso es lo bueno.
El discurso lo había escrito en una hoja de cuaderno, con su letra de profesor que subraya dos veces. Lo leyó en voz alta para probar:
—Me llamo Martín, tengo cuarenta y siete años y soy profesor de Historia en el instituto Vista Alegre de Carabanchel. El miércoles, durante el recreo...
Paró. En la pantalla, el hombre de la camisa azul parecía estar leyendo una declaración ante un juez. Volvió a empezar sin el papel, de memoria, mirando al puntito negro de la cámara:
—El miércoles vi a una alumna llorando en el pasillo. La estaban grabando unas compañeras, riéndose. Les dije que pararan. Le puse la mano en el hombro. Eso es todo lo que pasó.
Lo escuchó en su cabeza y sonó a coartada. Todo sonaba a coartada.
Elena, desde la puerta, lo miraba con los brazos cruzados. Llevaba el pelo recogido como para un turno largo.
—Di tu nombre y lo que pasó, sin explicar por qué lo hiciste —dijo—. Cuando explicas por qué, parece que te disculpas.
Era un buen consejo. Martín la miró y sintió vergüenza de preguntarle cuántos había visto esta semana, y no lo preguntó.
Pero se lo imaginó: en el office, entre turno y turno, con el móvil apoyado en el termo.
Youtubers llorando, futbolistas leyendo comunicados, políticos con la bandera detrás.
Su mujer sabía cómo se hacía esto y él no, y eso también era una noticia.
—La cámara te quiere quieto —siguió Elena—. No muevas las manos. Y no mires al papel.
Martín se miró las manos. Llevaba tres días sin saber dónde ponerlas: en los bolsillos, cruzadas, en la nuca.
Las manos de un profesor sabían dónde ponerse en clase —en la tiza, en el libro, en el aire al explicar—, pero delante de una cámara no sabían nada.
Las dejó caer a los lados, como le había dicho Elena, y se sintieron ridículas, como dos objetos olvidados.
—¿Tú cómo sabes todo eso? —dijo Martín, y sonó más brusco de lo que quería.
Elena se encogió de hombros.
—Veo la tele —dijo.
No era verdad y los dos lo sabían. Lo que sabía Elena lo sabía por haber mirado el vídeo de su marido cuarenta veces buscando algo, y por haber visto cómo miraban los demás. Pero no lo dijo, y Martín no lo preguntó, y el móvil siguió allí, sobre la torre de libros, esperando.
Probó otra vez, sin papel:
—Me llamo Martín. Soy profesor. El miércoles, en el recreo, una alumna estaba llorando porque unas compañeras la estaban grabando. Intervine. Le puse la mano en el hombro para tranquilizarla. Alguien grabó cuarenta segundos y los recortó. Yo no...
Se atascó en el «yo no». «Yo no hice nada malo.» «Yo no soy esa persona.» Todas las frases empezaban por «yo no» y todas sonaban a lo contrario.
En ese momento empezó el taladro del vecino de arriba.
Martín se calló a mitad de la frase y se quedó mirando al techo, con la boca abierta.
Elena hizo un gesto con la mano —espera— y los dos se quedaron quietos, escuchando el taladro, como si el taladro fuera a decirles cuándo seguir.
El taladro paró, arrancó, paró del todo.
—Sigue —dijo Elena.
—No me acuerdo de dónde estaba —dijo Martín.
—En el «yo no».
—Ah. —Martín miró al puntito negro—. Yo no...
Y se volvió a atascar, y esta vez los dos lo oyeron a la vez. Elena negó con la cabeza, despacio.
—Sin el «yo no» —dijo—. Cuenta lo que pasó y para. Lo que no pasó, que lo ponga el que mire.
Martín asintió. Elena se acercó a la lámpara del salón y la movió, buscándole un contraluz que le quitara las ojeras. La movió dos veces, la encendió, la apagó. En la pantalla del móvil, la cara de Martín cambió con cada movimiento: más dura, más blanda, más vieja.
—Ahí —dijo Elena—. Ahí pareces cansado, no culpable. Que se note que estás cansado. El cansancio se cree.
Hicieron una prueba de diez segundos. Martín dijo su nombre y la fecha, y pararon. Vieron la prueba juntos, con las cabezas juntas sobre el móvil. Su voz sonaba rara, más aguda, como las voces de los contestadores.
—Sueno fatal —dijo Martín.
—Todo el mundo suena fatal —dijo Elena—. Sigue.
Vieron la prueba otra vez. En diez segundos se veía lo esencial: un hombre cansado, una estantería, una luz de sábado por la mañana. Elena señaló la pantalla con el dedo.
—¿Ves? —dijo—. No pareces un sospechoso. Pareces un hombre que no ha dormido.
Martín la miró. Su mujer llevaba tres días sin dormir bien tampoco, y sin embargo sabía estas cosas: qué se creía, qué no, cómo había que salir en un plano.
Elena se acercó, le apartó un mechón de la frente con dos dedos —el gesto de enfermera, el de madre— y movió el móvil dos milímetros a la izquierda sobre la torre de libros.
—Ahí —dijo—. Ahí no te parte la cara.
Martín miró la pantalla. La cara partida se había recompuesto. Detrás, la estantería. Delante, él, con la camisa azul del miércoles, cuarenta y siete años, seis horas de sueño en tres días.
—Cuando quieras —dijo Elena, y retrocedió hasta la puerta para no salir en el plano.
Antes de retroceder del todo, le puso la mano en el hombro, un segundo. Martín la miró, sorprendido: en la pantalla del móvil se vio su propia cara cambiando, ablandándose. Elena retiró la mano y se fue a la puerta.
—Ahí —dijo—. Esa cara. La de ahora.
Martín miró al puntito negro. Pensó en sus alumnos, en cómo les decía que miraran a la última fila cuando hablaban en público. El móvil era la última fila. Respiró.
—Grabando —dijo Elena.