El medio segundo 55 La puerta
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55 La puerta

Bajó el móvil despacio, como si pesara, y entonces la vio.

Elena estaba en la puerta del salón, de pie, con las manos vacías y el delantal todavía puesto. No fingió haber llegado en ese momento. No se movió.

—¿Cuánto llevas ahí? —dijo Martín.

—Lo suficiente.

Se acercó y se sentó en el otro extremo del sofá, no demasiado cerca. El móvil quedó entre los dos, en la mesa, con la pantalla en negro. En la cocina, la cafetera empezó a borbotear: Elena la había puesto antes de salir, porque necesitaba tener las manos ocupadas.

—¿Era Vega? —dijo Elena.

—Sí.

—¿Está bien?

Martín quiso decir que sí. Era la respuesta que se daba en las casas normales, la respuesta de antes, la que cerraba las conversaciones. La miró a los ojos y no pudo.

—No lo sé —dijo.

Elena asintió, despacio, con los ojos fijos en el móvil apagado.

Martín supo, sin que ninguno de los dos lo dijera, que ella había oído el cambio en su voz a mitad de la llamada.

Que había oído el silencio de Vega. Que lo había entendido todo, porque era la misma grieta que ella llevaba dos días tapando con las manos.

La cafetera terminó con un suspiro. Elena fue a la cocina y volvió con dos tazas. Dejó una delante de Martín, que no la tocó.

—Yo no he dicho nada, Martín —dijo Elena de pronto, sin levantar los ojos de su taza—. Ni una vez. Ni a Julia.

Lo dijo con una urgencia pequeña, casi defensiva, y Martín entendió que no se lo decía a él: se lo decía a la mañana.

Y entonces Elena pensó en llamar a Vega ella misma.

El impulso le vino entero: coger el móvil, marcar, oír su voz.

Pero Vega la había llamado a él, no a ella.

Dos días sin dar señales y la primera llamada era para su padre.

Elena se quedó mirando su taza y tragó el impulso como había tragado la pregunta: las madres también aprenden a no llamar.

A las cinco y diez, Carmen había dicho ya sé que has dudado , y Elena llevaba seis horas con aquella frase clavada, y ahora necesitaba poner la suya encima: yo no he dicho nada.

—Ya lo sé —dijo Martín.

Julia la había llamado el miércoles, el primer día.

Elena se lo había contado por la noche, de pasada: me ha llamado Julia, le he dicho que no se crea nada.

Y era verdad que se lo había dicho. Pero Martín se acordaba de la cara de Elena al contarlo —la cara de quien repite una frase para creérsela— y se preguntaba ahora, sin querer preguntárselo, qué le habría dicho Julia antes.

Qué pregunta le habría hecho. Las amigas también saben dónde están las grietas.

Se quedaron callados. Era verdad y los dos lo sabían: en dos días, Elena no había dicho nada en voz alta.

Lo había dicho con las manos, con la puerta del cuarto de Vega cerrada por las noches, con los ojos fijos en una pantalla.

Y él lo había oído todo sin que se lo dijeran, y no se lo había reprochado, porque reprochárselo habría sido peor que el silencio.

—Está enfadada con el mundo —dijo Elena al final, mirando su propia taza—. Con Paula, con la facultad. Eso es bueno. Mientras esté enfadada...

No terminó.

Se quedaron en el sofá, cada uno en su extremo, con el café enfriándose. Martín pensó —y esto no se lo dijo— que había algo obsceno en que su hija tuviera que defenderlo en un grupo de WhatsApp mientras él estaba sentado en un sofá sin poder hacer nada.

Elena bebió un sorbo. Él no tocó su taza.

Al final lo bebió, frío.