El medio segundo 40 El mítin
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40 El mítin

El polideportivo de Vallecas estaba lleno. Salió con la corbata azul oscura —la de las ocasiones— y el aplauso lo recibió como se recibe una ola: dejándose llevar.

Habló de los barrios, de las madres, de los institutos públicos, de la proposición de ley que llevarían al Congreso. Cada anuncio, un aplauso.

Y entonces, en el minuto doce, lo hizo sin decir ningún nombre:

—Y cuando una niña llora en un pasillo —dijo, y bajó la voz, y el pabellón bajó la voz con él—, cuando una niña llora y la respuesta del sistema es mirar hacia otro lado, nosotros no miramos hacia otro lado.

Tolerancia cero. Lo dije ayer en la rueda de prensa y lo repito hoy: tolerancia cero con quien se aprovecha de los menores, esté donde esté.

En la tercera fila vio a una chica de dieciséis, diecisiete años, con una pancarta en las rodillas, que lo miraba sin aplaudir.

Por un segundo —uno solo— pensó en la otra, en la del pasillo, y se preguntó qué estaría haciendo aquella noche.

Después volvió al discurso, porque el discurso no admitía segundos.

No dijo ningún nombre. No hacía falta: el pabellón ya sabía de quién hablaba.

Bajó del escenario. Nadia le pasó el móvil: el tracking de la tarde.

En el coche, de vuelta a la sede, Mario iba en el asiento de atrás con la tablet.

—Dos puntos —dijo—. El tracking de esta noche: subimos dos puntos en intención. Y en atributos, protección de los menores nos lo llevamos nosotros por primera vez en un año. —Le enseñó la tablet: la curva, verde, subiendo; el mapa de la Comunidad con dos distritos cambiando de color—. Mira.

Sanz miró. Dos puntos. Dos distritos. Una niña llorando en un pasillo, convertida en dos puntos verdes en una tablet.

—¿Margen? —preguntó Sanz.

—Más tres. Dentro del margen, pero es la primera vez que lo cruzamos desde septiembre.

—El discurso —dijo Sanz, sin apartar los ojos de la tablet—. ¿Bien?

Mario pasó una página.

—El corte va por ochocientas mil —dijo—. Esta noche lo mueven los grupos.

Sanz asintió. Era una respuesta. Él había pedido una palabra. Se pasó el pulgar por el borde de la tablet, una vez, y retiró la mano, como si el número quemara.

Sanz miró por la ventanilla: Vallecas de noche, los bloques, un kebab abierto, dos chavales con un patinete. Le rugió el estómago y se alegró de que el motor sonara más alto.

—¿Y el vídeo? —preguntó.

—Seis millones y medio —dijo Nadia desde el asiento de delante, sin levantar la vista del móvil—. Sigue subiendo. El corte de tu discurso ya va por ochocientas mil.

Sanz asintió. Seis millones y medio de personas habían visto llorar a una niña en un pasillo, y él había sido el primero en decir en voz alta lo que esas seis millones y medio de personas pensaban.

—Mañana —dijo Mario—, siete.

—¿Cómo se llama? —dijo Sanz, con los ojos cerrados.

—¿Quién?

—El profesor. —Sanz lo dejó ahí—. Da igual.

Con los ojos cerrados, otra pregunta se le formó sola en la boca: ¿tú qué habrías hecho? La notó en los labios, a punto de salir. Apretó la boca y no la dejó pasar. Y no volvió a preguntarlo.

El coche siguió hacia el centro. Con los ojos cerrados, Sanz vio a la chica de la tercera fila, que no había aplaudido.