46 Los listos borran
Martín volvió a las diez y media, con la cara de quien ha estado en un sitio con fluorescentes.
—¿Qué te han dicho? —preguntó Elena.
—Que lo van a mirar. —Dejó las llaves en el cuenco de la entrada—. Me han tomado declaración de lo que hay en los comentarios. Amenazas, insultos. Dicen que con capturas se puede tirar. Del vídeo en sí, nada. El vídeo no es un delito contra mí. Es un vídeo.
—¿Y entonces?
—Entonces nada. Me han dado un papel con un número. —Se sentó en el sofá, en el sitio de siempre. Sacó el móvil del bolsillo de la cazadora, lo dejó en el brazo del sofá sin mirarlo—. ¿Vega?
—En su cuarto.
Martín asintió. Elena lo observó hacer lo que hacía siempre: lo dejaba boca abajo en la mesilla por la noche. Esta noche lo dejó boca arriba, en el brazo del sofá, y se fue al baño a ducharse. El agua corrió mucho rato.
Elena se quedó mirando el móvil desde el otro extremo del sofá.
Boca arriba, pantalla en negro, en el brazo del sofá.
El mismo sitio donde lo había cogido ella hacía dos horas.
El mismo ángulo —no: otro ángulo. Él lo había dejado caído hacia un lado, descuidado, como se dejan las cosas cuando no se piensa en ellas.
Ella lo había dejado recto, alineado, culpable.
Sintió un impulso absurdo de levantarse y enderezarlo otra vez, de devolverlo al ángulo de la culpa, y se quedó quieta a propósito, con las manos cruzadas, para no hacerlo.
Que se quedara torcido. Que se quedara como él lo había dejado, que era como lo dejaba siempre, probablemente, y ella no se había fijado nunca.
El zumbido de la caldera la dejó a solas con una frase que le había venido a la cabeza mientras esperaba, y que ahora no se iba:
Los listos borran.
La había dicho una compañera del hospital, hacía dos años, en el office de la tercera planta, entre un café y otro.
Hablaba de su marido: los listos borran, Elena, no busques nada porque no vas a encontrar nada.
Y la compañera había tenido razón a medias: no encontró nada en el móvil, y seis meses después el marido se fue con una residente de veintinueve años sin que hiciera falta ningún móvil para demostrarlo.
Lo que no le había dicho entonces —lo que Elena entendía ahora, dos años después, con el zumbido de la caldera— era la segunda parte: que no encontrar nada no te devuelve la paz.
Te la quita dos veces. Primero te quita la certeza de la culpa, y después te quita la certeza de la inocencia, y te deja en el hueco de en medio.
Ni un perito, ni un juez, ni veinte años de matrimonio distinguían una hipótesis de otra.
El agua de la ducha se cortó. Martín salió con una toalla en la cintura y se vistió en el dormitorio con la puerta entreabierta, como si de pronto el cuerpo también necesitara permiso.
Elena lo miró desde el sofá, por el quicio, y pensó en los veinte años de cuerpos: el cuerpo de los domingos de fútbol, el cuerpo del embarazo de Vega, el cuerpo de la espalda contracturada del año pasado que ella le había masajeado con reflexiones de enfermera.
Ninguno de aquellos cuerpos había necesitado permiso.
Este, de pronto, dejaba la puerta entreabierta, como pidiendo perdón por existir en la misma casa.
Se metió en la cama de su lado —el izquierdo, el de la ventana— y apagó su lamparita.
Elena se demoró un rato más en el salón.
Pensó en preguntarle, directamente, a la cara, lo que llevaba dos días sin preguntar.
Martín, ¿hay algo que no me hayas contado?
La frase estaba ahí, entera, lista. La saboreó un segundo, como se saborea una pastilla amarga antes de tragarla.
Y entendió que no podía decirla, porque decirla era ya la acusación: en un matrimonio de veinte años, preguntar eso es responderlo.
Si lo preguntas, es que ya has decidido que la respuesta puede ser sí.
Y si la respuesta puede ser sí, entonces ya vives en el sí , aunque él diga no .
Se la tragó. Le supo a derrota.
Fue al dormitorio, se puso el pijama en el baño y se metió en la cama de su lado.
Entre los dos, el hueco de siempre, el de cada noche.
Esta noche el hueco parecía más ancho. O quizá no era más ancho: quizá era ella la que ocupaba menos sitio, encogida hacia su borde como si el centro de la cama quemara.
—¿Mañana trabajas? —dijo Martín al techo.
—Mañana libro. El sábado, turno.
—Vale.
Dos palabras para cerrar el día. Vale. Elena pensó en todas las conversaciones que habían tenido en aquella cama —la hipoteca, el nombre de Vega, la muerte de su padre, la obra del baño— y en cómo habían acabado en vale .
No era la primera vez que un día terminaba así.
Era la primera vez que el vale sonaba a tregua.
Se durmieron —o fingieron— con el móvil de él en el brazo del sofá, boca arriba, con la pantalla en negro, guardando nada dentro, o guardándolo todo.
Elena, antes de dormirse, pensó en el día siguiente: viernes, su día libre.
Un día entero en aquella casa, con Martín en el sofá y Vega tras el pestillo y el móvil en el brazo del sofá.
Un día entero sin nada que hacer y sin ningún sitio adonde ir.
En veinte años no había tenido nunca un día libre que le diera miedo.
Elena, antes de dormirse, pensó en el ángulo del móvil.
Lo había enderezado. Él lo había dejado torcido al volver.
O quizá lo había dejado torcido siempre y ella no se había fijado nunca, en veinte años, en cómo dejaba su marido el móvil en el brazo del sofá.
Esa era la peor parte: que ahora se fijaba.
Que había abierto una puerta —la del PIN, la de la sospecha— y las puertas, una vez abiertas, no se cierran solas.
A partir de ahora se fijaría en todo: en cómo dejaba el móvil, en a quién llamaba, en cuánto tardaba la ducha.
Veinte años sin mirar, y ahora no podría dejar de mirar.
Se había convertido en una mujer que revisa móviles.
Al otro lado del tabique del dormitorio, Vega respiraba dormida, o fingía. Elena la oyó moverse una vez, y pensó en ir a verla, y no fue: había bastantes puertas abiertas por una noche.