45 El abogado
—Dígame.
—Soy Martín… Martín Serrano. ¿Es usted Javier Díez, del sindicato? Me dieron su teléfono. Es por… —miró los folios en su regazo— …por un caso. El del vídeo. El profesor de Carabanchel.
—Ah, sí —dijo el abogado—. Le he visto en la tele. Espere un segundo.
Se oyó de fondo una tele bajita, una voz de niño — papá, ¿me lees?
—, y después una puerta que se cerraba. Martín imaginó la escena sin querer: un piso cualquiera, un jueves por la noche, un niño con un cuento y un padre que cerraba la puerta del cuarto para atender a un desconocido.
Sintió una envidia física, casi obscena, de aquel niño.
Y pensó en Vega a esa edad, con sus cuentos. Él también había cerrado puertas para leerle — otra vez, papá, otra vez —, y ahora su hija tenía diecinueve años y no le cogía el teléfono. El abogado volvería con su hijo en un minuto, le leería el cuento, y la historia seguiría. La suya no.
—Ya estoy. Cuénteme.
Martín se lo contó otra vez —el pasillo, la mano, el recorte—, más corto esta vez, como quien ya se sabe el guion. Javier escuchaba sin interrumpir. Se oía un boli golpear la mesa, rítmico: tomaba notas.
—Vale —dijo al final—. Le digo cómo está esto, sin adornos.
Penalmente… —el boli se detuvo— …contra usted no hay nada.
Nadie le ha denunciado. La Fiscalía abrió diligencias por el centro, no contra una persona.
¿Civilmente? Podría demandar. Por el honor, por la imagen.
Y por las amenazas ya tiene la denuncia. Todo eso existe.
Hizo una pausa. Al fondo, la tele seguía.
—Todo eso tarda —dijo.
—¿Cuánto?
—La denuncia por amenazas: meses, si la plataforma colabora, que a veces sí y a veces no. La demanda civil por el honor: un año, año y medio, si va bien. Y le advierto de una cosa: en cuanto usted demande, el caso vuelve a los periódicos. El profesor del vídeo demanda. Otro ciclo.
Martín miró la avenida vacía. Un gato cruzó entre dos coches aparcados.
—¿Y a quién demando? —dijo—. Si demando, ¿a quién?
—Buena pregunta —dijo Javier, y se notó que le gustaba que se la hicieran—.
A la plataforma, por no retirar. Al que subió el vídeo, si lo identificamos, que no lo hemos identificado.
Al que lo recortó, si existe y si lo encontramos.
Cada demandado es un frente, cada frente es un año. Y mientras tanto, el vídeo sigue ahí.
—¿Y si demuestro que el vídeo está manipulado? ¿Un perito, un informe?
—Usted no tiene el original, me ha dicho. Sin el original, un perito puede decir que hay indicios de corte, pero indicios no es prueba. Y aunque lo fuera: ¿quién lo publica? ¿Quién lo ve? Usted necesita que lo vea la misma gente que vio el vídeo. Esa gente ya está en otro vídeo.
Se hizo un silencio. Al fondo, la tele seguía. Pensó que aquel abogado cerraba puertas para decirle a desconocidos que no había nada que hacer, y que lo hacía con una amabilidad profesional que era casi lo peor: nadie le estaba mintiendo.
—O sea —dijo Martín— que la ley no tiene prisa.
—La ley tiene sus tiempos —dijo Javier, y se notó que lo había dicho mil veces—. Mire, le voy a decir lo que les digo a todos: usted no tiene un problema legal. Tiene un problema de calendario. Lo legal se resuelve en meses. Lo suyo se está resolviendo esta semana, sin usted.
—¿Y qué hago?
—Guarde los papeles. No declare a ningún medio. No escriba nada en redes. Y venga el lunes al sindicato, que le abrimos expediente de asesoramiento. Es gratis. Para eso estamos.
—Gracias —dijo Martín. Le supo a poco y a demasiado a la vez: gracias por nada, gracias por la verdad.
—Una cosa más —dijo Javier—. Estas cosas… —no terminó la frase.
¿Qué iba a decir? Martín lo completó de tres maneras distintas mientras cruzaba la avenida hacia casa.
Estas cosas se olvidan. ¿Se olvidaban? Él no iba a olvidar esta semana ni aunque viviera cien años.
Estas cosas pasan. Pasaban, sí: le estaban pasando a él, ahora, en presente.
Estas cosas le pasan a gente que no ha hecho nada.
Esa era la peor de las tres, porque era verdad y no servía para nada.
Las tres versiones cabían en los puntos suspensivos, y Javier había elegido no decir ninguna, y Martín entendió —ya en su portal, con la llave en la mano— que el abogado tampoco se creía ninguna.
Colgaron. Martín siguió en el banco, el móvil en la mano. Le pesaban los folios en el bolsillo interior, doblados en cuatro, como si fueran de plomo y no de papel. Tres folios. Un número de diligencias. Un abogado que cerraba la puerta del cuarto de su hijo para decirle que no había nada que hacer.
Un problema de calendario. La frase le daba vueltas. Lo suyo se resolvía esta semana, sin él, en un calendario que no era el de los juzgados sino el de las pantallas. Y en ese calendario no había diligencias ni peritos: había curvas que subían y curvas que bajaban, y él era una curva.
Al fondo de la avenida, el kebab de la esquina estaba cerrando: el hombre bajaba la persiana a medias.
Pensó en llamar a Elena y no la llamó: no tenía nada nuevo que contarle, y nada nuevo era ya la noticia de cada hora.
¿Qué le iba a decir? He denunciado los comentarios, del vídeo nada, el abogado dice que tengo un problema de calendario.
Lo ensayó en la cabeza y sonó a parte meteorológico.
Guardó el móvil y echó a andar hacia casa, con los tres folios en el bolsillo interior, doblados en cuatro. Pesaban. Todo lo que tenía —tres folios, un número de diligencias, un abogado que lo sentía— cabía en un bolsillo.