El medio segundo 59 La copa
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59 La copa

No se fue a la cama. Se lo había ganado: una copa, una sola, antes de dormir.

El whisky era del barato, de una botella del amigo invisible que llevaba ocho meses en el armario.

Echó dos dedos en un vaso de agua —no tenía vasos de whisky— y dos hielos del congelador.

El primer hielo crujió al partirse, un chasquido seco en la cocina en silencio.

El segundo flotaba torcido. Lo enderezó con el dedo antes de beber.

Se acercó a la ventana del salón. Al otro lado del tabique, la vecina veía el informativo de la noche; llegaba la cortinilla, amortiguada.

Darío bebió un sorbo. Le quemó un segundo en la garganta y luego le dejó un calor limpio en el pecho, algo parecido a la calma.

El segundo sorbo supo mejor, más redondo. Y entonces, sin avisar, le vino la pregunta del miércoles: ¿por qué este y no los otros catorce mil?

Catorce mil vídeos al día con la misma forma, y este había sido el que lo había conseguido. ¿Por qué este? La granja había ayudado —él lo sabía, tenía la tabla.

Bebió. Al otro lado del tabique, el informativo seguía. Faltaba el de las doce, el último. Si abrían con el profesor —con la niña, con la ley que llevaba su nombre—, la curva de mañana no sería limpia.

A las doce en punto, la cortinilla del boletín atravesó el tabique.

Darío se quedó quieto, con el vaso vacío en la mano, escuchando los titulares amortiguados.

...concentración contra el acoso... ...la proposición de ley...

Esperó el tercero. ...y en deportes... No abrieron con el profesor. La curva de mañana sería limpia.

El alivio le duró tres segundos. Después se miró la mano: el vaso vacío, levantado como un brindis. Lo dejó en el alféizar.

Se sirvió otro dedo, contra lo prometido.

Se lo bebió de pie, mirando el móvil sobre la encimera.

Abrió el chat de su madre: su luego te llamo, ma del jueves, la llamada del viernes.

Lo miró un rato, sin escribir nada —no tenía ninguna frase que fuera verdad—.

El pulgar se quedó encima del icono de llamar.

Las doce y diez de un viernes: la despertaría.

Apagó la pantalla. Faltaba un día para el domingo.