61 El amanecer
Se despertó a las siete y media con la boca llena de arena y el móvil apagado sobre la mesilla, y tardó unos segundos en recordar por qué tenía que tener miedo antes de abrir los ojos del todo.
Elena respiraba a su lado con la regularidad de quien ha aprendido a dormir en sitios peores: guardias de doce horas, la silla del office, la sala de espera de su padre.
Llevaba tres días durmiendo a ratos en un hospital y en una casa que ya no era del todo su casa, y aun así dormía.
Martín la envidió con una punzada física, como se envidia el agua.
No la despertó. Se quedó un rato mirando su mano sobre la almohada, la alianza un poco hundida en el dedo —había engordado dos kilos en tres días, de comer de pie y mal—, y pensó que hacía veinte años que dormía con esa mano a un palmo y que nunca la había mirado así, como se mira una cosa que puede no estar mañana.
Seis horas en tres días. Lo contó mientras se sentaba en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre la tarima fría: la noche del miércoles, dos; la del jueves, una y media, a ratos, con el techo dibujándosele en los párpados; la de ayer, dos y media de un tirón, porque el cuerpo había dicho basta.
Seis horas. Un hombre no puede pensar con seis horas en tres días, y sin embargo llevaba tres días sin hacer otra cosa que pensar.
El cuerpo le pasaba factura en la espalda, en un punto exacto entre los omóplatos, y en las rodillas al levantarse, como si hubiera envejecido diez años por noche.
En el baño se miró en el espejo y apartó la vista.
No por la cara —la cara era la de siempre, solo más hundida—, sino porque mirarse era ensayar.
Llevaba dos días ensayando caras sin querer: la cara para el abogado, la cara para la comisaría, la cara para Elena cuando ella lo miraba de reojo.
Se duchó con agua muy caliente hasta que el espejo se empañó y ya no hubo cara que ensayar, y se quedó un rato más bajo el agua, con la frente apoyada en los azulejos, porque era el único sitio donde nadie le pedía una cara.
En la cocina puso la cafetera sin encender la luz.
Carmen se había vuelto a su casa anoche, con el bolso y sin despedirse del todo; la casa volvía a ser de dos, y eso también era una noticia.
En la nevera había dejado un tupper con lentejas y una nota en la tapa, con su letra de maestra jubilada: caliéntalo bien .
Martín abrió la nevera, leyó la nota dos veces y la volvió a cerrar.
Su hermana no sabía qué decirle y sabía cocinar, así que cocinaba.
Pensó en llamarla para darle las gracias y no lo hizo: las gracias por teléfono habrían sonado a despedida, y no quería despedirse de nadie más esta semana.
Al pasar por el pasillo se detuvo delante del cuarto de Vega. La puerta estaba cerrada, el pestillo echado desde dentro. Apoyó la mano en el marco, sin llamar. Al otro lado no se oía nada. Llevaba dos días sin oír nada al otro lado de esa puerta, y cada día el silencio pesaba un poco más.
El sábado entraba por la ventana en una franja naranja, de esas que en octubre duran veinte minutos y luego se vuelven grises.
Apoyó las manos en la encimera y miró el patio interior: el tendedero vacío, las macetas de la vecina del segundo, una sábana que alguien había dejado toda la noche. Todo igual.
Encendió el móvil.
Tardó en arrancar, como si también él hubiera dormido.
Y entonces llegaron: cientos. WhatsApp, llamadas perdidas, menciones, correos, el icono del navegador con un número de tres cifras que no quiso leer.
Lo dejó sobre la encimera, boca abajo, y se quedó mirando el plástico negro como si fuera un animal dormido.
No iba a leer nada.
Pero el móvil tardó en dormirse del todo, y en la pantalla de bloqueo, antes de darle la vuelta, alcanzó a ver los números: 347 mensajes de WhatsApp sin leer.
61 llamadas perdidas. El icono del correo con un 214.
Se quedó mirando los números como se miran las cifras de una catástrofe en el telediario: eran suyos y no eran suyos.
Entre los mensajes habría de todo —compañeros del instituto, padres de alumnos, desconocidos con opiniones—, y cada uno sería una puerta que, al abrirla, lo metería en una conversación que no quería tener.
Le dio la vuelta al móvil, boca abajo, con un gesto brusco, como quien aparta un plato.
El plástico negro le devolvió su cara deformada en el reflejo, y Martín pensó en el otro móvil, el del quicio del aula de música.
Un chaval de dieciséis años había cogido su teléfono, había grabado cuarenta segundos y había cambiado el país.
Él tenía cuarenta y siete, un teléfono mejor y veinte años enseñando historia, y no había conseguido cambiar ni su propia mañana.
La cafetera empezó a sisear. El olor del café le llenó la cocina y por un segundo fue miércoles, fue cualquier miércoles, fue la vida.
Fue entonces, con el café subiendo y la cara deformada en el plástico negro, cuando se le ocurrió.
No como una idea brillante, sino como lo único que quedaba por probar: si un vídeo lo había condenado, un vídeo podía salvarlo.
Él también sabía grabar. Él también tenía manos y cara y una cocina con luz de sábado por la mañana.
Cuarenta segundos. Él podía hacer cuarenta segundos.
Se dio cuenta, y le dio vergüenza darse cuenta, de que llevaba veinte años explicando en clase cómo la propaganda ganaba guerras sin disparar un tiro, y de que ahora su plan era convertirse en propaganda de sí mismo. Lo pensó y lo apartó: no había otro plan.
Sacó una hoja de cuaderno del cajón de la cocina —cuadriculada, de las de Vega— y escribió el discurso con su letra de profesor que subraya dos veces.
Nombre, edad, instituto. Miércoles, recreo, la niña llorando, las compañeras grabando, la mano en el hombro.
Lo leyó en voz alta, para la cocina vacía, y sonó a lo que era: un hombre hablando solo un sábado por la mañana.
Lo dobló por la mitad y se lo metió en el bolsillo de la camisa, aunque no pensaba usarlo.
Los papeles daban seguridad, aunque no se usaran.
Se asomó a la terraza. La calle estaba despertando: el camión de la basura en la esquina, un hombre con el perro, las persianas subiendo una a una.
Una vecina tendía la ropa en el balcón de enfrente, con la radio puesta.
Martín la miró un rato, sin que ella lo viera.
Esa era su calle, su sábado, su vida de antes: tender la ropa, la radio, el camión de la basura.
Todo seguía igual, y él ya no cabía en ello.
Se metió dentro y cerró la puerta de la terraza, con cuidado, como si el ruido fuera a despertar a alguien.
—¿Buenos días? —dijo Elena desde la puerta, con la voz de quien finge que es un sábado normal—. ¿Has dormido?
—Algo —mintió Martín.
Ella se acercó, le puso la mano en la espalda, en el punto exacto entre los omóplatos, y la dejó allí un segundo más de lo necesario. Luego vio el móvil boca abajo sobre la encimera y retiró la mano, como si el aparato quemara.
—¿Lo has mirado? —dijo.
—Los números —dijo Martín—. Solo los números.
Elena asintió. No preguntó cuáles. Se sirvió café en la taza desportillada, la de los domingos, y se quedó de pie a su lado, con la vista perdida en el patio interior.
—No lo mires —dijo Elena.
—No lo miro —dijo Martín, y era verdad y no era verdad.
Se tomó el café de pie, mirando por la ventana cómo la franja naranja se volvía gris, puntual, como cada octubre. La idea seguía allí, quieta, esperándolo: cuarenta segundos. Su cara. Su versión. Nadie la había pedido, pero nadie había pedido la otra tampoco y mira.
—No voy a quedarme quieto —dijo de pronto, y se sorprendió de oírlo en voz alta.
Elena lo miró.
—Voy a grabar un vídeo —dijo Martín—. Yo. Contando lo que pasó.
Elena abrió la boca y la cerró. Luego asintió, despacio, como se asiente ante un enfermo que pide levantarse.
—Vale —dijo—. Te ayudo con la luz.
Martín sacó la hoja de cuaderno del bolsillo de la camisa y se la enseñó, doblada por la mitad.
—He escrito lo que voy a decir —dijo, como un alumno que enseña los deberes.
Elena la desdobló, la leyó en silencio. Nombre, edad, instituto. Miércoles, recreo, la niña, las compañeras, la mano. La leyó dos veces.
—Está bien —dijo—. Es verdad. Eso se nota.
Dobló la hoja y se la devolvió. Martín se la metió en el bolsillo, y los dos se quedaron un segundo mirando la hoja doblada.