El medio segundo 44 La comisaría
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44 La comisaría

La comisaría de Carabanchel olía a lejía y a café de máquina, y tenía las sillas de plástico atornilladas al suelo.

Pasó a un cubículo con un agente joven, de unos treinta años, con el pelo muy corto y una taza que ponía Papá te quiero .

—Dígame —dijo el agente.

Martín lo contó todo, por orden: el pasillo, la alumna que lloraba, la mano en el hombro, el vídeo recortado, los seis millones y medio de visitas, la suspensión del instituto, los comentarios.

Al llegar a los comentarios, sacó el móvil y le enseñó las capturas que había hecho Elena por la mañana: hijo de puta, ojalá te mueras, sé dónde trabajas, te vamos a encontrar.

El agente las miró una por una, sin cambiar de cara, y tomó nota. Tenía la costumbre de asentir mientras escribía, un asentimiento mecánico que no significaba nada.

—Vale —dijo—. Esto sí es denunciable. Amenazas, coacciones, injurias con publicidad. Con las capturas y los enlaces, abrimos diligencias y se pide a la plataforma la identificación. Tarda. Pero se puede tirar.

—¿Y el vídeo? —dijo Martín—. El vídeo en sí. Está manipulado. Lo cortaron.

El agente dejó el bolígrafo.

—Mire, le voy a ser sincero, porque para eso estamos.

El vídeo, tal como me lo cuenta, no es un delito contra usted.

Nadie le ha robado nada, nadie le ha pegado.

Es una grabación en un espacio público —bueno, semipúblico— difundida sin su consentimiento, eso sí podría ser una intromisión en su honor o su imagen, pero eso es vía civil, no penal. Y lo de manipulado …

—Está cortado. El original dura más de dos minutos.

—¿Tiene usted el original?

—No.

—¿Sabe quién lo grabó?

—No.

El agente asintió despacio, como quien asiente ante algo que ya sabía. Y Martín entendió, con un cansancio súbito, que aquella conversación la había tenido el agente cien veces con cien personas distintas, y que en todas el guion era el mismo: ¿tiene usted el original? No. ¿Sabe quién lo grabó? No.

—Entonces, de momento, lo que tenemos son los comentarios. Eso lo tramitamos. Lo demás… —miró la pantalla, donde el formulario parpadeaba— …lo demás es internet, señor. Internet va más rápido que nosotros. Nosotros vamos con papeles.

Le imprimió la denuncia —tres folios grapados— y la selló con un golpe seco de tampón que retumbó en el cubículo. Después escribió a mano el número de diligencias, con letra pequeña y cuidadosa, como quien escribe algo que va a tener que leer otro.

—Guarde esto —dijo, tendiéndosela.

Martín cogió los folios y leyó su nombre al principio: D.

Martín Serrano, denunciante . Denunciante.

En cuarenta y siete años no había sido nunca esa palabra.

Había sido alumno, hijo, hermano, profesor, marido, padre.

Ahora era denunciante, y la palabra le quedaba grande y pequeña a la vez: grande para lo que le había pasado, pequeña para lo que le estaba pasando.

—Si las amenazas suben de tono, si alguien se presenta en su casa, llama al 091 directamente, no espere. ¿Tiene abogado?

—Del sindicato. Lo llamaré.

—Llámelo —dijo el agente, y por primera vez sonrió, un poco—. Y un consejo que no me ha pedido: no lea los comentarios. No sirven para nada y hacen daño. Es como rascarse una picadura.

Martín asintió. No lea los comentarios. Llevaba dos días leyéndolos a escondidas, en el baño, con el brillo bajo, como quien fuma a escondidas.

El agente lo decía como se dicen las cosas obvias, y era obvio, y sin embargo Martín supo que volvería a leerlos, porque dejar de leerlos sería admitir que hacían daño, y admitirlo sería darles la razón.

Salió a la calle con los tres folios en la mano. Eran las nueve y media. La avenida estaba casi vacía. Se sentó en un banco, delante de la comisaría, y miró los folios: su nombre, su DNI, denunciante , la palabra amenazas escrita a máquina.

Tres folios contra seis millones y medio de visitas.

Dobló los folios, se los metió en el bolsillo interior de la cazadora y llamó al abogado del sindicato.