El medio segundo 38 El carro
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38 El carro

A las seis de la tarde, Martín salió a comprar leche.

No necesitaba leche —había un brick sin abrir en la nevera—.

Necesitaba salir. Llevaba ocho horas entre el sofá y la cocina y las paredes empezaban a mirarle.

Se puso la cazadora, cogió la bolsa de tela y bajó a la calle como quien va a una cita.

Antes de salir, se miró en el espejo del recibidor y se quitó las gafas —no las necesitaba para comprar— y se las volvió a poner: quitarse las gafas era lo que haría alguien que se escondiera, y él no se escondía. O eso se dijo.

La tarde caía sobre Carabanchel con esa luz amarilla de octubre que lo pone todo un poco mejor de lo que es.

El Día de la avenida estaba a medio llenar, con la luz fría de los fluorescentes y el hilo musical —una versión en español de una canción que no reconoció—.

Martín cogió un carro —porque coger cesta era de pasar rápido y él no tenía prisa, o eso se dijo— y empezó a recorrer los pasillos sin lista: leche, pan de molde, algo de fruta.

Gente normal haciendo la compra normal. Una abuela comparando precios de garbanzos.

Un chaval con cascos. Un hombre mayor contando monedas en la caja, sin prisa, como si el tiempo fuera suyo.

Nadie le miraba. Casi se sintió a salvo.

Recorrió el pasillo de las ofertas — 3x2 en legumbres , un cartel torcido— y metió en el carro un paquete de arroz que no necesitaba, por hacer algo con las manos.

Una madre con dos gemelos peleaba con un carro que se iba de lado; uno de los niños le sonrió desde el asiento, con un diente menos.

Martín le devolvió la sonrisa por reflejo y enseguida apartó la vista: sonreír a niños desconocidos ya no era algo que pudiera hacer.

En el quiosco de la esquina, al pasar, había visto los periódicos.

Uno llevaba en portada una foto suya —la de la web del instituto, la de la orla de hacía tres cursos— con un titular que no llegó a leer entero: TOLERANCIA CERO .

Había seguido andando. Se había detenido un segundo, solo uno, con la mano a medio camino del bolsillo, donde llevaba suelto para el periódico de los domingos.

No lo había comprado. El quiosquero lo había mirado —o le había parecido— y él había seguido andando, y ahora, entre los yogures, se arrepentía de no haberlo comprado y se alegraba a la vez, y las dos cosas eran verdad.

Ahora, entre los yogures, pensó en aquella foto: se la habían hecho un lunes de septiembre, con la camisa azul, y la secretaria le había dicho sonríe, que es para la web .

Había sonreído. Aquella sonrisa llevaba desde ayer circulando por los grupos de WhatsApp del barrio. ¿Es este?

Fue en el pasillo de los yogures donde la mujer se paró.

Tendría cuarenta y pocos, el carro lleno, un niño enganchado al lateral. Se quedó mirándole fijamente, con la cabeza un poco ladeada, como quien reconoce a alguien de la tele pero no ubica el programa. Después abrió mucho los ojos y se llevó la mano a la boca.

—Es usted —dijo, en voz alta—. Es el del vídeo.

El niño la miró. Un hombre mayor al final del pasillo giró la cabeza.

Martín lo entendió entonces, con un segundo de retraso: su foto llevaba desde ayer circulando por los grupos de WhatsApp del barrio. ¿Es este? Ya no era el del vídeo de cuarenta segundos. Era el de la foto.

—No, se equivoca —dijo Martín, y siguió andando hacia los quesos, con el carro.

—Es él, Paco —dijo la mujer, ya sin disimular—. El profesor. El de Carabanchel.

Un hombre mayor apartó su carro para cerrarle el paso —no del todo, lo justo— y dijo, sin levantar la voz:

—Sinvergüenza.

El niño, enganchado al lateral del carro de su madre, lo miraba con la boca abierta, aprendiendo. Martín pensó —un pensamiento absurdo, de profesor— que aquel niño iba a contar en el colegio que había visto al del vídeo en el Día, y que lo contaría mal, y que daría igual.

Una chica joven levantó el móvil a la altura de la cara. El puntito rojo. Martín se vio de refilón en la pantalla ajena: un hombre con una bolsa de tela en el pasillo de los quesos, con cara de culpable aunque no hubiera hecho nada.

Aceleró. Dejó el carro en mitad del pasillo de los quesos, con la leche y el pan dentro, y salió andando rápido hacia la caja, sin comprar nada, sin mirar atrás. Oyó a la mujer decirle al niño vámonos, cariño , y el carro del niño chirriando detrás.

—¿Lleva algo? —dijo la cajera, una chica joven con el pelo recogido.

—No. Perdón —dijo Martín, y cruzó la puerta.

La cajera lo miró dos veces: una al pasar, otra cuando ya estaba fuera, a través del cristal. No supo decir si lo había reconocido o si solo era la mirada de quien ve salir a alguien sin comprar.

Fuera, la avenida a las seis y media: gente saliendo del metro, un autobús, el olor a fritanga del bar de la esquina.

Al pasar por delante del bar, vio la tele encendida dentro: el informativo, su foto pequeña en una esquina de la pantalla.

Aceleró el paso. Un perro atado a una farola le ladró sin convicción, por cumplir.

Martín anduvo dos manzanas sin rumbo, con las manos en los bolsillos de la cazadora, y se dio cuenta de que estaba temblando.

No de frío. Dio un rodeo para no pasar por delante del instituto —no podía acercarse, se lo habían prohibido, y además no quería verlo— y volvió a casa por la calle de atrás, como los que tienen algo que ocultar.

En casa, Elena encontraría la nevera igual que la había dejado. La leche sin abrir. Y él sin saber explicarle por qué había salido ni por qué había vuelto con las manos vacías.

Dejó la bolsa de tela en su sitio, doblada, en el cajón de las bolsas. Se sentó en el sofá, en su hueco, y se quedó mirando las manos. No temblaban ya. Eso, de alguna manera, era peor: el cuerpo también se acostumbraba.