58 La curva
A las diez de la noche del viernes, Darío tenía tres ventanas abiertas y una certeza.
Ocho millones cuatrocientas diecisiete mil doscientas tres visitas. Y un cadáver estadístico.
No había hecho falta escalar nada, ni saltarse la cola de veinticuatro horas, ni jugarse el vesting de diciembre. El protocolo había tenido razón desde el principio: no intervenir en contenido informativo. La máquina sabía lo que hacía. Él solo había tenido que no tocarla.
Se recostó en la silla y notó que los hombros le bajaban solos, como si llevaran tres días encogidos.
Cerró las ventanas una a una —el gráfico el último, con un punto final satisfactorio— y llamó a su madre.
Le había colgado el miércoles con un luego te llamo —y el jueves le había dado al botón rojo y le había escrito otro luego te llamo, ma —, y llevaba dos días con eso atragantado en algún sitio entre el estómago y la conciencia.
—¿Dígame? —La voz de su madre, recelosa con los números desconocidos—. ¿Darío? ¿Eres tú?
—Soy yo, mamá. ¿Qué tal?
—Bien, hijo. Aquí, con la rodilla, ya sabes. ¿Y eso del profesor ese de la tele? ¿Lo has visto? Sale en todos los telediarios, el pobre hombre. ¿Tú crees que...?
Darío miró la pantalla en negro de su portátil, donde hacía un minuto la curva descendía, limpia y definitiva.
—No sé, mamá —dijo—. No lo he visto.
Por un segundo tuvo la frase en la punta de la lengua — mamá, yo no hago páginas web — y se la tragó con la saliva.
—No lo has visto —repitió su madre, y en su voz había algo parecido al alivio—. Dicen unas cosas... En fin. Cuídate, ¿eh? Y come bien, que estás muy delgado.
—Sí, mamá.
Colgó y se quedó un rato mirando la pared, con el móvil en la mano.
No lo he visto. Se lo había dicho a su madre —a su madre, que le mandaba artículos sobre lo mal que hacían las pantallas— con la misma facilidad con la que había dejado el formulario sin enviar.
Él, que había visto el vídeo más que nadie: lo había despiezado en una tabla, le había contado las caras falsas una por una, sabía de él cosas que no sabía ni el que lo había subido.
No lo he visto. La mentira le había salido con voz normal, sin carraspear.
Se tocó la garganta, como si la voz hubiera salido de otro sitio. Quedaban dos días para el domingo.
Después abrió el panel, por inercia, y buscó la granja.
maria_lopez_4821 : última actividad hacía seis horas.
javi_sanz_3390 : nueve horas. Las cuentas se estaban apagando una por una, como luces de un barrio a deshora.
El paquete de cuarenta y ocho horas se agotaba, y la granja moría como había nacido: de madrugada, sin que nadie la viera.
Darío las miró apagarse y sintió un alivio mezquino: con la granja muerta, nadie preguntaría nunca quién la había pagado. Ni siquiera él.
En la cocina se sirvió un vaso de agua y lo bebió de pie, mirando por la ventana la avenida vacía.
Pensó en su madre, en la rodilla, en el ya sabes con el que lo había dicho.
El dolor de rodilla de su madre era real: se podía tocar, se podía operar, se podía medir.
Su semana, en cambio, no se podía medir con nada: once minutos de llamada, ciento ochenta y siete caras falsas, una curva que bajaba.
Dejó el vaso. La curva seguía dibujándose sola en su cabeza, descendente y limpia, y por primera vez en tres días Darío sintió que aquella noche iba a dormir.
De pie, con el vaso en la mano, algo no le gustaba de la curva: era demasiado limpia.
Las curvas de verdad tenían dientes de sierra: un informativo, un pico; un tuit, un pico.
Esta bajaba como si alguien hubiera dibujado la bajada.
Como si el sistema se estuviera autorregulando un poco demasiado bien.
Lo apartó. Dejó el vaso en el fregadero y giró dos botes de especias para que las etiquetas miraran al frente. Viernes, diez de la noche, tres días sin dormir bien.