52 La caja tres
El primer cliente de Toñi fue un viejo que pagaba siempre con monedas y las contaba en voz alta, una a una, y Toñi le tenía un cariño raro, de esos que no se dicen.
—Buenos días, Antonio.
—Buenos días, guapa.
Las monedas, el ticket, que tenga buen día.
Antonio contaba despacio, con los dedos torpes, y Toñi esperaba sin prisa: quince años de caja le habían enseñado que las prisas con los viejos salen caras.
El siguiente. A las siete y diez de la mañana de un viernes, la caja tres del supermercado era un sitio tranquilo: el turno de los madrugadores, pan y café y poco más, gente que compraba antes de entrar a trabajar.
Toñi pasaba los productos por el lector con el ritmo de quien lleva quince años haciéndolo, sin mirar las manos.
El móvil lo llevaba en el bolsillo del delantal, en silencio. Lo miraba en los huecos: entre cliente y cliente, esos treinta segundos muertos en los que la cinta se quedaba vacía y la tienda contenía la respiración.
A las nueve y cuarto, en uno de esos huecos, abrió el WhatsApp. El grupo «Madres 4ºB» —ciento y pico mensajes sin leer, cosa que no pasaba nunca— ardía desde las ocho.
Mirad esto. Es del instituto.
7 millones y medio ya.
Dicen que es el de Historia.
Toñi abrió el vídeo con el pulgar, sin pensar, como se abre una puerta que no deberías abrir. Cuarenta segundos. Un pasillo, una chica, un profesor con la mano en el hombro. Lo vio por encima, con medio ojo en la cinta, y lo cerró. Ya venía una clienta con el carro lleno.
La clienta traía la compra de la semana y Toñi la pasó en piloto automático, pero las manos le iban un poco más despacio que de costumbre. Dicen que es el de Historia. Yago estaba en 4ºB. El de Historia era el de Yago.
La segunda vez fue a las diez menos diez, con la tienda más vacía.
Esta vez lo miró de verdad, con el brillo al máximo, y amplió con dos dedos el fondo del pasillo: las puertas, las caras borrosas al fondo.
Buscaba a Yago. Si su hijo salía en aquel vídeo, aunque fuera de refilón, aunque fuera riéndose con los otros, ella tenía que saberlo antes que nadie.
No salía. Recorrió el fondo tres veces, hasta el segundo 40. Su hijo no estaba.
Se le destensó algo en el pecho y se dio cuenta de que lo había estado aguantando. Se guardó el móvil y atendió a una señora de los yogures como si nada, con las manos un poco torpes.
La tercera vez fue en el descanso, a las once, en el cuartito de atrás, con el café de la máquina enfriándose.
Esta vez miró al profesor. Le sonaba de las reuniones de principio de curso: el de Historia.
Uno de esos profesores que no levantan la voz, de los que te dicen «buenas tardes» y te miran a los ojos.
Tenía cara de cansado en el vídeo, la cara que se le queda a un hombre cuando ya no sabe dónde meterse.
Se quedó mirando la mano. La amplió con dos dedos hasta que ocupó media pantalla: nudillos marcados, la piel seca, un arañazo viejo en el pulgar. Una mano de trabajar, como las suyas —las tenía rojas del frío de la mañana, con un corte pequeño de abrir cajas—. No era una mano de las de la tele.
Algo se le movió en el pecho, sin nombre.
Le dieron ganas de decirlo en voz alta, allí mismo: que aquella mano no parecía una mano de hacer daño.
Pero no sabía cómo decirlo sin que sonara a defenderlo, y a un profesor de un vídeo así no lo defendía nadie en el cuartito de atrás.
Se metió las manos en los bolsillos del delantal y las dejó allí, quietas, hasta que se le pasó.
Toñi apagó la pantalla. Y entonces le vino la pregunta, entera, sin que la llamara: si lo tuviera delante —al profesor, en la reunión de principio de curso, con su «buenas tardes»—, le preguntaría una sola cosa.
¿Tú querías hacer daño?
No ¿lo hiciste? , no ¿eres culpable? : ¿querías hacer daño?
Porque la mano estaba ahí, eso lo veía todo el mundo, pero la intención no salía en el vídeo.
La intención era lo único que importaba y lo único que no se veía.
Se quedó con la pregunta en la cabeza, dándole vueltas como a una moneda, y no tenía tiempo para pensarlo: en cinco minutos entraba el turno de la compra grande y la caja tres no se atendía sola.
—¿Has visto lo del profesor ese? —le dijo Maribel, la de la caja dos, cruzándose en el pasillo.
—Por encima —dijo Toñi.
—Qué asco, ¿no? Con lo jóvenes que son.
—Sí —dijo Toñi, porque era lo que había que decir, y volvió a su caja.
Sí. Lo había dicho sin pensar, con la naturalidad de quien lleva quince años diciendo que tenga buen día .
Y al decirlo sintió una punzada pequeña: ella no sabía si era un asco.
No había visto más que cuarenta segundos y una pregunta sin respuesta.
Pero sí era lo que había que decir, y lo había dicho, y Maribel ya estaba en su caja, y la pregunta — ¿tú querías hacer daño?
— se quedó con ella, sin decir, toda la mañana.
A las tres salió, como cada día, y fue a limpiar las oficinas de la calle Ocaña hasta las siete. Eran unas oficinas vacías a esas horas, con las sillas giradas y las pantallas en negro, y Toñi las limpiaba con la radio bajita de su móvil viejo: los baños, el polvo de los escritorios, la cocina.
A las cinco, fregando los baños, la radio dio el boletín: ...
el profesor de Carabanchel... Toñi subió el volumen sin pensar, con las manos en la fregona.
...ocho millones de visitas... Y lo bajó enseguida, como si la hubieran pillado.
Se quedó un momento quieta, en el baño vacío, con la fregona en la mano y la radio bajita.
La historia la había seguido hasta allí, hasta las oficinas vacías de la calle Ocaña, y no había sitio donde no estuviera.
A veces se quedaba un segundo mirando las fotos que la gente tenía en las mesas —niños, perros, playas— y seguía con la aspiradora, con la radio bajita.
Limpiando el polvo de un escritorio —un marco con dos niñas en la playa— pensó en el vídeo otra vez.
Siete millones y medio. Ella no sabía lo que eran siete millones y medio de personas: era más gente que la que cabía en su cabeza.
Y en medio de toda aquella gente, un profesor con la mano en un hombro, y una pregunta que nadie le hacía en voz alta: ¿tú querías hacer daño?
Llegó a casa a las siete y media con los pies destrozados y la cena a medio hacer. Había dejado sopa por la mañana. Yago llegó a las ocho y media, sin decir de dónde venía, se sentó y comió con los ojos en el plato.
Toñi lo miró por encima del suyo. Dieciséis años y aquella cara cerrada que no le había visto nunca, ni siquiera cuando se fue su padre, ni siquiera el día del cuatro en Historia.
Comía deprisa, con la vista en el plato, como si la mesa quemara.
Tres veces durante la cena desbloqueó el móvil, miró la pantalla y lo volvió a bloquear, sin leer nada.
Toñi lo había visto hacer lo mismo el jueves por la noche.
No preguntó. A los dieciséis años, un hijo que mira el móvil así está esperando algo que no quiere contar, y Toñi había aprendido a no preguntar por lo que no quería que le contaran.
Le preguntó por el instituto y él dijo «bien». Le preguntó si había comido al mediodía y él dijo «sí». Cada respuesta era una puerta que se cerraba con cuidado, sin portazo, que era lo peor: Yago solo cerraba las puertas con cuidado cuando ocultaba algo.
Se le pasó por la cabeza preguntarle si pasaba algo. Se le pasó por la cabeza sentarse a su lado y decirle que las madres notan estas cosas. Pero eran las nueve y media de un viernes, el chaval estaba roto de sueño —tenía unas ojeras que asustaban— y a los dieciséis años preguntar es empujar.
Los cansados no preguntan , se dijo, y casi se rió: su propia frase, volviendo como un bumerán.
—Mañana desayunas antes de salir —dijo, en vez de preguntar.
—Vale —dijo Yago, sin levantar los ojos.
Se fue a su cuarto y cerró la puerta despacio. Toñi se quedó en la cocina, con los dos platos, y miró el móvil una vez más. El vídeo seguía allí, en el grupo de las madres, con sus siete millones y medio. No lo abrió.
Todavía no.