37 Las once
A las once, Martín seguía en el sofá.
Cogió la cartera y sacó los exámenes, uno por uno, y los guardó en el cajón del mueble del salón, debajo de las facturas.
El gesto —archivar el trabajo de toda una vida en un cajón— le llevó un minuto y le pesó como una mudanza.
Cerró el cajón. La cartera quedó vacía, ligera, inútil, junto a la puerta.
Había pensado en llamar al sindicato. Los de Comisiones tenían asesoría jurídica para estas cosas; lo sabía porque en la sala de profesores siempre había un cartel.
Había llegado a buscar el número en el móvil —lo tenía guardado desde una huelga de hacía años— y lo había dejado.
Todavía no. Llamar al sindicato era admitir que aquello iba en serio, y una parte de él —la más antigua, la del profesor que llevaba veinte años entrando por la misma puerta— seguía esperando que alguien llamara para decir que había sido un error.
Abrió el contacto por curiosidad malsana: CCOO asesoría jurídica .
Sin foto. Un número que llevaba años sin marcar.
Lo miró un rato, como se mira una puerta de emergencia, y lo cerró.
Además, el sindicato le haría la pregunta: cuéntame qué pasó .
Y contar lo que pasó, una vez, en voz alta, significaba elegir una versión.
Todavía no tenía una. Tenía cuarenta segundos que no eran suyos y un recuerdo que cambiaba cada vez que lo tocaba.
Abrió el portátil. La sede electrónica: Cl@ve, el certificado, la pantalla azul de la administración.
El móvil vibró con el código de seis dígitos.
Lo tecleó con cuidado, como se teclean las cosas que no tienen vuelta atrás.
Allí estaba, en mis notificaciones : RESOLUCIÓN DE SUSPENSIÓN PROVISIONAL DE FUNCIONES.
La abrió. El PDF tenía el escudo arriba y su nombre en mayúsculas, y un lenguaje que no parecía escrito por personas: vista la incoación del expediente disciplinario…
se acuerda la suspensión provisional… medida cautelar…
sin perjuicio de la presunción de inocencia…
Se detuvo en esa frase — sin perjuicio de la presunción de inocencia — y la leyó dos veces.
La presunción de inocencia cabía en una línea, entre dos puntos y aparte.
Lo demás —no entrar, no contactar, diez días— ocupaba tres páginas.
Podrá formular alegaciones en el plazo de diez días hábiles. Diez días para probar un negativo con un vídeo que ya habían visto cinco millones de personas. Cerró el portátil.
Diez días. La palabra — alegaciones — le sonaba a examen. Ensayó mentalmente la primera línea: Yo, Martín… Y se detuvo, porque después de Yo, Martín no había nada que no sonara a defensa. Diez días para encontrar las palabras. Llevaba dos y solo había encontrado silencio.
Le quedaban las manos.
Las miró. Las puso sobre la mesa, palmas abajo, como si fueran pruebas en una bolsa.
Cuarenta y siete años de manos: la cicatriz del pulgar —una lata, hacía veinte años—, los nudillos un poco torcidos de la artritis que no tenía todavía pero que iba a tener, la alianza.
Con esas manos había escrito por cuanto en cien pizarras.
Con esas manos había puesto una en el hombro de una alumna que lloraba.
Las giró. Palmas arriba. No decían nada.
Se levantó y encendió la tele, por hacer ruido.
En el magacín de la mañana —el de las 8:55, el que ya lo había llevado ayer— había una tertulia: El caso del profesor de Carabanchel: ¿tolerancia cero o presunción de inocencia?
Cuatro personas en una mesa discutían sobre él como se discute del tiempo.
Una mujer con un collar grande dijo: a mí que me registren, pero una mano en el hombro de una niña de dieciséis…
Un hombre calvo dijo: esperemos a la justicia .
Otro, más joven, dijo: el problema es el corporativismo de los docentes .
Corporativismo. Martín repitió la palabra en voz alta, en el salón vacío, para oír cómo sonaba aplicada a él.
Sonaba a informe. Sonaba a algo que se dice de otros.
Él había sido delegado sindical dos años, hacía mucho, y había discutido con la dirección por los horarios de los interinos.
Aquello era corporativismo, supuso. Defender a un compañero.
Ahora no había compañeros. Había una palabra en una tertulia.
La presentadora miró a cámara y dijo: nos vamos a publicidad, pero antes, el vídeo, otra vez .
Martín apagó la tele antes de que empezara.
En el dormitorio, en una silla, estaba la camisa azul —la de los puños deshilachados, la del miércoles—. Elena la había dejado allí para plancharla y no la había planchado. Martín la cogió. La olió, sin saber por qué: a armario, a nada. La dejó donde estaba.
Volvió al salón con un cuaderno —uno de espiral, de los baratos— y un boli, y escribió arriba, con su letra de profesor: Lo que pasó el miércoles .
Debajo: A las 11:22 estaba en el pasillo de la segunda planta.
Leyó la frase dos veces. Era verdad y no servía para nada: las verdades con la hora exacta sonaban a coartada.
Escribió: Carla lloraba. Lo tachó. Escribió: No hice nada malo.
Lo leyó y le sonó a culpable diciéndolo.
Arrancó la hoja, la hizo una bola y la tiró a la papelera.
Diez días para alegar y no sabía escribir dos frases seguidas sin que parecieran una defensa.
En la hoja siguiente escribió la fecha, por hacer algo: jueves, 8 de octubre . La miró. La fecha parecía de otra persona, de alguien con una vida normal un jueves normal. La tachó también, con tres rayas, hasta romper el papel.
En la siguiente, lo intentó de otra manera: una línea de tiempo.
11:05 — recreo. 11:06 — pasillo, segunda planta.
11:07 — … Se detuvo. No sabía qué había pasado a las 11:07.
No sabía si la mano había sido a las 11:06 o a las 11:08.
La precisión —su refugio de profesor, las fechas, los datos— se deshacía al tocarla. Tachó la línea de tiempo también.
Después hizo una cosa que no había hecho en dos días: abrió el chat de Vega.
El último mensaje era de ella, del lunes: ok .
Debajo, el doble check azul. Dos letras que ahora le parecían un documento histórico: el último ok de antes.
Mantuvo el pulgar sobre el teclado sin escribir.
Suspendido , podría poner. No vengas este finde, mejor.
Vega estaba en la facultad, en mitad de una mañana de jueves, con sus cosas, y él no iba a meterle aquello en el móvil así, de golpe.
Bloqueó el teléfono y lo dejó boca arriba, por si ella escribía.
A las once y media, el móvil vibró: un WhatsApp de Elena.
¿Cómo estás? Lo leyó tres veces. Escribió bien , lo borró.
Escribió suspendido , lo borró. Escribió llámame cuando salgas , lo miró un rato y lo borró también: no quería que su mujer saliera de una guardia para consolarle por teléfono.
Escribió te quiero . Lo miró mucho rato.
Dos palabras que llevaban veinte años diciéndose sin decirse, en la cocina, entre el café y las llaves.
En un WhatsApp a las once y media de un jueves, con él suspendido y ella en el hospital, sonaban a despedida.
Lo borró. Dejó el móvil boca abajo y fijó la vista en la pared, con las manos en los bolsillos, esperando a que pasara algo que no fuera a pasar.