El medio segundo 64 Te creo
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64 Te creo

Vega se despertó con el móvil en la mano. No recordaba haberse dormido: recordaba el techo, las tres de la mañana, el vídeo otra vez. Treinta veces. Había dejado de contarlas en la veintipico, pero el cuerpo las llevaba todas.

Fuera, la casa hacía ruidos de sábado: la cafetera, la voz de su madre en la cocina, una persiana.

Su padre llevaba un rato en el salón, lo oía moverse.

No había salido a verlo. Ayer había vuelto de la facultad a la una y se había encerrado, y el pestillo —puesto a los dieciséis, tras una discusión cuyo motivo ya no recordaba— seguía echado.

Abrió el grupo de WhatsApp de la facultad.

Planes para esta noche: unas cañas en Malasaña, luego no sé qué.

Claudia había escrito «¿vienes?» a las diez, y debajo, dos horas después, «bueno, ya nos cuentas».

Nora no había escrito nada en todo el fin de semana.

Abrió el privado de Paula, por hacer algo.

Seguía en leído desde el jueves: su último mensaje —«¿estás bien?

»— con los dos ticks azules y nada debajo.

Paula estaba «en línea». Vega miró el «en línea» un rato, esperando que escribiera, que aparecieran los tres puntos.

No aparecieron. Paula se desconectó. Vega bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la cama, como si el aparato tuviera la culpa.

La encendió otra vez. Escribió «esta noche no puedo, pasadlo bien» y lo borró antes de enviarlo: sonaba a excusa, y las excusas pedían preguntas.

Escribió «¿a qué hora quedáis?» y también lo borró: ir sería sentarse a una mesa donde todos sabrían quién era su padre y ninguno lo diría.

Dejó el grupo sin escribir nada, que era lo que llevaba haciendo tres días, y cada día que no escribía era un poco más difícil volver a escribir.

Abrió Instagram sin querer, por costumbre.

La primera historia era de Claudia: las tres —Claudia, Nora y Paula— en un bar de anoche, riéndose, con una jarra en primer plano.

Vega la miró tres segundos. No la habían etiquetado, no la habían avisado, no le habían escrito «te echamos de menos».

La habían borrado sin borrarla. Cerró la app con el pulgar temblándole un poco y se dijo que no pasaba nada, que eran unas cañas, que tenía cosas más importantes. No se lo creyó.

El profesor de Metodología la había mirado ayer en clase de una forma que no era mirar: era apartar la vista medio segundo tarde.

Eso era lo peor, peor que los que la miraban de frente.

Los que apartaban la vista tarde eran los que ya habían decidido.

Se había pasado la hora entera copiando apuntes que no iba a leer, con la letra cada vez más pequeña, como si encoger la letra la encogiera a ella.

Volvió a poner el vídeo. Treinta y una. Los cuarenta segundos de siempre: el pasillo, las risas, la mano de su padre en el hombro de la chica.

Esta vez no miró las manos. Miró la cara de su padre.

Tenía miedo. No culpa: miedo. El miedo de un hombre que está haciendo lo correcto y sabe que lo van a pagar igual.

Apagó el vídeo a mitad. No necesitaba verlo más. El problema nunca había sido el vídeo.

El problema era la pregunta. «Papá, ¿tú...

?» Llevaba dos días con la pregunta a medio hacer atragantada en la garganta, y cada vez que intentaba terminarla se le llenaba la boca de vergüenza.

No de duda: de vergüenza. La duda había durado medio segundo, el jueves por la mañana, delante de la puerta de su cuarto.

Lo que había durado dos días era la vergüenza de ese medio segundo.

Y entonces se acordó de los doce años. De las pesadillas de los doce años, cuando soñaba que la casa se inundaba y se despertaba llorando, y su padre salía al pasillo en calzoncillos y se sentaba en el suelo, fuera de su cuarto, sin entrar, y se quedaba allí hasta que ella volvía a dormirse.

Sin entrar nunca si ella no le decía que entrara.

El hombre que espera fuera de las puertas.

Una noche le había preguntado por qué no entraba, y él le había dicho: «Porque es tu cuarto. »

Se levantó y entreabrió la puerta, sin quitar el pestillo.

Por la rendija se oía a su padre en el salón, moviéndose, y a su madre en la cocina.

Voces bajas, de sábado por la mañana, como si hablaran de algo normal.

Vega escuchó un rato, con la mejilla casi pegada a la madera, y sintió una punzada de algo que no era envidia y no era tristeza: era estar fuera.

Llevaba dos días fuera de su propia casa, encerrada en su cuarto con el pestillo echado, y sus padres hablaban en voz baja en la cocina como si ella no existiera.

Cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido.

Puso la mano en el pestillo. Todavía no podía girarlo: salir al salón y decírselo a la cara era imposible, las palabras no le saldrían. Pero por el teléfono, a lo mejor, sí.

Fue al espejo del armario y se miró. Tenía los ojos hinchados de no dormir, el pelo recogido de cualquier manera. Se preguntó qué cara pondría su padre al oír su voz, y se dio cuenta de que llevaba dos días imaginando esa cara sin conseguir verla. Respiró hondo, como antes de un examen, y marcó.

Mientras sonaba, pensó en colgar. Pensó en lo que diría si él preguntaba «¿estás bien?

» y en que no sabría contestar. Pensó en la historia de Claudia, en las tres riéndose, y en que quizá ya no volviera a reírse con ellas, y en que eso también era un precio, y en que los precios se pagaban o no se pagaban, pero no se regateaban.

Sonó dos veces. Su padre cogió al tercero, con la voz rara, como si hubiera estado corriendo.

—¿Vega?

—Papá, soy yo. Escúchame y no me interrumpas, ¿vale?

—Vale.

Vega miró el techo de su cuarto, las grietas que conocía de memoria, y dijo lo que llevaba dos días sin poder decir:

—Te creo.

Silencio al otro lado. Un silencio que respiraba.

—Te creo —repitió, por si no se había oído—. Sin pero. Sin ya veremos. Te creo y punto. Lo que digan los demás me da igual. Lo que diga un vídeo me da igual. Te creo porque eres tú y porque te conozco, y si eso no vale para nada, pues no vale, pero es lo que hay.

Al otro lado se oyó un ruido pequeño, como un vaso que se deja sobre una mesa con cuidado. Su padre no dijo nada. Vega oyó que respiraba por la boca, despacio, como si estuviera aprendiendo.

—No tienes que decir nada —dijo ella—. Solo quería que lo supieras. Antes de que lo sepa nadie más, quería que lo supieras tú.

Colgó. Se quedó con el móvil en la mano, mirando el pestillo de la puerta. El medio segundo había durado dos días. Se había acabado.

Abrió Instagram otra vez, sin saber por qué.

La historia de Claudia seguía allí: las tres riéndose, la jarra en primer plano.

La amplió con dos dedos, hasta que las caras se pixelaron.

Se veían felices. Vega miró las caras pixeladas un rato largo y después cerró la app, y esta vez no se dijo que no pasaba nada.

Echó el pestillo hacia atrás. El clic sonó muy alto en la habitación en silencio.

Se quedó quieta, con la mano todavía en el pestillo. Al otro lado de la puerta se oía a su padre moverse por el salón, y a su madre en la cocina, y la casa entera parecía estar conteniendo la respiración. Vega apoyó la frente en la madera, un segundo, y después se apartó.

Abrió la puerta del todo. El pasillo estaba vacío, con la luz del salón al fondo.

Salió descalza, sin hacer ruido, y se quedó en el quicio, mirando hacia la cocina.

Su madre estaba de espaldas, fregando algo.

Su padre estaba en el salón, sentado en el borde del sofá, con el móvil en la mano, mirándolo sin mirarlo.

Vega los miró un rato largo, a los dos, desde la penumbra del pasillo.

Parecían más pequeños que de costumbre, o ella los veía desde más lejos.

No dijo nada. Volvió a su cuarto, cerró la puerta sin echar el pestillo y se tumbó en la cama, con el móvil en la mano.

El corazón le golpeaba las costillas, como después de correr.

Había llamado a su padre y le había dicho «te creo», y ahora el cuerpo no sabía qué hacer con eso: temblaba, como si hubiera hecho algo peligroso.

Se quedó tumbada, mirando el techo, hasta que el corazón se calmó.

Abrió el grupo de la facultad otra vez, sin saber por qué.

Claudia había escrito «bueno, ya nos cuentas» hacía horas, y debajo alguien había puesto un meme, y la conversación había seguido sin ella: planes, risas, un «jajaja» de Nora.

Vega leyó la conversación entera, como se lee una carta que no es para ti, y la cerró.

Ya saldría. Cuando saliera, saldría del todo.