39 La solidaridad
En el hospital, la solidaridad tenía la textura de una manta demasiado gruesa.
—Elena, qué horror, ¿cómo estás? —Sonia, en el office, con la mano en su brazo—. Si necesitas cualquier cosa…
—Estoy bien —dijo Elena.
—Es que no me lo puedo creer. Martín, de toda la vida… —Sonia bajó la voz—. Oye, y la niña, ¿qué se sabe? ¿Está bien la niña?
Elena abrió la boca y la volvió a cerrar. ¿Qué niña? ¿Carla? ¿La del vídeo? Nadie decía su nombre. Era la niña , como se dice el enfermo de la 4 .
Las demás asintieron desde sus taquillas.
La del turno de tarde le trajo un café que no había pedido.
La supervisora le dijo que si quería irse antes, que lo entendían.
Nadie le preguntó qué había pasado. Nadie le preguntó si era verdad.
La daban por víctima y la trataban como tal, y cada gesto amable era una pequeña confirmación de algo que nadie se atrevía a decir en voz alta.
Entre box y box —una gastroenteritis, un esguince, un señor mayor que se había caído en la ducha— Elena funcionaba.
Las manos sabían. Era lo único que sabía hacer sin pensar, y pensar era lo peligroso.
En el box 6, un niño con fiebre lloraba agarrado a su madre, y Elena le puso la mano en la frente para tomarle la temperatura —un gesto de oficio, de toda la vida— y se quedó un segundo con la mano en el aire, mirándola.
La madre no notó nada. Elena sí: había tardado un segundo de más en retirar la mano, como si el gesto necesitara permiso.
Terminó la exploración, sonrió a la madre —la sonrisa de oficio, la que tranquiliza— y pasó al siguiente box.
La sonrisa le supo a mentira en la boca.
Llevaba veinte años sonriendo así y nunca le había sabido a nada.
A la madre del box 6 le dio las instrucciones — cada ocho horas, si sube de treinta y nueve volvéis — y la mujer le dio las gracias con los ojos húmedos, qué haríamos sin vosotras .
Elena asintió. De camino al siguiente box pensó que aquella mujer se iría a casa tranquila, con su hijo y su termómetro, y que ella no sabía cuándo volvería a sentirse así: útil sin matices.
A media mañana, en el grupo de WhatsApp del turno — Urgencias mañanas , veintidós personas—, alguien pasó el enlace de El Meridiano con tres emojis de sorpresa.
Debajo, una compañera escribió: ¿habéis visto esto?
Es del marido de Elena. Elena lo leyó en su propio móvil, en el pasillo, entre dos boxes.
Nadie la había avisado. Nadie la había sacado del grupo.
La habían dejado dentro para que lo viera, como se deja una silla vacía en una mesa. Bloqueó el móvil y siguió trabajando.
En la máquina de café, dos compañeras se callaron al verla llegar.
Una dijo, demasiado alto: —¿Has visto el grupo?
—Elena dijo sí , y el sí le salió como una piedra.
La otra le puso la mano en el hombro, un segundo, y la retiró rápido, como si quemara.
Elena se sirvió el café y se fue. En el pasillo se dio cuenta de que no se lo había bebido: lo llevaba en la mano, frío, como una prueba.
A las dos comió sola en el office, con el tupper —lentejas recalentadas— y la puerta cerrada. Normalmente comía con Sonia, hablando de los boxes. Hoy había dicho que tenía papeleo.
El office a las dos era un territorio neutral: el calendario de turnos, una planta muerta que nadie tiraba, la nevera con los tuppers etiquetados.
Cerró la puerta con el pestillo —el clic, mínimo— y se sentó.
Comer sola con la puerta cerrada era una confesión, y lo sabía.
Pero hoy la confesión le parecía más barata que la solidaridad.
Sacó el móvil. Abrió la galería. La captura seguía allí, entre la foto del turno de noche del martes y el parte de la analítica: la mano en píxeles, a medio camino del hombro.
La miró como miraba una radiografía: buscando lo que no se ve a simple vista.
¿La tensión de los dedos? ¿El ángulo? ¿Algo —un detalle, una sombra— que demostrara de una vez que aquello era lo que ella sabía que era: un profesor consolando a una alumna que lloraba, nada más, el hombre con el que llevaba veinte años cenando?
No había nada nuevo. Eran los mismos cuarenta segundos de siempre, congelados en una imagen. La mano se posaba. La chica no se apartaba. Inocente e inquietante a la vez, como una moneda vista de canto.
Lo que buscaba —y lo supo entonces, con la cucharilla a medio camino— no era algo que lo absolviera a él.
A él ya lo había absuelto veinte años antes, o eso creía.
Lo que buscaba era algo que la absolviera a ella: una prueba tan clara de su inocencia que su medio segundo de vértigo del otro día se volviera absurdo, imposible, una alucinación del cansancio.
Que la imagen le dijera: no tenías por qué dudar, mira qué evidente era.
La imagen no decía nada.
En ese momento vibró el móvil. No era una llamada: era una alerta de El Meridiano, la app que se había descargado ayer para seguir el caso sin tener que buscarlo. El instituto del «profesor de Carabanchel» ya acumulaba quejas.
Elena lo leyó dos veces. Acumulaba. Abrió la noticia por encima: una madre, una excursión, junio. Nada que ver con Martín —el de gimnasia, joven, con barba—, pero el titular ya había hecho la suma por ella: un profesor, gritó, agarró, el centro lo sabía.
Bajó a los comentarios, sin querer, como se mete el dedo en una muela. El tercero decía: yo conozco a la mujer, trabaja en el hospital, la pobre . Se le cortó la respiración. La pobre. Ya era la pobre para desconocidos. Ya la habían enterrado con honores.
Siguió bajando, sin poder parar: alguien debería decirle algo a la mujer, abrirle los ojos . ¿Cómo se puede estar con un tío así? Cerró la app de golpe. Las lentejas se habían quedado frías del todo. Las miró y no pudo seguir: comer, de pronto, le parecía una obscenidad menor.
Dejó la cucharilla en el tupper. La puerta del office se abrió y entró Sonia, con el móvil en la mano.
—¿Lo has visto? —dijo—. Lo de las quejas. Elena… ¿tú sabías algo de eso? ¿De lo de la excursión?
Elena la miró. En los ojos de Sonia no había malicia. Había algo peor: una pregunta hecha con cariño, como se pregunta a una viuda si necesita ayuda con los papeles.
—No —dijo Elena—. No sabía nada. Porque no hay nada que saber.
Sonia asintió demasiado rápido y se fue, y Elena se quedó sola con las lentejas frías y la captura abierta, y entendió una cosa que le quitó el hambre: ya no importaba lo que viera en la imagen. La imagen ahora venía con pie de foto, y el pie de foto lo escribían otros.
Se levantó demasiado rápido y el office se movió un centímetro a la izquierda, como la noche anterior en el dormitorio.
Se agarró al borde de la mesa hasta que el cuarto volvió a su sitio.
Vértigo, se dijo. Del cansancio. De no haber dormido.
Se lo dijo en voz alta, bajito, como se les dice a los pacientes las cosas que no se creen del todo.
Apagó las notificaciones de El Meridiano —un gesto pequeño, inútil, como cerrar la ventana cuando ya ha entrado el humo— y apartó el tupper a medio terminar. Al salir del office se cruzó con Sonia, que la esperaba con dos cafés.
—Para ti —dijo Sonia—. Sin azúcar, como a ti te gusta.
Elena lo cogió. No dijeron nada del grupo. No dijeron nada de los comentarios. Sonia le apretó el brazo, un segundo, y se fue a sus boxes. Elena se quedó con el café en la mano, caliente.
Volvió a los boxes, donde la esperaban cosas con nombre y tratamiento y protocolo.
Al final del turno, en el vestuario, se cambió despacio, como si el día no hubiera terminado. Sonia, en la taquilla de al lado, le preguntó:
—¿Vienes mañana?
Elena la miró. ¿Vienes mañana? La pregunta más normal del mundo, y de pronto era un acantilado. Dijo que sí, claro que sí, y se ató los zapatos con dedos que no le temblaron porque se negaron a temblar.
Salió al parking con la bata en la bolsa. Mañana habría más boxes. Cosas con nombre y tratamiento y protocolo. Cosas que se podían diagnosticar.