53 La llamada
El móvil llevaba toda la mañana en la mesa del salón, boca abajo, como un animal dormido al que nadie quería despertar.
Martín le había dado vueltas toda la mañana —literalmente: cada vez que pasaba por delante del salón entraba, lo miraba, salía—.
Eran las once menos diez de un viernes y llevaba dos días sin dar clase, un día y medio oficialmente suspendido, y no sabía qué hacían los hombres suspendidos un viernes a las once menos diez.
Había hecho la cama. Había mirado por la ventana.
Había intentado leer el periódico y lo había dejado en la segunda noticia, porque todas las noticias eran la suya.
Había ordenado la estantería del salón por un impulso que no se había parado a examinar —los lomos alineados, como si el orden de los libros pudiera contagiarse al resto de la casa—.
A las diez había planchado una camisa. Una camisa, un viernes, sin tener adónde ir con ella.
La había colgado en el armario y se había quedado mirándola, colgada e inútil, y había entendido que estaba haciendo cosas de hombre que espera: cosas pequeñas, ordenadas, que llenan las manos mientras la cabeza hace lo que quiere.
La camisa le había dado que pensar, además.
¿Para quién la planchaba? ¿Para la comisaría de ayer, que ya había pasado?
¿Para el sindicato del lunes, que aún no existía?
¿O para la idea de sí mismo —el profesor, el hombre presentable— que se estaba deshaciendo por los bordes?
La había planchado como se reza: sin creer del todo, por si acaso.
Elena estaba en la cocina. Libraba —el viernes libraba, el sábado tenía turno— y llevaba la mañana fregando cosas que ya estaban limpias. Desde que había empezado todo, Elena fregaba mucho. Martín la oía ir y venir, y el silencio de la casa le parecía más ruidoso que cualquier discusión.
Desde las cinco de la mañana, además, había otro silencio entre ellos: el que había dejado Carmen.
Ya sé que has dudado. No me lo cuentes. Lo había dicho a las cinco y diez, y a las once menos diez seguía en la cocina, entre el fregadero y la mesa, sin que ninguno de los dos lo hubiera tocado.
Habían desayunado en silencio —café, tostadas—.
Martín había querido decirle algo — no pasa nada , no le hagas caso — y no lo había dicho, porque decirlo habría sido mentir: sí pasaba algo, y sí había que hacerle caso.
La duda de Elena ya tenía nombre y testigo.
Vega seguía sin dar señales. El miércoles por la noche, nada. El jueves por la mañana, nada. Leído sin contestar, el ok del lunes como última palabra de su hija en el teléfono.
El ok del lunes. Lo había releído tantas veces que se lo sabía de memoria: ok .
Sin punto, sin emoji. El lunes, ok era una palabra normal, de hija ocupada.
Ahora era la última palabra, y Martín la diseccionaba como un forense: ¿era un ok enfadado?
¿Un ok cansado? ¿O solo un ok ? Trató de recordar la última conversación normal —¿cuándo había sido?
¿el domingo, en la comida?— y no pudo: la normalidad no se archiva, solo se echa de menos cuando falta.
Martín había escrito y borrado tres mensajes.
¿Estás bien? Paternalista. Como si ella fuera la que necesitara que le preguntaran, como si él fuera un padre normal en una semana normal.
Lámame cuando quieras. Mendigo. Con el cuando quieras colgando como una súplica disfrazada de generosidad.
Perdona. ¿Perdona qué? Esa era la peor: la había escrito y al releerla se le había helado la sangre, porque perdona sin objeto era una confesión sin delito. La borró deprisa, como se aparta la mano del fuego.
No había enviado ninguno.
Se había planteado llamar a la facultad. Lo había pensado en serio, a las nueve y media, con el listín en la mano: preguntar por ella, decir que era su padre. Y lo había descartado: sería la historia llegando en persona, el profesor del vídeo plantado en la puerta de la facultad. No.
Cuando el móvil vibró contra la madera de la mesa, Martín estaba en la cocina, mirando sin ver el imán de Gandía de la nevera. Tardó un segundo en reaccionar: llevaba dos días esperando aquella vibración y, cuando llegó, el cuerpo no se lo creyó. Cruzó al salón. En la pantalla, un nombre: Vega .
Se le cortó la respiración de una manera física, como si alguien le hubiera apretado el pecho con la mano. En la cocina, el ruido del agua se detuvo de golpe. Elena había dejado de fregar.
Cruzó el salón en tres zancadas que le parecieron eternas y cogió el móvil. Le temblaba un poco la mano y se enfadó consigo mismo, y pensó que tenía cuarenta y siete años y que su hija le llamaba por primera vez en dos días y que tenía todo el derecho del mundo a que le temblara la mano.
—¿Vega? —dijo, y su propia voz le sonó desconocida, demasiado alta.
—¿Papá? —Su voz llegaba pequeña, con un eco raro, de sitio grande y vacío—. ¿Puedes hablar?
—Sí. Sí, claro.
Oyó al otro lado una respiración contenida, y luego un ruido sordo, como si Vega se hubiera sentado en la cama de golpe.
—Es que... —dijo Vega—. Es que tenía que llamarte. Llevo dos días que...
Se calló. Martín esperó, con el móvil apretado contra la oreja, con el corazón golpeándole las costillas de una forma que le pareció obscena para un hombre de su edad. En la cocina no se oía nada. Ni el agua, ni los platos. Nada.
—Dime —dijo Martín.
—Es que estoy hasta las narices —dijo Vega, y la frase salió de golpe, con una rabia joven y limpia que a Martín le recordó a la niña que se enfadaba con los deberes de matemáticas—. ¿Tú has visto lo que están poniendo? ¿Tú has leído...?