El medio segundo 36 La llamada
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36 La llamada

Martín llevaba desde las ocho dando vueltas por la casa.

Había hecho café. Había recogido la cocina.

Había mirado por la ventana la avenida —la gente yendo a trabajar, los autobuses llenos— con la sensación física de haberse quedado fuera de algo.

El instituto estaría en la segunda hora.

Sus alumnos estarían en clase. Él estaba en pijama a las nueve y media de un jueves, y eso, más que el vídeo, más que el millón que rozaba ya, era lo que no sabía cómo nombrar.

El móvil sonó a las diez menos diez. Número del instituto.

Dejó la taza en el fregadero y lo cogió al segundo tono.

—Martín, soy Alicia.

—Dime.

Una pausa. Al otro lado se oía el murmullo de la secretaría, una fotocopiadora.

—Te llamo porque me acaba de comunicar la Dirección de Área que se ha incoado expediente disciplinario. Se ha acordado tu suspensión provisional de funciones como medida cautelar, mientras se instruye.

Martín se quedó quieto, de pie en mitad de la cocina.

—¿Suspendido?

—Provisional. Cautelar. No puedes entrar en el centro ni tener contacto con el alumnado hasta que se resuelva. La resolución ya está en tu sede electrónica, con el plazo de alegaciones.

—¿Alegaciones?

—Diez días. El sancionador se paraliza con lo de la Fiscalía, pero la cautelar la firma la Dirección General. Eso no espera a nadie. Martín… —otra pausa, más corta—. Lo siento. No te lo estoy preguntando, ya lo sabes. Te lo estoy informando.

—Lo sé.

—¿Y mis clases? ¿Quién las da?

—Eso lo organiza Jefatura —dijo Alicia, y de pronto sonó a funcionaria—. Quédate en casa. No hables con la prensa, si te llaman. Y no vengas por aquí.

Colgó.

Martín se quedó con el móvil en la mano, oyendo el pitido de la calle: un coche, una persiana, Madrid funcionando.

Elena aún no lo sabía. Vega, tampoco. Y él no pensaba contárselo por teléfono.

Después fue al salón y se sentó en el sofá, en su hueco.

Encima de la mesa, el móvil boca abajo. Lo miró un rato largo, como si fuera a sonar otra vez con algo peor.

Suspendido. La palabra tenía un peso administrativo, de papel timbrado, que no se parecía a nada de lo que había sentido hasta entonces.

No sonó.