El medio segundo 54 Lo que no terminó
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54 Lo que no terminó

Había llamado desde un cuarto de estudio de la facultad —cuatro sillas, una mesa llena de rayajos—, con la bandeja de la cafetería sin recoger delante y el grupo de las de segundo abierto en el móvil.

Llevaba dos días sin pisar la cafetería a la hora de siempre; hoy había ido a esconderse entre la gente, y ni eso le había salido bien.

—...me da igual lo que digan, ¿sabes? Me da igual —decía Vega, y hablaba deprisa, como si llevara dos días guardándose las palabras y ahora se le hubieran roto todas a la vez—.

En la facultad no paran. Ayer Paula me escribió para preguntarme si estaba bien, toda preocupada, y hoy en clase ni me ha mirado.

Ni me ha mirado, papá. He pasado por delante de ella en el pasillo y ha mirado el móvil. El móvil.

—¿Paula? —dijo Martín. Paula era su amiga de siempre, la del instituto. La de los veranos en Gandía, la de los trabajos en grupo, la que se sabía de memoria el orden de los imanes de su nevera.

—Paula. —La voz de Vega se endureció—. Ayer, ¿estás bien, tía? , con el emoji de corazón. Hoy, en el pasillo de la facultad, he pasado por delante de ella y ha agachado la cabeza al móvil. Como si yo fuera... —No terminó tampoco eso—. Da igual.

Martín la vio: el pasillo de la facultad, Paula agachada sobre el móvil, Vega pasando de largo con la bandeja.

Vio la coreografía entera, la de todos los patios del mundo: la amiga que ayer te escribía y hoy no te mira.

Y entendió que aquello dolía más que los comentarios de desconocidos, porque los desconocidos no te debían nada y Paula sí.

—Y en el grupo de las de segundo han pasado el vídeo otra vez esta mañana —siguió Vega—, y uno ha puesto qué asco de tío , así, sin más, y yo...

—¿Tú qué? —dijo Martín, bajo.

—Yo le he dicho que era mi padre. Delante de todas. He escrito: es mi padre y no es así. Y se han reído. No todas. Algunas han puesto jajajas. Otras no han puesto nada, que es peor.

Martín cerró los ojos. La vio en la cafetería de la facultad, sola con la bandeja, escribiendo aquello en el grupo.

Es mi padre y no es así. Seis palabras contra un vídeo de cuarenta segundos.

Sintió orgullo y una pena tan grande que tuvo que apoyarse en el brazo del sofá.

Su hija de diecinueve años peleando su guerra en un grupo de WhatsApp, perdiéndola.

Pensó en escribirle al grupo él mismo. Lo pensó en serio, un segundo: soy el padre, soy profesor, esto es lo que pasó. Y lo descartó al instante: sería el vídeo llegando al grupo en persona, el monstruo presentándose en la cafetería. No.

—Vega, no tienes que...

—Sí tengo. —La voz le tembló un poco y la recompuso a la fuerza—. Y un profesor, el de Metodología, me ha mirado hoy en clase de una forma... como si yo fuera... —Se le quebró la voz del todo esta vez; se la oyó tragar saliva—.

—¿Qué profesor? —dijo Martín, y al instante se arrepintió de preguntarlo.

—Da igual —dijo Vega, rápido—. No voy a decir su nombre. No voy a hacerle eso.

Martín se quedó callado. Su hija protegía el nombre de un profesor que la había mirado mal, mientras el nombre de su padre —su nombre— llevaba tres días en todas las pantallas.

—Lo que te quería decir —dijo Vega, retomando el hilo— es que no les hago ni caso. Que yo sé quién eres. Que...

Se detuvo. Fue un silencio de nada, un instante a lo sumo, pero Martín lo oyó con una claridad total, como se oye una grieta abrirse en el hielo: el momento exacto en que su hija dejó de hablar desde la rabia y empezó a hablar desde otro sitio.

Oyó su respiración cambiar al otro lado.

Oyó el silencio donde iba a estar la frase.

Que yo sé quién eres. La frase se había quedado a medias, y en el hueco cabía todo. Martín notó que se le dormían los dedos alrededor del móvil.

—Papá, ¿tú...?

No lo terminó.

Podía terminarla él, la pregunta: ¿tú lo hiciste? ¿tú eres eso? Podía decir no, Vega, te lo juro por lo que quieras , podía rellenar el hueco con palabras y sellarlo. No lo hizo. Si la pregunta salía de su boca y no de la de ella, sería él quien la habría puesto allí, y entonces sí que existiría.

Al otro lado, Vega respiraba deprisa. Se la oyó sorberse la nariz, enfadada consigo misma por llorar.

—Nada —dijo por fin, con la voz más pequeña—. Olvídalo. Es que no he dormido.

—Vega, escúchame...

¿Qué iba a decirle? Escúchame y después qué. Escúchame: soy tu padre. Ya lo sabía. Escúchame: no hice nada. Ya se lo había dicho el miércoles, por teléfono, y no había servido. Las palabras estaban gastadas de tanto usarlas contra un vídeo.

—Te tengo que dejar, que tengo clase en diez minutos. Te quiero, papá.

—Yo también te quiero. Mucho.

Colgó. Martín se quedó con el móvil en la mano, mirando la pantalla apagada, y en el salón en silencio la pregunta sin terminar siguió sonando un rato largo, como un diapasón que alguien hubiera golpeado y dejado vibrando en el aire.

En la cocina, muy despacio, volvió a oírse el agua. Elena había vuelto a fregar.

Martín se quedó quieto, con el móvil en la mano, y pensó en contarle a Elena lo que Vega no había preguntado.

No me ha preguntado si lo hice, pero casi.

¿Para qué? ¿Para compartir el peso o para repartirlo?

Si se lo contaba, Elena cargaría con la pregunta también, y ya cargaba con bastantes.

Si no se lo contaba, la cargaba él solo, y ya cargaba con bastantes.

No se lo contó. Se guardó la pregunta sin terminar en el mismo sitio donde se guardaba todo desde hacía tres días: dentro, sin decir.

¿Tú...?

Trató de oír lo que venía después en la respiración de Vega, como si rebobinando el silencio pudiera encontrar la frase entera. ¿Tú lo hiciste? ¿Tú eres eso? ¿Tú me has mentido? Cada versión sonaba peor que la anterior, y cada una era posible.