57 La ley Carla
A la una menos diez del viernes, en la antesala del salón de actos, Nadia le enseñó el móvil a Sanz sin decir nada.
—¿Lo has visto? —dijo Nadia—. Lo emitieron anoche. Está corriendo por los grupos.
Sanz miró tres segundos: el presentador señalaba un fotograma, una papelera que estaba y no estaba. Al tercer segundo bloqueó el móvil y se lo devolvió.
—Hoy no toca —dijo.
Lo dijo con la naturalidad de quien consulta una agenda, y Nadia asintió sin preguntar.
Mario, que estaba repasando el discurso con un rotulador en la última página, levantó la vista.
—¿Seguro? Si te lo preguntan en la rueda...
—Hoy anunciamos la ley —dijo Sanz—. Lo demás es ruido. Y quita esa cara, Mario, que se te ve en las fotos.
En el bolsillo llevaba un caramelo de menta desde por la mañana, sin abrir. Lo desenvolvió en la antesala; el celofán crujió más alto de lo que esperaba y Mario levantó la vista.
Salió al salón, lleno hasta la bandera: cargos del partido, asociaciones de padres y madres, dos filas de cámaras. Alguien empezó a aplaudir antes de tiempo y el aplauso se extendió como una ola por la sala.
Habló doce minutos de los menores como lo más sagrado, de la escuela como santuario, de la tolerancia cero que había prometido el miércoles y que iba a cumplir.
Y al final, con la voz un punto más grave, dijo lo que Nadia y él habían ensayado la noche anterior, palabra por palabra:
—Por eso anuncio hoy que llevaremos al Congreso la proposición de ley orgánica de garantía de la infancia en el ámbito educativo. La ley que ya todos llaman la ley Carla.
El aplauso duró casi un minuto. Sanz lo dejó durar, con las manos juntas y la cabeza un poco inclinada, la humildad ensayada. Buscó a Mario entre las caras del lateral: estaba mirando el móvil, sin aplaudir. El contador, seguro. Ocho millones.
Mientras aplaudían, con las manos juntas y la cabeza inclinada, le volvieron los tres segundos del móvil de Nadia. La papelera que estaba y no estaba. ¿Y si...? No: el martes era el martes. La comisión, el orden del día. Apretó las manos un poco más, para las fotos.
En el turno de preguntas, la periodista de la segunda fila —la misma de la rueda de prensa del miércoles, la de la pregunta incómoda— levantó la mano.
—Candidato: el informativo público emitió anoche un análisis forense que apunta a que el vídeo está manipulado. ¿Lo ha visto? ¿Cambia eso su anuncio?
Sanz sonrió. La sonrisa le salió sola, de tanto ensayarla.
—Los análisis técnicos son necesarios y los respetamos todos —dijo—. Pero las leyes no se hacen con vídeos. Se hacen con niñas.
Aplauso cerrado. La periodista anotó algo en su libreta y no repreguntó. Sanz vio de reojo a Mario, que asentía casi imperceptiblemente: esquivada.
Pero la libreta le quedó grabada. ¿Qué había anotado? ¿La frase — se hacen con niñas —, o la esquiva? Sanz sonrió para las cámaras y pensó en la columna del domingo, y la sonrisa le aguantó porque era ensayada, pero por dentro hizo la cuenta: ¿cuántos días faltaban para el domingo? Dos.
Se hacen con niñas. La frase le había salido redonda y la saboreó un segundo, como un trago. Debajo del aplauso, la libreta de la periodista seguía abierta.
En el coche, de vuelta a la sede, sacó su propio móvil.
El enlace del forense, que Nadia le había pasado por la mañana, seguía allí, sin abrir: el presentador con su recuadro, la papelera que estaba y no estaba.
Lo miró un segundo, con el pulgar sobre el triángulo de reproducir.
Tres segundos esta mañana. Podían ser tres minutos ahora, en el coche, sin nadie.
El pulgar se quedó suspendido sobre el triángulo, tan cerca que notaba el cristal frío.
Lo dejó allí un segundo. Dos. Después bloqueó el móvil sin haberlo abierto.
—Bien —dijo Mario desde el copiloto, sin volverse—. Muy bien.
Sanz guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. Ocho millones contra ciento doce mil: miró los dos números un segundo. Fuera, Madrid pasaba con su luz de octubre ya cansada.